Juan Pablo II en la ceremonia de apertura de la Puerta Santa, en el Jubileo del año 2000
Escribe el cardenal-arzobispo de Barcelona
«Si no estuviera cansado,
tendría mala conciencia»
Hace unos meses el Papa dijo, ante comentarios sobre su estado de salud y la posibilidad de una renuncia a su misión, que «Cristo tampoco bajó de la Cruz». Hace 25 años que el Colegio cardenalicio puso sobre sus hombros la enorme responsabilidad de dirigir el caminar de la Iglesia católica. Fue elegido a las 6:18 horas de la tarde del 16 de octubre de 1978.
El 28 de septiembre anterior, cuando estaba desayunando el cardenal Wojtyla, su canciller entró para anunciarle que la radio acababa de dar la noticia de la muerte de Juan Pablo I. El cardenal permaneció sentado un momento en silencio; luego dijo: «Dios actúa de formas misteriosas… Inclinemos la cabeza ante ellas». Más allá de uno piensa que en el Cónclave anterior su nombre estuvo muy cerca de ser elegido Papa y que por esto esa mañana pronunció esa frase.

En la tarde de su elección, dice el cardenal König, que estaba sentado enfrente de Wojtyla en la Capilla Sixtina, que, cuando el número de votos a favor suyo se acercó a la mitad del total necesario, tiró sobre la mesa el lápiz con que anotaba los votos e irguió el cuerpo. Tenía la cara enrojecida. Luego hundió la cabeza entre las manos. Cuando salió la mayoría definitiva –dos tercios de los votos más uno– se inclinó sobre el escritorio y comenzó a escribir afanosamente.
El cardenal Villot, Camarlengo, anunció que Karol Wojtyla, de Cracovia, había sido elegido Pontífice; y se puso ante él para preguntarle en latín: «De acuerdo con el Derecho Canónico, ¿aceptas?» Wojtyla no titubeó: «Es la voluntad de Dios –repuso–. Acepto». Era el 263 sucesor de san Pedro.
Al salir, revestido ya de sotana blanca, habían preparado un sillón ante el altar. El cardenal Tarancón recordaba que, cuando el Maestro de Ceremonias lo invitó a sentarse, replicó el nuevo Papa: «No, yo recibo a mis hermanos de pie». El abrazo más largo fue para el Primado de Polonia, Wyszinski, a quien amaba como a un padre.
Todo esto sucedió hace 25 años. Después ha sido toda una vida heroica en él, y de crecimiento y afianzamiento de la Iglesia. Como sería absurdo intentar ningún tipo de resumen, prefiero expresar algunas experiencias que me vienen a la mente.

Recuerdo que, hace años, al ver de espaldas
al Papa arrodillado
e inclinado
en su reclinatorio,
la impresión que tuve fue que aquella espalda vestida de blanco parecía más bien
una roca sólida,
hecha un solo bloque con el reclinatorio.
Los años han hecho
que su físico
no sea ya roqueño,
pero su espíritu
tiene la misma solidez
Recuerdo que hace años, en la primera misa que pude concelebrar con el Santo Padre en su capilla privada, al entrar y ver de espaldas al Papa arrodillado e inclinado en su reclinatorio, la impresión que tuve fue que aquella espalda vestida de blanco parecía más bien una roca sólida, hecha un solo bloque con el reclinatorio. Los años han hecho que su físico no sea ya roqueño, pero su espíritu tiene la misma solidez.
Su sentido de entrega ilimitada lo ha tenido siempre. Años ha, una noche, un monseñor seguía por el pasillo al Papa para una cena de trabajo con él. Más de una vez, al menos en su casa, tenía la costumbre de andar arrastrando ligeramente los pies. El monseñor le preguntó si estaba cansado. El Papa se volvió sonriente y le dijo: «Si, a estas horas, el Papa no estuviera cansado, tendría mala conciencia».
Sus convicciones, motivos y amores son también añejos. Un día, sentado con él en su despacho, le dije que me gustaba que alguna vez hubiera dicho que su más grande satisfacción era ser sacerdote. Él, con su viveza habitual, me cogió del brazo y me preguntó: «¿Es que no es verdad?» Le contesté que lo era, efectivamente, pero que, como yo sentía lo mismo en tanto que obispo, me agradaba que lo dijera. Ha llegado a ser el Sumo Pontífice de la Iglesia, pero lo que hay en sus raíces espirituales viene de lejos y arranca de un sacerdote que, desde su juventud, ha trabajado ilusionado por su consagración al Señor y por sus trabajos pastorales, que lo llevarían a ser pastor de toda la Iglesia.
El lector sabe muchas cosas, todas positivas y esperanzadoras, de lo acaecido en estos 25 años, por los que damos rendidas gracias a Dios y al Santo Padre.

+ Ricardo María Carles