| Índice |
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El
Camino de Santiago:
Un
Camino para la peregrinación cristiana <Más>
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| I.
La tumba apostólica de Santiago el Mayor: origen
de la peregrinación a Compostela
<Más> |
Filatelia
Jacobea en los Años Santos
<Más> |
II.
Sentido cristiano de la peregrinación a Santiago
de
Compostela
1. Toda la vida humana es peregrinación
2. Al encuentro con Dios
3. Jesucristo es el Camino
4. La Iglesia: camino y peregrinación
5. Las raíces apostólicas
<Más> |
III.
La renovación pastoral del Camino de Santiago
1. El peregrino de hoy
2. Luces y sombras de la peregrinación a Santiago
3. Algunos valores cristianos de la peregrinación
4. Elementos para un programa de actuación pastoral
<Más> |
| Conclusión
<Más> |
| Notas
<Más>
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II.
Sentido cristiano de la peregrinación
a Santiago de Compostela
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El
Camino de Santiago es vía, peregrinación
y signo. El Camino de Santiago suscita en el hombre
varias resonancias, que llegan desde la Historia. Camino
es la vía que se recorre, el sendero que discurre
a través de lugares identificados en un mapa.
Camino indica, además, el viaje emprendido, el
itinerario gozosa y fatigosamente cubierto por cada
peregrino. Por fin, Camino en sentido figurado, desde
la literatura griega pasando por el Nuevo Testamento,
significa la vida humana. Nacer es la entrada y la muerte
es el éxodo. Las tres connotaciones convergen;
y en su confluencia, ayer y hoy, reside su fuerza. Al
recorrer el Camino de Santiago se despierta en la conciencia
del peregrino la vida como una marcha hacia una meta.
Esta meta es el sepulcro del Apóstol, es Dios,
es la vida eterna.
1. Toda la vida humana
es peregrinación
Peregrino es, en este contexto, aquel que
marcha lejos, que se dirige a un país extraño,
que permanece con la añoranza de la patria. En
el uso cristiano, peregrinar evoca las siguientes actitudes:
despojo voluntario de la patria, para marchar hacia
lo desconocido obedeciendo a Dios (Gen 12, 1; Heb 11,
8-10); percepción de la vida terrestre como un
exilio lejos del Señor (2 Cor 5, 6), y considerándose
personalmente cada cristiano como un extranjero y un
forastero (1 Pe 2, 11; Heb 11, 14-15). Y al mismo tiempo,
en virtud de la fe y de la esperanza, es conciudadano
de los santos y familiar de Dios (Ef 2, 19); en la Jerusalén
de lo alto tiene su patria y su descanso. El éxodo
de Israel por el desierto se reproduce, en cada cristiano
y en la Iglesia, como camino hacia la Tierra prometida7.
Bellamente formuló esta paradoja cristiana el
llamado Discurso a Diogneto: «(Los cristianos)
habitan sus propias patrias, pero como forasteros; toman
parte en todo como ciudadanos y todo lo soportan como
extranjeros; toda tierra extraña es para ellos
patria, y toda patria tierra extraña» (V,
5).
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- Puente la Reina (Navarra), en pleno Camino de Santiago
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Para
la concepción cristiana de la vida como peregrinación
ha ejercido un influjo permanente la llamada de Dios a Abraham:
«Vete de tu tierra, y de tu patria, y de la casa de
tu padre, a la tierra que yo te mostraré» (Gen
12, 1). La actitud de Abraham es modelo de los creyentes
(Heb 11, 8-10). Los descendientes de Abraham fueron forasteros
en tierra extraña y esclavizados durante cuatrocientos
años (Dt 15, 13). La esclavitud de Egipto, la liberación
con el brazo fuerte de Dios, haciendo un camino por el mar,
y el don de la tierra serán confesados por los israelitas
en su credo y celebradas en la Pascua: «Mi padre era
un arameo errante que bajó a Egipto y residió
allí como inmigrante siendo pocos aún, pero
se hizo una nación grande, fuerte y numerosa»
(Dt 26, 5). La experiencia del éxodo, del desierto
y de la entrada en la tierra marcó hondamente la
experiencia de Israel.
Para el hombre bíblico, dada su forma de vivir nómada
durante mucho tiempo, y por las experiencias históricas
de la emigración y de la expatriación, la
espiritualidad del Camino es medular. Incluso, se ha podido
afirmar que aquí ha nacido, precisamente, la comprensión
de la realidad como Historia. Dios con sus promesas suscita
y alimenta la esperanza de los hombres y abre el futuro
como un horizonte.
