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Nació
usted en Berlín en 1927 y se crió
en Colonia. Estudió en Münster,
München, París y en el Friburgo
suizo. ¿En qué entorno creció?
Soy berlinés, pero mis padres se marcharon
de Berlín cuando yo sólo tenía
tres años. Mi padre era historiador del
arte y colaborador de los Cuadernos socialistas
mensuales. Nos mudamos a Colonia, y la época
que más marcó mi carácter
fue precisamente ésa. La época
nazi y todo lo que pasaba, digámoslo
así, en el otro bando fue impactante
para mí. Mi vida transcurrió normalmente.
Primero fui corrector de pruebas en la editorial
Kohlhammer, de Stuttgart. Antes me había
doctorado en Filosofía. Estudié
Filosofía y, como materias complementarias,
Romanística, Historia y Teología.
En 1962, me habilité para enseñar
Filosofía y Pedagogía. El mismo
año obtuve una Cátedra en Stuttgart.
Más tarde, sucedí a Gadamer en
Heidelberg. Finalmente, fui, durante 20 años,
profesor de Filosofía en München.
Siempre me interesa comprender cómo encuentra
alguien su camino hacia la filosofía.
¿De qué forma lo encontró
usted? ¿Cómo consiguió
armonizar la teología y la filosofía?
¿Por qué no se hizo teólogo?
También se podría plantear la
pregunta a la inversa: ¿por qué
razón debiera haber sido teólogo?
Pero usted no deja de tener razón. En
realidad, estuve pensando durante mucho tiempo
en la posibilidad de ser teólogo. Sin
embargo, quedé enganchado a la filosofía.
Ya en mi época de Bachillerato, comencé
a orientar mi interés en este sentido.
Leía yo entonces las obras de Platón.
Me influyó mucho cierto profesor de Colonia,
que enseñaba alemán, griego y
latín. En realidad, representó
para mí la primera imagen del filósofo.
Era un hombre que consiguió inmunizar
a toda nuestra clase contra la ideología
nazi. En aquel tiempo, tuve la ocasión
de leer principalmente a Platón y a Kierkegaard.
Fueron esos dos autores los primeros que estudié
en el campo filosófico.
¿Me equivoco al ver que en su filosofía
ha asumido la tesis central que establece que
el hombre ha sido instalado en la trascendencia?
Bueno, cada filósofo elabora su pensamiento
a partir de determinadas experiencias básicas.
La filosofía no comienza de la nada,
sino que cada planteamiento se alimenta de experiencias.
Naturalmente, también esto vale en mi
caso. Si tales experiencias previas están
marcadas por lo religioso, no puede evitarse
que sean visibles de algún modo en la
propia filosofía. Pero esto le ocurre
a todo filósofo, pues incluso el solipsista,
partidario de aquella frase de Hume: «Nunca
damos un paso más allá de nosotros
mismos», también ha realizado,
de una forma muy ostensible, determinadas experiencias
fundamentales. Tales experiencias básicas,
en mi opinión, surgen de vivencias incompletas.
Si usted habla de trascendencia en lo que respecta
a mi filosofía, puedo decirle que con
ese término no pienso, en principio,
en nada religioso. Más bien pienso que
el hombre está llamado a descubrirse
a sí mismo en el otro; es decir, está
situado en el mundo de manera que puede captar
al otro, al mundo o a sí mismo como realidades
extrasubjetivas. Yo no vivo solo en mi propia
concha ni en el mundo de mis construcciones
mentales, es decir, en una realidad virtual.
En lugar de eso, yo diría que la apertura
a la realidad es constitutiva para la razón.
Esto es lo que, en primer término, entiendo
por trascendencia.
Pero si esos pensamientos se prolongan en
dirección a una ética filosófica,
se llega a la convicción de que el hombre
no es capaz de autonomía moral, sino
que debe recurrir a algo que está fuera
de él mismo. ¿No estaría
en tal caso esa trascendencia orientada más
decididamente hacia la trascendencia teológica?
