En los ochenta años de José María Javierre
Sandalias de esperanza
José María Javierre, sacerdote operario diocesano, periodista y escritor de numerosos libros y biografías de santos, acaba de cumplir ochenta años. Crítico, en sus años mozos, con algunas actitudes de una parte del clero, hoy asiste divertido al éxito editorial de cada libro que publica, así como al reconocimiento que hace de él la Santa Madre Iglesia: el arzobispo de Sevilla lo nombró, hace poco menos de un año, canónigo de la catedral hispalense. «Con lo que me reído yo de los canónigos», bromea. «A ver cómo se lo explico a mis amigos intelectuales...»

En 1958, José María Javierre respondió a una encuesta dirigida por Jorge Sans Vila para la revista Seminario, y que luego publicó la editorial Sígueme. Las preguntas eran: ¿Cómo ve usted al sacerdote?; y ¿Qué espera de él? Entresacamos unas líneas:
«Los sacerdotes son hombres de necesidades mínimas, fácilmente se acoplan a las circunstancias y montan sobre una base económica elemental su pequeño tinglado de comodidades, que les presentan cara al pueblo como burgueses refinados, poco amigos de que se les moleste con miserias no encasilladas en la campaña caritativa de la Navidad, fáciles a la explosión del mal genio (¿cuál será, Señor, el porcentaje de curas enfermos de hígado?) Habría que preguntar a la muchedumbre de la buena gente cómo quiere el sacerdote. Contestarían siempre que santo..., y cercano.
En España tuvimos un viejecito –le llamábamos don Pío– impertinente y cerril, que nos ha dicho los insultos, las picardías más insignes con que apalear a los clérigos. Simpático don Pío, quizá nunca supo cómo nos divertían sus andanadas. Si supierais... Tenemos fondo para mayor castigo, porque hemos sido admitidos a la misma nube, hemos apoyado nuestros codos en la mesa de Dios, fuimos llamados, tocados, arrebatados hasta el arca donde se guardan las riquezas, nuestros oídos escucharon la palabra secreta, tocaron nuestras manos el pan y la sangre..., y todavía contamos hasta cien y andamos vacilantes discutiendo si tenemos derecho a mejor estipendio, a trapas de color, a saludos, a honores..., a ajos y cebollas».


Hoy, un cuarto de siglo después, tras su nombramiento como canónigo de la catedral de Sevilla por el arzobispo de la diócesis hispalense, comentaba así al Diario de Sevilla:
«Con lo que me reído yo de los canónigos, con lo que he escrito de ellos... En mis tiempos de curita joven, iban a merendar con las marquesas y eran muy distinguidos. Ahora ya es otra cosa, y son una gente estupenda. Aunque yo no me veo vestido de colorado, la verdad es que no».
José María Javierre tiene una larga y fecunda trayectoria a sus espaldas. Sacerdote desde 1947, ha trabajado en los diarios YA y El Correo, así como en TVE y Canal Sur TV. Ha sido corresponsal en Roma y en el Vaticano, y colaborador en numerosas revistas. Sus biografías de santos y Papas han tenido un gran éxito editorial, y lo
sitúan entre los autores de literatura religiosa más vendida en España. «Con mis libros –dice–, quisiera transmitir a mis lectores que esta caravana que somos sobre la tierra, a pesar de tantos pesares, calza sandalias de esperanza. En la cima de la colina nos aguarda el abrazo del Padre cariñoso. Todo acabará bien, muy bien, todo».
Si el paso de los años permite al hombre conocerse más y mejor, la larga experiencia de Javierre le hace hablar con reconocida madurez. Así se dirigía hace poco a la revista Paraula: «Hoy, más que jubilarme, estoy viejito. Pero los amigos no me dejan morirme... Los santos que he biografiado van a plantearme una cuestión: Has estudiado tantos ejemplos excelentes, ¿y de qué te sirvió, si no supiste imitarlos? Si tuviese que escribir hoy mi propia vida, sería un auténtico desastre. El miserere...»
En esa misma encuesta de 1958, Javierre intentaba penetrar, con humildad, en el misterio de la llamada al sacerdocio: «Nosotros, asustados, cazados por Dios, capturados, caídos en el pozo del misterio; y, al mismo tiempo, contemplados, señalados por los hombres, odiados y amados, acuciados, objeto de esperanza y de escándalo, de pasión y de amor para los que solemos llamar hermanos, y a veces amigos, con voz temblona, dudosa. Alegres por definición y por asombro, tristes como nadie, esperanzados y aturdidos, decaídos, rotos, cimiento firme, arena intranquila... Sí, querednos un poco y tenednos compasión».

Juan Luis Vázquez