En nuestra situación actual, donde el hombre ha tomado
las riendas de la Historia, es fácil advertir que
la realidad entera es una tarea en manos de los hombres;
pero también, por desgracia, se puede notar cómo
ese futuro se considera como proyecto del hombre al margen
del encargo de Dios, que le hizo libre para que sometiera
al mundo bajo la soberanía divina. El hombre es creador
como imagen de Dios; si pretende ser creador ab-soluto,
es decir, desligándose del Creador, se extra-vía
y arrastra consigo al mundo.

- Caminos en Francia que confluyen en el Jacobeo en España
2. Al encuentro con Dios
Por lo dicho se percibe cómo en el mismo
ser del hombre está ínsita su relación
con Dios, su destinación a una meta trascendente,
a la esperanza que va más allá de la muerte.
En el Camino de Santiago reviven, de esta forma, las grandes
cuestiones de la vida humana; y se ofrecen las grandes respuestas
de la fe en Dios.
La diferencia entre el hombre y el animal bruto se expresa,
con frecuencia, diciendo que el hombre es un ser abierto.
Si el animal está remitido en totalidad a su ámbito
vital, el hombre desborda toda experiencia, toda situación
dada, toda circunscripción; interroga sin cesar y
busca inevitablemente. Es en persona una cuestión
abierta que apunta al Misterio, a Dios. La pregunta por
Dios no le viene impuesta simplemente por el ambiente exterior,
ni sólo por la tradición, ni únicamente
por la educación, ni por presiones de instintos frustrados
o de inserción deficiente en la sociedad; el hombre
lleva en su ser y en su existencia, en su relación
con el mundo y con los demás hombres, en su relación
con el futuro y con la muerte, la impronta y la querencia
de Dios.
La apertura del hombre no se frena ni detiene ante la muerte.
Si la muerte fuera el término definitivo, sería
una pasión estéril la existencia entera del
hombre. La esperanza humana es sabiduría y no locura
porque se alarga hasta más allá de la muerte.
Se puede decir que, así como pertenece al hombre
saber por anticipado de su propia muerte, de forma semejante
es ingrediente de la condición humana el esperar
más allá de la muerte. Las preguntas que el
hombre formula impulsan a preguntar por lo que es la muerte,
lo que en ella acontece y lo que tras ella nos aguarda.
Es imposible evitar estas cuestiones; y es inhumano intentar
sofocarlas.
La antropología está abocada de esta forma
a plantearse, desde la apertura del hombre, el misterio
de Dios y la meta de su esperanza. Para que el mensaje cristiano
sea relevante, precisamos de nuevo fundamentar en la condición
del hombre el principio de la esperanza. El anuncio de la
vida eterna, la victoria sobre la muerte por la resurrección
de Jesucristo, el descanso en la patria definitiva se dirigen
a un hombre que constitutivamente espera. El Evangelio es
así respuesta a la cuestión qué es
el hombre; y, al mismo tiempo, enciende y sostiene el atrevimiento
hacia un futuro de gloria. Se ha hablado de una especie
de narcisismo, en que se ha envuelto el hombre contemporáneo;
pues bien, seguramente tiene que ver esta enfermedad con
la renuncia a abrirse a la meta última del hombre,
que es la plenitud en Dios alcanzada más allá
de la muerte; meta que hace significativas las metas provisionales
y los esfuerzos diarios.
El Camino de Santiago es una invitación a ir más
allá, a subir más alto, a adentrarse en lo
infinito. El Codex Calixtinus, en los primeros decenios
del siglo XII, refiere cómo la multitud, reunida
de muchas naciones, siente la atracción de la esperanza
y de lo alto. «Allí van innumerables gentes
de todas las naciones
No hay lengua ni dialecto cuyas
voces no resuenen allí
Las puertas de la basílica
nunca se cierran, ni de día ni de noche... Todo el
mundo va allí aclamando E-ultr-eia (adelante, ea!),
E-sus-eia (arriba, ea!)»8. La Humanidad entera está
unida en su andadura hacia la patria definitiva. La solidaridad
es claramente universal. Muchos peregrinos llegaban hasta
el Finisterre, donde la tierra termina y el mar inmenso
comienza, para comprobar que el Evangelio de la esperanza,
testimoniado por el Apóstol Santiago, había
llegado a todas las gentes.
El peregrino, en medio de la dureza del camino, saca fuerzas
de la meta que sueña y le atrae. Recorriendo el Camino
de Santiago, el hombre se abre a la trascendencia, marcha
hacia ella, la acoge, en ella se interna esperanzado, le
sorprende cuando le envuelve, goza con su cercanía
y se abraza a ella como el peregrino al Apóstol.