No, puesto que en primer lugar se trata
del otro como otro, es decir, del otro como
real. Yo no soy solamente mi idea o mi construcción
mental de mí mismo. Supongamos que estamos
navegando por el mar, y surge en el lejano horizonte
otro barco, o un avión diminuto, tan
minúsculo que parece casi no existir;
sin embargo, razonablemente uno se da cuenta
de que allá hay hombres, cada uno con
su propio mundo interior. La ética consiste
justamente en tomar nota práctica de
esa realidad.
¿Cómo ve usted lo que afirman
los filósofos analíticos y empiristas:
en concreto, la negación completa de
la trascendencia y su marginación del
discurso filosófico? Dicen que, aun cuando
a alguien le pudiera personalmente ayudar la
idea de la trascendencia, se le podría
responder que, a pesar de ello, tal idea no
juega papel alguno en el trabajo científico,
ya que hay que proceder de manera puramente
empírica y decididamente racional. ¿Cómo
delimita usted su filosofía frente a
esta actitud?
Yo diría que sólo están
procediendo de manera empírica y no racional.
Empíricos sí lo son en realidad:
quienes están muy lejos son empíricamente
muy pequeños, pero como ser racional
sé que son igual de grandes que yo. Esta
afirmación no es una afirmación
empírica: esto lo sé de antemano,
pero puedo posteriormente verificarlo de modo
empírico: según me voy acercando
a ellos, se me antojan más grandes. Pero
aún sigue siendo verdad que se diferencian
de mí. Mire, si usted tiene dolores,
eso nunca será empírico para mí,
porque son sus dolores y no los míos.
Su dolor de muelas no me duele a mí.
Si usted me lo cuenta, o yo me hago cargo de
que usted tiene dolor de muelas, y si me tomo
igualmente en serio el dolor de muelas de otra
persona que el mío propio, aunque para
mí no sea empírico, entonces estoy
actuando como un ser responsable y racional,
un ser que trasciende, que asimila como propio
algo ajeno a sí mismo. Yo diría
que los empiristas partidarios de la mencionada
frase de Hume reducen la realidad a lo que puede
percibirse inmediatamente por los sentidos.
Esto no es racional ni responsable.
Naturalmente, los empiristas saben, y al
mismo tiempo se lo echan en cara a los teólogos,
que, con su concepto de Dios, éstos abren
un vacío teórico y lo utilizan,
por así decirlo, únicamente como
tabla de salvación. ¿Qué
dice al respecto?
En primer término, deseo subrayar
que las reflexiones que he hecho anteriormente
no incluyen el concepto de Dios. La realidad
del dolor o de la alegría del prójimo
también puede ser real si soy un ateo.
Alguien puede decir que para él eso no
existe, y asegurar: Para mí sólo
existe lo que vivo y experimento. Entonces yo
diría: una persona que fuese consecuente
con ese planteamiento resultaría tan
amoral que sería preferible no tener
nada que ver con ella. Si no puedo representar
nada real para él, y si el mundo sólo
se le antoja un sueño, entonces se excluye
deliberadamente de la sociedad humana. Yo diría
que la afirmación de la razón,
básicamente, es la afirmación
del mundo desde el punto de vista de la ley
natural. Cualquier persona normal, de la calle,
piensa así, gracias a Dios.
Un origen
divino
Usted diría, entonces,
que la razón del hombre podría
tener un origen divino...
Sí. Incluso pienso que estamos finalmente
abocados a una alternativa: o se afirma que
esa posición natural ante el mundo en
la que lo otro y el otro son reales nos ha de
llevar, en último término, a reconocer
la existencia de Dios, precisamente en la experiencia
del otro; o bien se destruye esa actitud natural
desde la posición atea. Quizás
debería explicar esto con más
detalle. Cierto que el hombre es un ser natural:
también él es animal o, aquilatando
más, un mamífero. Igualmente podemos
asumir que el hombre surgió en un determinado
momento de la historia de los vivientes. En
el desarrollo natural de la vida, no obstante,
cada ser vivo es el centro de su propio mundo;
se puede afirmar que se propaga y quizás,
incluso, son los propios genes lo realmente
egoísta. Pero el egoísmo es, en
todo caso, lo que la razón ve en primer
término. La cuestión es cómo
se ha podido llegar a esto. ¿Se introduce
en el hombre la razón súbitamente
desde fuera? Aristóteles así lo
estableció. Pero si queremos pensar en
la razón como un producto de la evolución,
y en la evolución como un proceso tras
el cual se encontraría ya la razón
a saber, una razón divina,
entonces nos encontramos ante un enigma. Estamos
ante la cuestión de cómo puede
surgir de repente, en un proceso evolutivo,
algo que ya no puede explicarse en modo alguno
de forma evolutiva.
