Balmes contra Rousseau

¿Con qué derecho –se pregunta Balmes– puede prohibirse a un hombre que profese una doctrina y que obre conforme a ella, si él está convencido de que aquella doctrina es verdadera, y que cumple con su obligación o ejerce un derecho cuando obra conforme a lo que la misma le prescribe?
En efecto, la prohibición ha de llevar la sanción de la pena, y cuando se aplique a esa pena, se castigará a un ser humano que en su conciencia es inocente. La justicia supone el culpable, y nadie es culpable si primero no lo es en el tribunal de su propia conciencia. Ante este planteamiento, Balmes objeta lo siguiente:
Por de pronto, salta a la vista que la admisión de este sistema haría imposible todo castigo de los crímenes políticos. La impunidad de los crímenes políticos traería consigo la subversión del orden social, porque haría imposible todo gobierno. No serían únicamente los crímenes políticos los que quedarían impunes, sino también los delitos comunes. Si injusto fuese el castigo que se impone cuando el criminal obra conforme a su conciencia, libres serían de cometer todos los crímenes que se le antojasen a cualquiera, ya sea en aras del interés privado o público, porque destruyendo, como destruyen, la base de toda moralidad, no obrarían jamás contra su conciencia, pues no tienen ninguna.
¿Con qué derecho, pues, castigamos a un hombre que no puede reconocerse culpable a sus ojos? Hay leyes positivas en cuya fuerza nos basamos para castigarle, pero esas leyes ninguna fuerza tienen en su conciencia, que no se siente culpable. Además, todos somos iguales y piensa que nadie puede habernos dado el derecho de coartar su libertad. ¿Acaso únicamente lo podemos hacer por ser más fuertes que él? Ante un determinista, ¿por qué le castigaríamos, si él cree que la libertad es quimérica? Ante una persona persuadida de que la moral es una mentira hipócrita, ¿por qué le castigaríamos si cree que todo son intereses?, ¿es que aduciríamos que el delincuente ha errado en el cálculo de los mismos?
Balmes afirma que hay errores de entendimiento que son culpables. Y uno de esos errores versa sobre las principales verdades religiosas y morales. A pesar de ello, mucha gente piensa hoy día que la libertad de pensar no tiene más traba que el gusto personal de cada uno. De ahí se ha pasado a sostener que no hay opiniones ni errores culpables, y que el ser humano no tiene la obligación de examinar y cotejar con la realidad las causas que le apartan de la verdad. Al fin se llega a la persuasión de que la libertad física del entendimiento se identifica con la libertad moral, desterrando las ideas de licitud e ilicitud y confundiendo el hecho con el derecho, acabando por declarar incompetentes a todas las leyes, tanto divinas como humanas.
¿Es posible que la conciencia, lo más alto que hay en el hombre, no esté sujeto a ninguna regla?; ¿por qué no dejamos hacer a los hombres lo que quieran, incluso si quieren destruir el orden social existente?
Balmes se pregunta por las causas de la decadencia de las sociedades y, según su parecer, se reducen a la burla que se hace a la religión, al rechazo de la espiritualidad e inmortalidad del ser humano, a la negación de la existencia de Dios. ¿Qué se hace después de relativizar, e incluso rechazar, la moralidad y la religión? ¡Levantar los sepulcros de Voltaire y de Rousseau!
Balmes ve que el principio de tolerancia absoluto no puede sostenerse, y es impracticable en el terreno de los hechos, como en la teoría. ¿No es cierto que los católicos son intolerantes? Rousseau no distingue entre la intolerancia religiosa y la civil; Balmes, sí. En efecto, la intolerancia religiosa consiste en aquella convicción que tiene todo católico de que la única religión verdadera es la que profesa; la intolerancia civil consiste en no admitir en la sociedad otras religiones distintas a la católica. Las dos intolerancias se distinguen así: la religiosa es un acto del entendimiento, inseparable de la fe (quien cree firmemente que su religión es la verdadera, necesariamente ha de estar convencido de que ella es la única que lo es, puesto que la verdad es una); la intolerancia civil es un acto de la voluntad, que rechaza a los hombres que no profesan la misma religión.


Tolerancia y relativismo

Visto al revés, la tolerancia religiosa es la creencia de que todas las religiones son verdaderas, es decir, que no hay ninguna que lo sea, pues no puede ser que afirmaciones contradictorias sean verdaderas al mismo tiempo; la tolerancia civil es el consentir que vivan en paz los hombres que tienen religiones distintas.
Rousseau, en El Contrato social, no distingue las dos intolerancias. Uno se pregunta –escribe Balmes– si Rousseau era tolerante. Su respuesta es negativa. Para Rousseau, el solo hecho de ser católico ya implica la necesidad de ser civilmente intolerante. Curiosamente, él no declara impío al que mienta ante las leyes, sino insociable, no fuera que se le acusara de lo mismo que él acusa al catolicismo. De todos modos se declara partidario de la pena de muerte para todo aquel que ose ir contra las leyes.
Nadie –dice Balmes– ha soñado jamás que los católicos justos no puedan tolerar a personas de otras confesiones y que se consideren obligados a odiarlos. El mismo Rousseau, paradójicamente, propugna una sociedad intolerante respecto a los que se aparten de la religión que el poder civil haya determinado (sentimientos de sociabilidad): rechaza la autoridad de la Iglesia y se la concede al poder civil. Afirma la tolerancia para todos..., excepto para con los católicos.
En el catolicismo, Rousseau sólo ve una religión puramente espiritual, ocupada en las cosas de cielo y despreocupada de las del mundo. La resignación, la servidumbre, definen al cristiano. Están hechos para ser esclavos, ya que esa corta vida tiene poco valor a sus ojos. ¿Comprendió Rousseau el catolicismo? En verdad, el creyente ni se sumerge en el mundo, ni se desprende de él: lo eleva. Cumple la prueba de la vida, y se abre al cumplimiento que él mismo no puede darse.


Narciso Juanola Soler
Doctor en Filosofía