El peregrino vive de la meta; desde ella se hace comprensible
su fatiga. Y al divisar el término, desde el Monte
del Gozo, puede cantar como el hijo de Israel al llegar
a Jerusalén: «Ya están pisando nuestros
pies tus umbrales, Jerusalén» (Sal 122, 2).
Revivir en nuestra generación el significado del
Camino de Santiago es un motivo para recordar que la vida
humana se inscribe en las dos coordenadas de la fe en Dios
y de la esperanza en la vida eterna.

- Jesús es el único Camino. Cruceiro
- Le Puy, punto de partida de uno de los cuatro
principales Caminos jacobeos franceses
3. Jesucristo es el Camino
«No se turbe vuestro corazón. Creéis
en Dios; creed también en mí. En la casa de
mi Padre hay muchas moradas...; voy a prepararos un lugar
Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre
sino por mí» (Jn 14, 1-2-6). Jesús es
el acceso a través del cual los discípulos
llegan al Padre. La marcha de Jesús y su retorno
son determinantes para ellos: se les prepara un lugar y
son tomados del mundo. Jesucristo es la única vía
para ir al Padre, porque el Hijo tiene el poder de admitirlos
en su casa y en su compañía. La comunión
con Jesús es garantía de la comunión
definitiva con Dios. Jesús es Camino, Verdad y Vida;
o de otra forma, Jesús es el Camino que conduce a
la Vida y a la Verdad, a la vida verdadera o a la verdad
que sacia el corazón del hombre. En Jn 14, 6 el concepto
principal es Camino; Vida y Verdad son la meta adonde conduce
el Camino. Este verso indica la singularidad de Jesús
en el acceso definitivo de sus discípulos a la Vida
y a la Verdad, a los dones escatológicos. Al margen
de Jesús no hay camino; caemos en el poder de las
tinieblas, somos víctimas de la mentira, del pecado
y de la muerte, alejándonos de Él.
«Teniendo, pues, hermanos, plena seguridad para entrar
en el santuario en virtud de la sangre de Jesús,
por este camino nuevo y vivo, inaugurado por Él para
nosotros, a través del velo, es decir, de su propia
carne, y con un Sumo Sacerdote al frente de la casa de Dios,
acerquémonos con sincero corazón, en plenitud
de fe, purificados los corazones de conciencia mala y lavados
los cuerpos con agua pura. Mantengamos firmes la confesión
de la esperanza, pues fiel es el autor de la promesa»
(Heb 10, 19-23; cf. 9, 8). En medio del desaliento y del
rigor del camino, reciben los cristianos estímulo
unos de otros y, sobre todo, de la seguridad para entrar
en el santuario abierto por Jesús, Camino nuevo y
vivo. Los cristianos, por medio de Jesús, están
en situación privilegiada, caracterizada por la parresía,
es decir, por el derecho de poder acercarse a Dios con toda
seguridad. Tenemos la capacidad, el don, el permiso, el
acceso abierto hasta el mismo Dios. Esto es una verdad sin
precedentes; han caído las barreras entre los hombres
y Dios; ya hay paso libre. Este camino, abierto para los
hombres, esta ligado a la persona viviente de Jesús.
Las separaciones del Antiguo Testamento han sido superadas
en Jesucristo, mediador de la nueva y definitiva Alianza,
sacerdote y víctima a la vez, hermano de los hombres
e Hijo obediente de Dios. «Por Él, unos y otros
tenemos libre acceso al Padre en un mismo Espíritu»
(Ef 2, 18).
Jesús es el Hijo de Dios encarnado. Es camino concreto.
La humanidad del Señor es el camino real frente a
todo intento de generalización, de idealismo, de
ascenso hasta Dios al margen de Jesús. La Palabra
de Dios, siendo la verdad eterna, se hizo camino al tomar
carne y al vivir como hombre. Santa Teresa tuvo que defender
la humanidad de Cristo como camino, también en las
etapas más sublimes de la mística, del ascenso
de las almas hasta Dios. Esto significa que, en la visibilidad
de Jesús, encontramos lo invisible del Padre, y en
el Evangelio de Jesús hallamos la voluntad de Dios9.
Siguiendo a Jesús, revelador del rostro del Padre,
entramos en el reino de Dios.
Esta concreción de la salvación es bueno recordarla
a la hora de valorar los tiempos, los lugares, los signos
,
en los que Dios se acerca a los hombres. Adorar al Padre
en espíritu y en verdad no significa evaporar la
expresión sensible de esta relación.