¿Entonces sería ésta
una cuestión que habría que dejar
abierta?
Sí.
O a la que puede intentarse una respuesta, como
la que ofrecen, por ejemplo, los escritos de
la Revelación contenidos en la Biblia.
¿Pueden constituir estos escritos para
usted una ayuda como filósofo?
No creo que en este caso haya que recurrir a
los escritos de la Revelación. Desde
la Antigüedad griega existe una teología
llamada natural. Esto quiere decir que la idea
de Dios no llegó al mundo desde el principio
a través de los escritos bíblicos.
Tales escritos, por el contrario, enlazan con
una tal conciencia natural de Dios. Basta recordar
cómo, en el libro de los Hechos de los
Apóstoles, Pablo expone en el Areópago
de Atenas un discurso sobre Cristo a los gentiles.
Comienza enlazando con lo que los griegos ya
sabían: «Yo os hablo de Aquel de
quien vuestros poetas dijeron: En él
vivimos, nos movemos y existimos». Pablo
presupone que la gente tenía una idea
clara de aquello que les hablaba. Después
anuncia: «Y ese Dios se ha revelado...»
Entonces, por primera vez, empieza la auténtica
historia de la Revelación. Pero esto
ya no quieren escucharlo los griegos, y le despiden.
Por tanto, si la idea de Dios no existiera desde
antes en el hombre, entonces los escritos de
la Revelación caerían en el vacío,
puesto que estarían hablando de la revelación
de un ser del que nadie sabría lo que
realmente significa.
Existen, sin embargo, filósofos que a
esa cuestión de la noción de Dios
responden simplemente negando su posibilidad,
o dejándola en suspenso, al sostener
que sobre ella nada puede decirse, ya que no
existen puntos de apoyo racionales que pudieran
inducir a hablar de ese Dios. ¿Es para
usted aceptable esta tesis, o se inclinaría
por otra respuesta?
Estoy persuadido de la opinión contraria.
En todo caso, creo que el discurso racional
para llegar a la idea de Dios presenta hoy un
camino distinto del que se daba en la Edad Media
y en la Antigüedad. Las pruebas medievales
de la existencia de Dios por ejemplo,
las famosas vías de Tomás de Aquino
albergan un supuesto tácito: presuponen
todas la racionalidad, la inteligibilidad del
mundo. Dan por sentado que el mundo posee una
estructura racional que, por ejemplo, establece
que nada sucede sin una causa suficiente. Sin
embargo, este supuesto ha sido cuestionado en
la Modernidad, en cierto modo por Kant, pero
sobre todo por Nietzsche. Por eso Nietzsche
es un pensador tan importante e interesante,
ya que ha señalado que tal pensamiento
de la racionalidad del mundo, es decir, la idea
de que el mundo es accesible a la razón,
posee un fundamento teológico. La Edad
Media no lo había visto todavía
de ese modo. Había afirmado que cada
hombre puede darse cuenta de que el mundo es
accesible a la razón y que de tal racionalidad
del mundo puede deducirse la existencia de una
razón original, y con ello la de un creador.
