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Signo
de contradicción
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No
sólo son compatibles los derechos humanos, tan
en boga, con el respeto a las culturas, sino que veo
que se lesionan esos derechos cuando no se respeta la
cultura de los ciudadanos. La retirada de los crucifijos
y de otros símbolos religiosos en Francia, es
una señal del autoritarismo que embarga a algún
sector dominante de la vecina Francia. Esta decisión
evoca en mí al régimen cubano y otros
sistemas totalitarios que se implantaron en Europa en
el siglo XX.
Ostensible o no, no creo que haya razones sólidas
para erradicar el símbolo de la cruz (emblema
de nuestra cultura cristiana milenaria), de los centros
públicos de enseñanza
Jesús
crucificado se vuelve a convertir en signo de contradicción,
como profetiza el anciano Simeón; ahora, para
más Inri, en pueblos de mayoría cristiana.
Se trata de un atentado al derecho de la libertad religiosa.
El crucifijo, como dijera sabiamente el profesor Tierno
Galván, cuando intentaron quitárselo de
su despacho de la Alcaldía de Madrid, «es
un símbolo de paz y no hace daño a nadie».
El gesto del Gobierno francés pone a las claras
su flagrante violación del artículo 18
de la Declaración Universal de los Derechos Humanos,
que considera derecho pleno a la libertad religiosa.Tengo
la impresión de que la redacción de Preámbulo
de la Constitución europea es un intento sutil
del Gobierno francés de imponer su laicismo jacobino
a toda Europa.
Josefa Romo Garlito
Valladolid
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¿Cómo
se mide una vida? ¿Cuánto pesa una existencia?
¿Cuáles son las unidades que calculan
la cantidad y calidad de una biografía?
La vida no se mide anotando éxitos, como se
apuntan los goles de un partido. Tampoco sumando las
cuentas bancarias, ni admirando los títulos
académicos colgados de las paredes, ni siquiera
por el número de quienes acuden al funeral,
ni por el tamaño de la esquela o por la extensión
de la crónica necrológica. No se determina
el valor de una vida por el plan que se tenga para
el próximo fin de semana, o para las siguientes
vacaciones. Tampoco por el linaje del que se desciende,
la marca de automóvil que se conduce, la ubicación
y lujo de la casa donde se habita, o el puesto y la
Compañía en la que se trabaja. Tampoco
la vestimenta, ni las aficiones, ni los viajes, ni
la edad, ni la belleza, ni la inteligencia permiten
evaluar la perfección de una vida. La vida
es mucho más que todo eso.
La vida se mide por el amor y la felicidad que se
brinda a los demás. La vida se mide por los
hijos, por los nietos, por los sobrinos, por los alumnos,
por los amigos que uno ayuda a crecer. La vida se
mide por los besos, por los abrazos, por las palmadas,
por los apretones de manos, y, sobre todo, por las
sonrisas que se distribuyen por doquier. La vida se
mide por la amistad, por la simpatía, por el
cariño, por la ternura que se desborda de una
existencia. La vida se mide por la trascendencia de
los compromisos que se asumen, y se cumplen fielmente;
por las esperanzas que no se traicionan. Una vida
que no rebosa fraternidad, cordialidad y pasión
merece ser transformada.
Sólo por hoy, y mañana ya no cambiaremos;
aceptemos que lo más sagrado de este día
es prestar apoyo a los demás, aliviarles en
sus penas, reír con ellos en sus alegrías,
y asistirnos mutuamente. Lo que digamos, que sea con
afecto. Lo que hagamos, importante o trivial, que
sea con respeto y solidaridad, con todo el corazón.
Mikel Agirregabiria
Getxo (Bizkaia)
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Conservad la Navidad
Cuando era niña, la Navidad era algo entrañable
y misterioso, religioso y mágico. En el corazón,
la luz de una vela titilante y cálida: la fe;
en casa, las luces del Nacimiento y el árbol:
la familia; en la calle, una gran profusión de
bombillas y adornos de colores: el mundo. Oración,
amor, ilusión y alegría.
Cuando fui creciendo, en Navidad creció la fe
en mi corazón y disminuyó un poco la magia.
La familia se mantuvo allí con su amor y su alegría,
y conocí los problemas. El mundo incrementó
el nivel de vatios y bullicio, y me atrajo el consumo.
Oración, amor, alegría y bienes materiales.
El Niño Jesús. Los Reyes Magos, el árbol,
Papá Noel, las tiendas, los que sufren.
Ahora que soy adulta, en Navidad priman las prisas,
los atascos, el trabajo. En mi corazón, continúa
titilando la llama de la fe. Mi familia sigue siendo
mi refugio. El mundo ya no sabe qué celebra ha
vuelto el solsticio de invierno, ¿dónde
está el Niño Jesús?
Hagámosle sitio en nuestro corazón para
que su llama dé luz y calor al mundo. Recoloquemos
al Niño en el centro, porque esto es la Navidad.
¡Feliz Navidad!
Asunción de Gortázar y Rotaeche
Madrid
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Mis
condolencias
Con
emoción he leído las referencias que su
publicación ha realizado del padre Carlos Valverde,
S.J. A veces, cuando un sacerdote pasa de esta vida
a la otra, una no sabe a quién dirigirse para
expresar sus condolencias y su humano dolor. No encuentro,
por ello, mejor medio que el de Alfa y Omega para agradecer
la nota de esta publicación, difundida la misma
semana de su muerte, además de un breve y entrañable
artículo de José Luis Gutiérrez
García, a quien de corazón agradezco que,
en su día, nos remitiese a este pequeño
y gran jesuita. Finalmente, parafraseando al propio
Carlos Valverde, también yo creo que «dos
caminos humanos nunca se cruzan por casualidad».
Así que, en lugar de dar el pésame por
esta humana pérdida, casi prefiero contemplar,
profundamente conmovida, la escena que él mismo
imaginó, y ver al padre Carlos Valverde, pequeño,
humilde, sabio, santo y socarrón, reclinando
su cabeza en el costado del Señor al que dedicó
su vida entera.
Teresa García-Noblejas
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