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De
la caridad, a la ética civil
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Desde
hace algunos años, han surgido por doquier multitud
de asociaciones de voluntarios y organizaciones no gubernamentales
de ayuda al desarrollo -existen más de 11.000
sólo en España-, que tratan de cubrir las
necesidades que la sociedad de consumo genera en su apabullante
avance hacia el horizonte -¿real?, ¿utópico?-
del Estado del bienestar. Dentro del ser humano ha surgido
siempre la compasión hacia el semejante que sufre,
pero nunca como hoy la ayuda al necesitado -dentro y
fuera de las fronteras nacionales- ha aparecido como
una forma de deber cívico, hasta el punto de que al
voluntariado se le ha llegado a llamar religión
civil. Todo ello pide un discernimiento sobre qué
hay de moda y qué de auténticamente solidario
y sincero en este fenómeno
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Hace
algunos años, una impactante campaña
de publicidad en la prensa nacional, encargada por
una ONG, mostraba una foto a toda página de
distintos personajes de la vida pública y cultural
de España, junto con la frase: «Este
hombre es un egoísta». Luego, en letra
más pequeña, se aclaraba que su egoísmo
se debía a que encontraba satisfacción
en ayudar al prójimo a través de una
ONG, dando su tiempo y su dinero en beneficio de los
demás. Es así, en realidad; la actividad
como voluntario no beneficia sólo a los que
la reciben, sino que permite a las personas expresarse
y salir de sí mismas. Incluso muchos terapeutas
recomiendan a sus pacientes algún tipo de colaboración
en este sentido, como medio de obtener una tregua
en medio de sus problemas.
Don Luis Rojas Marcos, psiquiatra y Presidente de
la Corporación Sanitaria y Hospitalaria de
Nueva York, afirmaba, en una entrevista a La Razón,
que «la sociedad es cada vez mejor y más
ética. A medida que se alarga la vida, y a
medida que tenemos más tiempo libre, el voluntariado
es más frecuente, y es una fuente de satisfacción.
El voluntariado es muy sano para quien lo practica,
y además ayuda. Porque quien lo hace se siente
útil, además de la satisfacción
que da el ayudar a otra persona. Algo que aprendí
el 11-S -y que también ocurrió
el 11-M y con el Prestige- es que el voluntario
de hoy no se conforma, exige. En Nueva York, miles
de personas no se querían ir de los hospitales,
exigían ayudar. Las autoridades no estábamos
preparadas para encauzar tanta generosidad; y se creó
un grupo de gente crispada que quería ayudar
y no podía. Eso tuvo un impacto negativo en
los líderes. Después de eso, cualquier
programa de emergencias tiene ya un capítulo
sobre cómo encauzar a los voluntarios».
En este mismo sentido se manifiesta un estudio del
doctor Marc Musick, de la Universidad de Michigan,
dado a conocer por Diario Médico.
La investigación sobre formas de vida y tasas
de mortalidad de casi 9.000 norteamericanos mayores
de 60 años de edad determinó que existe
una relación entre el ejercicio del voluntariado
y el estado de salud. Entre los individuos cuyos hábitos
fueron estudiados, un 35 por ciento había ejercido
alguna actividad como voluntario durante el año
anterior. Según el doctor Musick, «aquellas
personas que, en términos de salud y actividad
física, mostraban mejores niveles eran los
que habían realizado más trabajos de
voluntariado». Asimismo, los autores del estudio
señalan que «los mayores efectos se dan
entre los voluntarios que desarrollan actividades
poco intensas, dedicándoles menos de 40 horas
al año y trabajando para una sola organización».