Ahora bien, Nietzsche dice que esa idea de la
racionalidad del mundo constituye ya de por
sí un pensamiento teológico. Después
de Nietzsche toda esta cuestión se ha
reiterado. Tome usted como representante actual
de esta tendencia a Michel Foucault, a quien
cabe situar en esa línea, y que dijo
en una ocasión: «No tenemos derecho
a creer que el mundo pueda proporcionarnos un
semblante legible». Pero si el mundo no
nos proporciona una faz inteligible, entonces
el discurso racional, pensándolo bien,
no tiene sitio en el mundo de ninguna manera.
Esto quiere decir que, cuando los hombres mantienen
un diálogo racional, sólo entonces
imaginan que lo hacen racionalmente. Lo mismo
piensa Foucault cuando afirma que todo diálogo
constituye un juego de poder. Según eso,
cada cual intenta ser más fuerte que
el otro. El pensamiento de que la razón
sea un intermediario por el cual podemos informarnos
de la realidad, de modo que uno pueda realmente
comprender lo que el otro piensa, es rechazado
por Foucault. Estas ideas también las
rechaza Nietzsche, con el argumento de que tal
teoría es exclusivamente teológica.
Hay un pasaje de Nietzsche que dice lo siguiente:
también los racionalistas, los librepensadores
del siglo XIX, recibían sus luces de
la fe de Platón, que igualmente era la
de los cristianos, es decir, que Dios es la
verdad y que la verdad tiene origen divino.
Por el contrario, Nietzsche opina que eso es
una fe de la que hemos de despedirnos. Así,
Nietzsche no sólo niega la idea de Dios,
sino también la idea de la razón.
Por eso tenemos que renunciar, según
él, a la idea de Dios y, al mismo tiempo,
a la de la causalidad, la persona, e incluso
a la idea de las cosas, puesto que las cosas
son para él representaciones antropomórficas,
representan unidades que en modo alguno existen
en la realidad.
Pero volvamos a su pregunta sobre la accesibilidad
de la idea de Dios. Me parece que, en nuestros
días, no podemos conocer cómo
se comporta la estructura racional del mundo
y de la realidad del modo en que se hacía
en la Edad Media para alcanzar la idea de Dios.
En lugar de esto, tenemos que considerar hoy
una relación recíprocamente condicionada.
Nietzsche afirma: «La imagen que tenemos
de nosotros mismos es una ilusión sistemática».
Todo lo que nos dice la razón, todo lo
que nos dice el lenguaje, constituye una ilusión
sistemática. Hoy estamos, en mi opinión,
ante la situación siguiente: o nos tomamos
en serio como personas y nos creemos que, efectivamente,
somos seres libres en el mundo, lo que por otra
parte implica la idea de Dios, o, a la vez que
anulamos esta idea, borramos también
con ella la idea del hombre. Esto último
es lo que pensaba Nietzsche, pensamiento que,
con seguridad, tiene una consecuencia cierta.
De ahí que, en mi opinión, hoy
hemos de tener incluso más claro que
en la Edad Media y que en la Antigüedad,
que sobre la aceptación de la idea de
Dios gravita un punto de opción que no
se nos presenta simplemente como la conclusión
de una prueba racional. No obstante, ésta
es una opción que lo es tanto para la
razón como para poder tomarnos en serio
a nosotros mismos.
Eclipse de
la libertad
Dicha opción sobre el concepto de
persona, ¿podría actuar asimismo
como correctivo? ¿Podría llegar
a ser necesaria en función de este papel?
¿Qué entiende usted por correctivo?
¿Correctivo de qué?
¿Necesita el hombre un criterio corrector
contra el abuso de su libertad? ¿Necesita
la idea de Dios como correctivo para confrontar
con ella su autoposición como persona?
