Juan
Pablo II beatificó este domingo a Carlos
de Austria y a Anna Katharina Emmerick, junto a
otros tres nuevos Beatos, presentándolos
como modelo a la Iglesia y al mundo, en vísperas
de la inauguración del Año Eucarístico

Los
nuevos cinco Beatos, en la fachada de la Basílica
Vaticana
¿Qué
tienen en común el último emperador
de Austria y una monja alemana ridiculizada en ambientes
intelectuales por sus visiones místicas?
Aparentemente, nada. Desde el punto de vista de
la fe, todo. Así lo dejó patente Juan
Pablo II, este domingo, al beatificar a Carlos I
(1887-1922), emperador de Austria y Rey de Hungría,
y Anna Katharina Emmerick (1774-1824), la religiosa
que ha inspirado algunas de las escenas de La
Pasión, de Mel Gibson.
Con ellos el Santo Padre proclamó a otros
tres Beatos, de personalidades y orígenes
también muy diferentes: los franceses Pierre
Vigne (1670-1740), fundador de la Congregación
de las Religiosas del Santísimo Sacramento;
Joseph-Marie Cassant (1878-1903), monje trapense
que murió nada más ser ordenado sacerdote;
y la italiana María Ludovica De Angelis (1880-1962),
religiosa de la Congregación de la Hijas
de Nuestra Señora de la Misericordia, que
desempeñó su actividad misionera en
Argentina, donde murió ya con fama de santidad.
En la beatificación estaban presentes, entre
los treinta mil peregrinos congregados en la Plaza
de San Pedro, desde representantes de toda la nobleza
mundial (incluida la dinastía que hoy vive
en Taiwán), hasta monjes trapenses o religiosas
agustinas que han hecho de la pobreza su estilo
de vida.
En la homilía, el Santo Padre recordó
el perfil de Carlos de Austria explicando que «el
deber decisivo del cristiano está en buscar
en todo la voluntad de Dios, en conocerla y ponerla
por obra. Este desafío diario fue afrontado
por el hombre de Estado y cristiano Carlos, de la
casa de Austria».
«Fue un amigo de la paz -explicó
el Santo Padre-. A sus ojos la guerra era algo
horrible. Ascendido al trono en medio de la
tempestad de la primera guerra mundial, intentó
retomar la iniciativa de paz de mi predecesor Benedicto
XV. Desde el principio, el emperador Carlos entendió
su tarea de soberano como un santo servicio a las
gentes. Su primera necesidad era seguir la llamada
de los cristianos a la santidad en su conducta política.
Por esto consideraba importante la idea del amor
social».
Al presentar a la Iglesia y al mundo la figura de
la Beata Anna Katharina Emmerick, el Santo Padre
subrayó que «experimentó en
su propia piel la amarga Pasión de Nuestro
Señor Jesucristo», citando el título
del libro en el que se recogen sus visiones místicas.
«El hecho de que de hija de pobres campesinos,
que insistentemente buscaba la cercanía de
Dios, se convirtiera en la famosa mística
de Münster -añadió-
es una obra de la Gracia divina. A su pobreza material
se contrapone su rica vida interior. Igual que la
paciencia para soportar sus debilidades físicas,
impresiona la fuerza del carácter de la nueva
Beata y su firmeza en la fe».
Los cinco nuevos Beatos tuvieron una pasión
común, que el Papa subrayó de diferentes
maneras: la Eucaristía, el sacramento en
el que para los creyentes Cristo se encuentra realmente
presente. La Eucaristía fue el sentido de
la vida de Pierre Vigne: «¡Que su ejemplo
dé a los fieles el deseo de sacar del amor
a la Eucaristía y de la adoración
al Santísimo Sacramento la audacia por la
misión!», afirmó el Papa, quien
el 17 de octubre inaugurará el excepcional
Año de la Eucaristía que ha convocado.
Joseph-Marie Cassant -evocó el obispo
de Roma- «puso siempre su confianza en
Dios, en la contemplación del misterio de
la Pasión y en la unión con Cristo
presente en la Eucaristía. De este modo,
se impregnaba del amor de Dios, abandonándose
a Él, «única felicidad en la
tierra», y desapegándose de los bienes
del mundo en el silencio de la Trapa». El
Papa reveló también el secreto de
la italo-argentina María Ludovica De Angelis,
explicando que, «en todo, estuvo sostenida
por la oración, haciendo de su vida una comunicación
continua con el Señor».
Los cinco Beatos dejan una lección -indicó
el Santo Padre-: «Frente al paso del
tiempo y a las continuas alteraciones de la Historia,
la revelación que Dios nos ha ofrecido en
Cristo permanece estable para siempre y abre sobre
nuestro camino terrenal un horizonte de eternidad».
Jesús Colina. Roma