El poeta Ralf Waldo Emerson escribía: «Una
de las cosas más bellas de la vida es que nadie
puede intentar ayudar sinceramente a los demás
sin ayudarse a sí mismo».
| UCAM:
Proyecto Conoce otros pueblos |
La
Universidad Católica San Antonio,
de Murcia, ha puesto en marcha -en el marco
de las IV Jornadas de caridad y voluntariado,
y por segundo año consecutivo- el
proyecto Conoce otros pueblos, en colaboración
con la Consejería de Cultura de la Comunidad
Autónoma de Murcia, diferentes centros
de enseñanza de la región y diversas
Embajadas presentes en España. La positiva
experiencia del curso anterior, con la participación
de 92 Embajadas, 45 centros educativos y 42 aulas
universitarias, ha servido de impulso para poner
en marcha una nueva edición.
Los objetivos del Proyecto son: promover el conocimiento
de otros; fomentar el intercambio cultural y lingüístico;
y alentar unas relaciones de amistad pacíficas.
En el proyecto, los escolares de la región
de Murcia conocen otros países: sus gentes,
tradiciones, culturas, así como otros elementos
de interés. Cada centro que quiere participar
en el programa entra en un sorteo con las Embajadas
que también desean participar; así,
se hermanan un centro educativo y un país.
Durante este tiempo, el centro lleva a cabo un
estudio del país que le ha correspondido.
Realiza en esta fase diversas actividades encaminadas
a dar a conocer el país: exposiciones,
presentaciones, trabajos, conferencias, etc. Cada
centro educativo prepara durante estos días
una bandera que se irá llenando con la
palabra Paz, en todos los idiomas posibles.
Al mismo tiempo, se encendió en la ciudad
italiana de Asís una llama de la paz que
recorrió diversas ciudades europeas hasta
llegar el día 5 de marzo a la UCAM. |
Caridad, fraternidad
y solidaridad
Ya el Código de Hammurabi, 2.000
años antes de Cristo, ordenaba a los habitantes
de Babilonia ayudar a las viudas, huérfanos
y pobres. También en Egipto se dio esta costumbre.
Y en el pueblo de Israel se instituyó la devolución,
cada cincuenta años, de las tierras a sus dueños
originarios, para que ninguna familia resultase empobrecida
por una poco afortunada transacción comercial,
o por las malas cosechas; además de ello, también
se ordenaba no pasar dos veces al hacer la recolección,
para que los pobres tuvieran algo que llevarse a la
boca. Con la llegada del cristianismo se extendió
aún más la importancia de la asistencia
a los más necesitados; además de lo
que cada particular pudiera hacer en este sentido,
con el tiempo surgieron Órdenes religiosas
formadas por personas consagradas a labores de este
tipo. ¿Cómo no recordar todo el bien
que dieron, por ejemplo, los Mercedarios, que se ofrecían
a sí mismos para ocupar el lugar de presos
y esclavos, a cambio de su liberación; o la
labor educativa de san Juan Bosco y sus seguidores
entre los niños más desfavorecidos de
todo el mundo? Hoy en día, quedan como un faro
en el camino las huellas de los misioneros que, en
las zonas más conflictivas del mundo, permanecen
al lado de aquellos a quienes han entregado su vida,
aun cuando todos los trabajadores y voluntarios de
las ONG´s, ante un peligro próximo, abandonan
el lugar alegando -sin duda, con razón-
que pueden hacer mucho más por los pobres si
conservan la vida.
Hoy, son muchas las Órdenes religiosas que
tienen proyectos de formación de laicos en
voluntariado, destinados a acompañar la labor
de los misioneros en distintas partes del mundo. Sin
embargo, desde hace algún tiempo, se ha venido
empobreciendo el ideal de caridad cristiana, de modo
que se identifica con el mero obrar a favor de los
otros, en lo que se ha dado en llamar espiritualidad
horizontal. Esto supondría reducir la vida
cristiana a la mera obligación de cumplir un
deber moral, dejando de lado su mismo origen: el encuentro
con Jesucristo.