Bien. Se puede considerar en el sentido de que
ha de corregirse un determinado concepto de
libertad. Ante todo, pienso que el eclipse de
la idea de Dios supondría al mismo tiempo
el de la idea de la libertad. Por eso pienso
que no se trata tanto de un corregir la idea
de libertad, como de fundamentarla. También
puede usted ver cómo se niega la idea
de libertad en el materialismo moderno. De acuerdo
con él, el hombre no es libre. Lo más
sorprendente de esto es que quienes discuten
la libertad del hombre en el campo de la teoría,
de la ontología y de la ciencia, en la
práctica proclaman con énfasis
esa libertad, al tiempo que reclaman para sí
una autonomía ilimitada y una ilimitada
autorrealización, si bien insisten por
otro lado en que el hombre no es libre. Por
el contrario, me parece que la idea de Dios
es la que funda la idea de libertad, es decir,
la que conduce a ella y a que el hombre se reconozca
como un ser libre y responsable. Así,
la libertad se impregna al mismo tiempo de un
determinado contenido. Esa libertad no se realiza
de modo que el hombre desarrolle simplemente
su inclinación natural al dominio del
entorno, a la autorrealización, etc.,
a costa de todos los demás. En lugar
de esto, sabe que reconocer la libertad del
otro constituye un momento integrador de la
propia libertad. Creo que esto está asentado
precisamente en la idea de Dios.
¿No residirá también ahí
la clave de la crisis de la posmodernidad? Hablamos
de la crisis de la idea de Dios que hoy se detecta.
¿Es ésa la clave de que hayamos
llegado a tal crisis de la posmodernidad, y
por qué nos peleamos tanto sobre esto,
y discutimos a veces hasta perder el sentido
de la medida?
Bueno, ¿qué es lo que se entiende
por crisis de la posmodernidad? La posmodernidad
es ella misma la crisis.
¿Cabe pensar que una ayuda, una salida
al problema estribaría en que la ciencia
renuncie a esa pretensión de dominio
y de totalidad?¿Cómo podemos salir
de este dilema?
En la actualidad, ésta es la cuestión
más difícil. Puede decirse que
la creciente falta de objetividad, la sustitución
de la realidad por su simulación, el
intento de comprender la vida partiendo de su
simulación, constituye aún un
proceso natural. Desde el principio, el hombre
se esfuerza por afianzarse en un mundo que le
es hostil, y, como ha señalado Gehlen,
frente a él se ve con pocos recursos.
De ahí que trate de desarrollar instrumentos
de dominio. Esto es, en cierto modo, necesario
y razonable. Pero, en mi opinión, hoy
hemos llegado a un punto en el que ese desarrollo
natural cambia bruscamente: ya no constituye
un instrumento para la liberación del
hombre, sino que se convierte en un proceso
en el que el hombre mismo se vuelve tan poco
objetivo que ya no queda posibilidad alguna
de libertad. Se pregunta qué podría
hacerse en tal situación. Creo que sólo
unas pocas cosas pueden seguir ayudándonos.
¿Qué papel juegan aquí
las Iglesias? Si volvemos a referirnos a la
idea de Dios, ¿son precisamente ellas
las competentes, en el sentido amplio de la
palabra? ¿Nos ofrecen un apoyo concreto
en este campo?
Es evidente que las Iglesias juegan un papel
público de extensa eficacia, que, naturalmente,
no es despreciable. Las manifestaciones de las
Iglesias son habitualmente del tipo de aquellas
que muestran ciertos límites, es decir,
lo que a los hombres les está permitido
hacer. Yo creo que el concepto de límite,
en este contexto, es realmente importante. Pienso
que el respeto constituye un concepto fundamental
de lo ético. Hay determinadas acciones
que, sencillamente, hay que omitir. La concreción
de lo que no se debe hacer se produce, entre
otros factores, a través de las Iglesias.
De todos modos, su influencia ha retrocedido,
por lo que no debemos basar nuestra actuación
sólo en ellas. Y no debemos hacerlo así
porque las personas que nada tienen que ver
con una Iglesia podrían argüir la
objeción siguiente: «Muy bien,
para vosotros eso es válido, pero vuestras
creencias cristianas no las podéis imponer
a los demás». Ahora bien, si los
cristianos conviven en un contexto esclavista
o racista, y dicen que ese régimen es
injusto, según eso podrían recibir
la siguiente contestación: «Pues
bien, por mi parte eso puede valer para vosotros
los cristianos, y podéis entonces dejar
en libertad a vuestros esclavos, pero, por favor,
dejad en paz a los demás con vuestras
ideas». Los cristianos tendrían
que responder entonces: «No, no hablamos
aquí en nombre de la Revelación;
nuestra idea de los derechos humanos es válida
para todos. Nosotros lucharemos contra los negreros,
aunque los negreros no sean cristianos y su
conciencia les permita tener esclavos. Nosotros
afirmamos que, en este sentido, el negrero debe
abandonar su convicción, su falsa conciencia,
y dejar libres a sus esclavos». Por esta
razón, entiendo que el testimonio, la
convicción y la necesidad de esas limitaciones
debe no solamente ser transmitida por las Iglesias.