La existencia del hombre como peregrino hacia la patria
se significa y nutre, se simboliza en las peregrinaciones
a los Santos Lugares: los del nacer, vivir y morir de Jesús,
los sepulcros de sus Apóstoles, los santuarios de
la Virgen, los trofeos de los mártires, los recuerdos
de los santos. No fijan la trascendencia de Dios, sino que
libremente en ellos encarna Dios su gracia y su misericordia.
San Gregorio de Nisa habla de Belén, del Gólgota,
de la Anástasis, del Monte de los Olivos como de
las marcas de la gran filantropía de Dios hacia nosotros,
y Egeria, nuestra famosa peregrina del siglo IV, escribe
que, sobre el Monte Sinaí, «descendió
la majestad de Dios»10.
Una religión en espíritu y verdad incluye
también una relación sobria, sencilla y honda
con las huellas más relevantes de Dios en nuestra
Historia. La celebración de los misterios del Señor
en la liturgia no la excluye, ya que así se proclaman
también las maravillas de Cristo en sus servidores11.
Es muy coherente con la ley de la encarnación, con
la naturaleza simbólica del hombre y con el carácter
social del cristianismo, el que, en determinados lugares
y en determinados tiempos, la devoción, la fe, la
penitencia hallen expresiones en tales peregrinaciones.
La fe popularmente vivida requiere manifestaciones populares.
Una religión purificada no es una religión
esterilizada y sin vida; la Iglesia no es un conventículo
de selectos, sino un pueblo de pobres y de fieles
«Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la
entrada y espacioso el camino que llevan a la perdición,
y son muchos los que entran por ella; mas ¡qué
estrecha es la entrada y qué angosto el camino que
lleva a la vida!; y pocos son los que lo encuentran»
(Mt 7, 13-14). En el texto evangélico citado, las
dos imágenes puerta y camino se refuerzan
mutuamente; se entra en un camino y, al entrar, se atraviesa
una puerta. Adonde conduce el camino y adonde se accede
es al reino de Dios, a la vida. Jesús pide una disponibilidad
incondicional y sin reservas. Mt 7, 13-14 es una llamada
a ponerse en el camino de Jesús, a hacerse sus discípulos.
El discipulado es, de esta forma, el camino, ciertamente
abnegado, porque cada día hay que cargar con la cruz
detrás de Jesús, pero es la puerta que abre
a la vida. En Cristo se encuentra el acceso al reino de
Dios; nos es dado como un don el poder ser discípulos,
don que comporta fidelidad y gozo, cruz y resurrección,
esfuerzo y gracia.
4.
La Iglesia: camino y peregrinación
Por la puerta, que es Jesús, y a través
de su seguimiento se entra en su compañía.
Participar en su vida y en su destino es el don y la suerte
de sus seguidores. La Iglesia, que es la comunidad de sus
discípulos y el grupo que recibió el Espíritu
Santo, es llamada también Camino en los Hechos de
los Apóstoles (cf. Hech 9, 2; 18, 25.26; 19, 9.23;
22, 4; 24, 14.22). El Camino es aquí el movimiento
cristiano dentro del judaísmo. Es la forma de vivir
que tomaba cuerpo en la comunidad cristiana. El grupo cristiano
sería equivalente a Iglesia de Dios (Gál 1,
2) convocada por Jesús, en su vida, muerte y resurrección.
La Iglesia es Camino y pueblo de Dios en marcha hacia la
salvación. Los redimidos por Jesús somos miembros
de un pueblo que tiene la experiencia de un destierro, que
marchamos hacia una patria. Por este motivo somos una parroquia,
es decir una comunidad que vive fuera de su casa definitiva
(cf. Hch 7, 6.29; 13, 17; Lc 24, 19; 1 Pe 1, 1-2, 11; 1,
17; 2, 11; Ef 2,19; Heb 11, 9; Sant 1, 1). La Iglesia es
una fraternidad de caminantes, una especie de ordo peregrinorum
(cf. Sant 1, 1). La búsqueda de la ciudad celeste
es parte integrante de la conciencia primitiva cristiana.
La Iglesia, como sacramento de salvación, debe ser
fermento en la marcha de la Historia12; esto supone ser
compañera de camino, pero también mostrar
y testificar que Jesús es el único Camino
y, en consecuencia, denunciar los falsos caminos que a veces
emprenden y recorren los hombres. Así debe preparar
el camino del Señor en cada generación (cf.
Mc 1, 3).