Monseñor Javier Martínez, arzobispo
de Granada, en un comentario al evangelio de las Bienaventuranzas
publicado en estas mismas páginas -y titulado
Kant, disfrazado de cristiano-, escribía:
«Siempre me he rebelado contra quienes ven en
las Bienaventuranzas ante todo un código moral,
y que luego, además, hacen consistir ese código
en una serie de exigencias. La reducción moralista
de las Bienaventuranzas refleja e induce un empobrecimiento
mucho más grande del Evangelio mismo, del cristianismo.
Evangelio significa buena noticia, y ahora resulta
que se trata fundamentalmente de exigencias y de compromisos
que hay que hacer. Eso es Kant mal disfrazado de cristiano,
pero, por desgracia para la Iglesia y para el mundo,
ésa es la ideología que ha sustituido
a la fe. Las Bienaventuranzas son, antes que nada,
un grito: en medio de las miserias de este mundo,
aquí hay algo nuevo, que suscita esa dicha
que el hombre no puede darse a sí mismo. Ese
algo nuevo es Jesucristo, y el primer fruto de su
venida es la dicha para los que lloran. El bien y
la dicha vienen primero, y sólo después,
y sólo en función de ellos, la renuncia.
El campo sólo se vende para comprar el tesoro
que hay en él».
La originalidad del encuentro con Dios, a través
de Jesucristo, se ha visto reemplazada por la exigencia
del comprometerse, y este moralismo ha penetrado
con fuerza en la conciencia de muchos cristianos.
Sólo basta comprobar cómo tantas homilías,
y a veces hasta en la misma Misa del Gallo, pasan
enseguida del acontecimiento de la presencia de Dios
entre nosotros, para perderse en reflexiones sobre
el compromiso y una invitación a ser solidarios.
Todo ello, junto con sus causas más hondas
que se remontan más atrás, tiene su
momento de expansión en el éxito de
los postulados de la Revolución Francesa, cuyos
artífices pretendieron sustituir el Credo católico
por el lema -curiosamente, ¿de dónde
lo sacaron, sino del cristianismo?- Libertad,
igualdad, fraternidad, que pervive hasta hoy como
paradigma del progreso de la civilización occidental.
Una vez quitado Dios -en la catedral de Notre
Dame decapitaron las cabezas de las imágenes
de los santos y colocaron una estatua a la diosa
razón-, sólo queda el hombre
solo..., es decir, sin la esencia de sí mismo.
Y una vez la libertad se ve amenazada por el deber
y la exigencia moral, sólo queda la solidaridad
por la fuerza. Históricamente, este último
fenómeno se llevó al extremo a gran
escala en la revolución de Octubre y el comunismo.
En este sistema, la colectivización de la economía
pasó por encima de la libertad personal.
Sin llegar a este extremo, hoy se vive la solidaridad
como un valor absoluto, y la tan traída y llevada
educación en valores pretende imbuir
en los niños un espíritu de solidaridad.
Este clima social ha afectado también a la
labor de una institución históricamente
tan definida como el Ejército. Don José
María Grande Urquijo, Coronel Jefe de la Agrupación
Española en Bosnia, declaraba a La Razón:
«La sociedad española tiene una imagen
de las Fuerzas Armadas de que somos una ONG que vamos
haciendo misiones humanitarias por ahí. Efectivamente,
vamos haciéndolas, pero las Fuerzas Armadas
no se han inventado para eso. Nuestra misión
es otra. En Iraq, en Bosnia, en Afganistán,
lo primero que tenemos que hacer es imponer la paz,
y eso lo hacen Fuerzas Armadas. Una vez impuesta la
paz, ya se pueden hacer misiones humanitarias, pero
si no hay paz, las misiones humanitarias no se pueden
hacer».
Religión
civil, ética social
Junto al fenómeno de la fraternidad,
hemos heredado en nuestros días otro término
también nacido de la Revolución Francesa:
ciudadano. Parece que el fin de la educación
hoy sea el conseguir hacer de los hijos buenos ciudadanos.