|
|
Filosofía
y Teología
|
| Yo
me he pronunciado reiteradamente sobre asuntos
teológicos, y existe también
una cierta rama de mis trabajos filosóficos
que van en la dirección de la Filosofía
de la religión; pero, en general,
es cierto que ambas materias discurren juntas
en mi trabajo. No se presentan contrapuestas
ni por separado, pero tampoco discurren
en el sentido de algo correlativo, como
si mi filosofía, por así decirlo,
fuera el reflejo de convicciones teológicas.
El hecho de que los nombramientos que he
tenido, con excepción del último
para Múnich, fueran para cátedras
que, tanto en Zürich como en Heidelberg
o en Hamburgo, nunca fueron ocupadas por
católicos, muestra que la percepción
que mis colegas tenían de mi persona
no fue ciertamente la de un filósofo
con una impronta destacadamente teológica.
En todo caso, yo había decidido manifestarme
como católico y asumir una actitud
consecuente en los círculos o ámbitos
respectivos, independientemente de mis trabajos
e inquietudes filosóficas; pero jamás
mezclé, en la práctica, ambas
cosas. |

|
La
idea de Dios
|
| Se
gesta la conciencia de realidad en la temprana
infancia; en el contacto con la madre, se
produce la conciencia de lo otro. Para el
niño muy pequeño, el otro
no es real como tal otro; pero llega un
momento en que el niño empieza a
salir hacia fuera. Por ejemplo, cuando observa
que la madre llora porque padece dolores;
entonces el niño los padece con ella.
Se da cuenta, así, de que la madre
no es sólo un ingrediente de su propio
mundo, sino que es real para ella misma.
En este punto se me ocurre que también
los animales dependen de su pareja y se
cuidan de sus crías. Existe ese sentimiento
de pertenencia natural. Ahora bien, la pegatina
que en ocasiones puede leerse en un camión:
Piensa en tu mujer, ¡conduce con prudencia!,
apela al hombre como ser racional. Despierta
en su conciencia que el otro no es sólo
una parte del propio mundo, sino que, además,
yo soy parte del mundo del otro. Esto quiere
decir que un conductor no sólo debe
preocuparse por su mujer, sino que también
debe velar por sí mismo, pues a su
vez él es importante para su mujer.
Éste es un pensamiento que un animal
no puede tener. Si me pregunta por qué
sucede esto, ¿qué puedo responder?
Quizás entra en juego aquí
la idea de Dios. Para Emmanuel Levinas,
esta experiencia del otro supone una experiencia
implícita de Dios. Sin embargo, hay
un largo camino en esta argumentación,
y además habría que ir mucho
más al fondo lo que en todo
caso ahora no podríamos hacer
para mostrar lo que esto tiene que ver con
la idea de Dios. |

Ilustración de Le Nouvel
Observateur
|
La
frontera de la ciencia:
el hombre
|
Nunca
ha funcionado tratar de poner simples fronteras
a la ciencia. En todo caso, ha de reconocerse
que la moderna ciencia natural no puede
evolucionar ni desarrollarse sin la técnica.
