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Conmemorar
los 25 años de Juan Pablo II como Papa
supone la confirmación de su liderazgo
global. Su gran carisma, al par que su amplio
mensaje doctrinal, tan denso y prolongado durante
estos 25 años, son el sentido formidable
que dispone para mantener unida a una Iglesia
y moldearla a su propia semejanza, apoyado en
el convencimiento perfecto que tiene de gran
actor. Decidido a presentarse a todo el mundo,
es el primer Papa que comprendió la era
de la televisión, el primero que dominó
este medio, que está acostumbrado a improvisar,
a manejar un micrófono, y sin temor a
actuar en público.
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Creo
que Juan Pablo II,
que plenamente es consciente
de los elementos profanos
que arropan sus intervenciones públicas,
se ha dado cuenta
de que todo eso es una magnífica
ocasión para comunicarse presentando
a Jesucristo,
su gran objetivo
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Creo
que el Papa Juan Pablo II, que plenamente es
consciente de los elementos profanos que arropan
sus intervenciones públicas, se ha dado
cuenta de que todo eso es una magnífica
ocasión para comunicarse presentando
a Jesucristo, su gran objetivo, lo mismo vistiendo
las pieles de cabra que le ofrecen que empuñando
la lanza de un jefe tribal. Recordemos su primera
vista a Madrid, en 1982, y la bella expresión
del pueblo español allí acuñada:
«Juan Pablo II, te quiere todo el mundo».
Alguien llegó a decir que actuaba en
el estadio Santiago Bernabeu como el orador
de la maratón de Dios. Todo su objetivo,
decididamente, es sensibilizar y enfervorizar
al mundo entero de la salvación operada
por Jesucristo.
Su gran devoción y clave es María,
en el misterio de Cristo, que posee un papel
único en el misterio del Verbo encarnado
y en el Cuerpo místico, «porque
acogió al Verbo de Dios en su corazón
y en su cuerpo a la vez», como ha dicho
en la clausura del Sínodo de obispos
de Holanda (31-1-80). María, para el
Papa, es la mujer entregada a Dios, es la primera
mártir en el camino doloroso de la Cruz
y en el Gólgota. Su disponibilidad total
para la maternidad divina responde consciente
y libremente a la acción de Dios, acogiendo
el poder del Espíritu Santo.
Desde aquí es desde donde Juan Pablo
II apoya la santificación de la vida
familiar: «En la vida de María,
de una Madre y de una Esposa, aprendemos que,
en la normalidad cotidiana de los deberes familiares
y sociales, cumplidos con mucho amor, podemos
y debemos alcanzar la santidad cristiana»
(Chile, 5-4-87).
Detractores tiene que consideran que son demasiados
los viajes que hace. Durante muchos siglos,
los miembros de la Curia conducían a
los Papas y, según ellos, sabían
cómo hacerlo. Desde la llegada de Karol
Wojtyla, ajeno a todo eso, él impuso
su norma y agenda.
En una entrevista concedida a LOsservatore
Romano y a la Radio Vaticana, ya en 1980, ha
dicho: «Muchas personas afirman que el
Papa viaja demasiado. Piensan que, humanamente,
tienen razón. Pero es la Providencia
quien nos guía, y a veces nos incita
a hacer cosas ad excessum». Y habló
de la oportunidad de proclamar el Evangelio
y la enseñanza papal a escala planetaria,
una línea inaccesible para la Historia,
tendida entre cada hombre y nuestros intentos
de seguir a Cristo. Por eso proclama que la
esperanza centrada en Cristo es la verdad para
nuestro mundo.
Tiene, Juan Pablo II, clara conciencia de su
profetismo global. De aquí sus viajes
por todo el mundo. Ha dicho: «Quiero sensibilizar
a los hombres y a las mujeres de buena voluntad
de los importantes desafíos a los que
la familia humana tiene que hacer frente en
estos decadentes años del siglo XX».
Todo esto y muchísimo más toda
su doctrina y gestos hemos de recordarlos
con ocasión de éstos sus 25 años
como Papa.
+ Francisco Álvarez Martínez
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