Al ser la Iglesia una comunidad de éxodo y una caravana
de peregrinos que suspiran por la casa y por la patria,
debe desembarazarse de todo lastre, de todo pecado. En los
cristianos debe primar el ser sobre el tener, la libertad
y la abnegación sobre el consumismo, la comodidad
y la absorción en las cosas. Un peregrino es siempre
un hombre ligero de equipaje, que avanza sin detenerse,
que soporta el hambre, la sed, la fatiga, los peligros...,
que hace penitencia porque la meta le atrae poderosamente.
La Iglesia es el pueblo peregrinante de Dios. En la trasferencia
de la expresión pueblo de Dios a la comunidad cristiana
se incluye también la nota de peregrinación.
El Concilio Vaticano II ha escrito bellamente: «Caminando,
pues, la Iglesia en medio de tentaciones y tribulaciones,
se ve confortada con el poder de la gracia de Dios, que
le ha sido prometido para que no desfallezca de la fidelidad
perfecta por la debilidad de la carne, antes, al contrario,
persevere como digna esposa de su Señor y, bajo la
acción del Espíritu Santo, no cese de renovarse
hasta que por la cruz llegue a aquella luz que no conoce
ocaso»13.
En el camino de Emaús acompañó Jesús
a los dos discípulos que bajaban desalentados (cf.
Lc 24, 13ss.) Habían esperado que Jesús fuera
el libertador de Israel, pero
La conversación
con el caminante misterioso, poco a poco, enardece el corazón;
y al sentarse juntos a la mesa y en el momento de partir
el pan se les abrieron los ojos y lo reconocieron. La Eucaristía
es la celebración central de la Iglesia. Aquí
halla posada y hospitalidad; descubre la presencia del Señor
en medio de ella. Es este alimento esca viatorum y panis
angelorum; repara las fuerzas y anticipa la mesa del cielo.
«Vuestros padres comieron el maná en el desierto
y murieron; éste es el pan que baja del cielo, para
que quien lo coma no muera. Yo soy el pan vivo, bajado del
cielo» (Jn 6, 49-51).
El Camino de Santiago es como una gigantesca parábola
de Dios como meta, de Jesucristo como acceso, de la Iglesia
como caravana y posada, de la mesa del Señor como
pan del cielo, que es el verdadero pan para el hombre caminante.
En la peregrinación de la Iglesia nos ha precedido
Santa María. La Santísima Virgen avanzó
también en la peregrinación de la fe14. Una
clave para comprender el puesto de la Virgen es la fe. Ella
acogió la Palabra de Dios, la retuvo fielmente y
junto a la cruz se mantuvo en pie. En la vida de María
la fe en Dios ha sido la fuerza que fue integrando los diversos
momentos de su existencia. Por esto es María modelo
y madre de los creyentes.
5. Las raíces apostólicas
En el origen, en la constitución y en la realización
de la misión de la Iglesia como pueblo peregrinante
de Dios, juegan un papel vertebrador indispensable los Apóstoles
reunidos en torno a Pedro, y sus sucesores reunidos en torno
al Sucesor de Pedro, el Romano Pontífice. No hay
otro camino para transitar por las vías del Evangelio
que el abierto por el testimonio apostólico.
El Camino de Santiago es un recorrido de fe, de penitencia
y de oración a la tumba de un Apóstol. Aquí
reside su especificidad junto a la peregrinación
a San Pedro en Roma. Peregrinar a la tumba de Santiago es
peregrinar a las raíces apostólicas de nuestra
fe. Es revivir la tradición recibida a través
de los Apóstoles de Nuestro Señor Jesucristo.
Es asumir como tarea necesaria y urgente una nueva y más
profunda evangelización en nuestro tiempo y en nuestra
sociedad. Es refrescar las raíces de la fe, que en
muchos, por la intemperie, han perdido humus y calor. La
peregrinación a Santiago se une, de esta forma, con
la misión, con el apostolado y con el principio de
comunión eclesial, cuyo vértice es Pedro.
Santiago de Compostela y Finisterre forman unidad a la luz
de la difusión del Evangelio. Hasta los confines
del orbe se extendió el pregón de los enviados
para que todos los hombres puedan poner en Dios su esperanza
(cf. Rom 10, 18; 15, 12). Visitar la tumba de Santiago es
recordar la destinación universal del Evangelio,
la evangelización de América. Por esto, Santiago
nos proyecta fuera de nuestras fronteras hacia la misión;
nos adentra en los caminos de la paz, nos lanza al futuro
del tercer milenio, nos impulsa a la solidaridad con todos
los mundos, rompe la falsa seguridad del numerus clausus
de hombres a participar en los bienes de la tierra como
comensales.
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