Es decir, hoy ya no se da la ciencia por
un lado, y, por otro, la técnica,
como aplicación de la ciencia. Más
bien sucede que es la técnica la
que decide lo que científicamente
sea posible. Dentro de estas técnicas
se encuentran algunas de las que no podemos
responder. Esto afecta, por ejemplo, a los
experimentos con embriones. Piense en los
médicos que actuaron en los campos
de concentración; lo hicieron al
servicio de la ciencia. Han realizado investigaciones
de congelación de presos, y después
aseguraron que eso sería de utilidad
para la Humanidad, pues así se obtendrían
determinados conocimientos. Esto también
es cierto. Sin embargo, tales conocimientos
han sido logrados a un precio que no deberíamos
estar dispuestos a pagar.
Esto quiere decir que la idea de que a la
ciencia le está permitido todo, con
tal de conseguir más avances en el
conocimiento, es funesta. En reiterados
programas de la Radio bávara se recogía
a gente de la calle para hacer con ellos
el siguiente experimento: a las personas
seleccionadas se les explicaba que, en una
cabina frente a ellos, estaba sentado alguien
que tenía que memorizar una serie
de palabras en un orden determinado. Cada
vez que se equivocaba recibía una
descarga eléctrica. Se les decía
que, científicamente hablando, tal
castigo con descargas eléctricas
servía para acelerar el proceso de
aprendizaje. Naturalmente, todo ello no
era más que una ficción, cosa
que la gente reclutada en la calle desconocía.
Se les explicaba que, para realizar esa
prueba, había que contar con colaboradores
independientes, neutrales. Sólo tendrían
que apretar el botón cuando el hombre
de la cabina respondiera de forma equivocada.
Las descargas eléctricas aumentarían
cada vez más y el hombre de la cabina
gritaría también con más
fuerza cada vez que las recibiese. Cierto
que todo esto era fingido. Pero la gente
que estaba fuera oía realmente los
gritos sin saber que eran fingidos. En todo
caso, la gente colaboró: ellos apretaban
el botón y eran ejecutores de lo
que se les decía. Esa obediencia
no era una obediencia al Estado o a la Iglesia,
sino una sumisión a la Ciencia. Se
les insistía en que el experimento
era muy importante para las futuras generaciones.
Con esta razón se dejaron convencer
e intimidar. Pienso que tendríamos
que llegar finalmente a un punto en el que
no hagamos ya determinadas cosas, pero no
porque ello lo pueda prohibir la Ciencia
la ciencia no prohíbe nada,
sino porque no lo queremos como hombres.
Hemos que tener el valor de reiterar que
no queremos disponer de determinadas posibilidades.
Aquí ya entra en juego la política. |

|
Dios
no es dominable
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En
los últimos siglos, es decir, en
la historia de la modernidad, se hipertrofia
la tendencia humana al dominio, al control
de la naturaleza. Puede decirse que el estar
en el mundo del hombre está guiado
por dos polos; por una parte, el hombre
tiene que afirmarse en el mundo: tiene que
sobrevivir, y para ello, ha de dominar su
medio, su entorno, en un determinado grado.
Por otra parte, el hombre también
quiere encontrarse en el mundo como en su
propia casa: quiere ser comprendido como
parte del mundo.
En realidad, se trata de dos tendencias
opuestas. Si la pretensión de controlar
el mundo y someterlo a nuestras representaciones
se orienta al dominio de la naturaleza,
entonces el hombre mismo también
se convierte en objeto de ese dominio. Hoy
ya hemos llegado a esto: el pensamiento
del dominio de la naturaleza por el hombre
se convierte en la idea de la dominación
del hombre sobre el hombre hasta llegar
a la propia estructura genética.
Pero entonces, ¿quién es el
dominador? De este modo, el dominio soberano
lo ejercen instancias completamente abstractas
como, por ejemplo, la Ciencia, la Técnica,
la Sociedad. En un mundo así entendido,
naturalmente, no hay espacio para la idea
de Dios, pues Dios en modo alguno es algo
dominable. El hecho de que el hombre y el
mundo puedan pensarse juntos como unidad,
como ligados el uno con el otro, como cercanos,
sin que el hombre quede subsumido naturalísticamente
como un objeto entre objetos, implica, en
mi opinión, la idea de la creación,
en la que a la vez somos partes de la naturaleza
y también seres racionales que están
por encima de ella. |

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