Todo ello lleva asociado el concepto de religión
civil. Lo explica el sociólogo don Salvador
Giner, en una entrevista a la revista Teína:
«Desde el siglo XX ha habido una transformación
de lo religioso. Han aparecido religiones mundanas,
civiles. La trascendencia se define de muchas maneras,
y si no se cree en lo sobrenatural, entonces la trascendencia
es mundana, como en el caso del nacionalismo exacerbado,
que es una religión política.
La religión civil atribuye a la sociedad una
cualidad sagrada; cuando hay un culto a la sociedad,
hay una religión civil. Hay religiones tenues,
ligeras, livianas, que se sustentan en la virtud pública,
la solidaridad, la fraternidad entre los hombres;
y otras religiones civiles que pueden llegar
hasta el fascismo o nazismo. La intensidad del sentimiento
de religiosidad civil varía: puede ser muy
suave o no, puede confundirse con el nacionalismo,
o puede convertirse en una suerte de piedad pública
mínima que fomenta la convivencia y los buenos
modales».
A continuación, el profesor Giner alude al
contexto histórico en el que nace la religión
civil: «La noción de religión
civil viene ya desde Rousseau; se dio cuenta de que,
si no compartimos creencias públicas -no
contractuales, sino de dogmas, algo sagrado que nos
una-, no podemos convivir. El lugar que ocupa
la religión civil es de contraste: está
ahí delante de lo que está proponiendo
la sociedad contemporánea con la lucha individualista
y egoísta de cada uno por sus intereses. Pide
unos mínimos de solidaridad y fraternidad,
esto es, esencialmente, el ejercicio del altruismo.
La religión civil propone una sociedad fraterna
en la cual el altruismo sea el cemento de la vida
social. Hay que ver la cantidad de movimientos cívicos
de solidaridad, la indignación moral que causa
la explotación de lo que antes se llamaba el
tercer mundo, la preocupación por la mortandad
infantil; una especie de indignación moral
que sentimos todos ante la injusticia del universo.
Lo malo es que hemos construido esta sociedad absurda,
dedicada a la prosperidad, pero que no es próspera;
a la libertad, pero que no es libre; a la solidaridad,
pero que no es solidaria. Hay una tensión entre
lo que hemos proclamado como virtudes públicas
y lo que ocurre en la práctica».
| Gracias
a los voluntarios |
Quiero
hablar desde mi más humilde persona. Soy
-se puede decir- un desgraciado de la
vida. Tuve la desgracia de conocer la droga y
engancharme a los 17 años, pinchándome
cocaína y heroína. Llevo toda la
vida en instituciones correccionales y penitenciarias,
y conozco a muchos voluntarios cristianos, os
podéis hacer una idea. Voy a hablar en
particular de los de la prisión de Alhaurín
de la Torre. Allí, los Hermanos, aparte
de traer la palabra de Dios, desempeñan
su labor de pastoral. Además de darles
gracias por este hecho, mis gracias son por las
labores que desempeñan con personas como
yo, que no tenemos a nadie. Gracias por todo el
apoyo y el compromiso que, de forma altruista,
adquieren con los presos, uniendo familias, ayudando
a llevar a toxicómanos a centros, arreglando
temas burocráticos, ayudando económicamente
a personas que no tienen nada en la vida y que,
por circunstancias de la vida que casi siempre
son las mismas, nos encontramos en prisión.
Hoy quiero pedir al Señor por todos ellos,
y por todos los presos y sus familias. Gracias,
Señor.
Raúl Manuel Díez |
Labor necesaria
En una entrevista de A. Martín-Aragón
a Gianni Vattimo, en La Gaceta Fin de semana,
preguntado por cómo puede llegarse a una Europa
más social, el intelectual italiano responde:
«Con una Europa más cristiana. Los europeos
deben aplicar más el principio de caridad,
es decir, el amor. Si Europa olvida su cristianismo,
se quedará sin alma. Así de claro».
Es cierto que sobre las ONG´s planean muchas
sombras, pero la crisis vocacional por la que pasan
las Órdenes religiosas misioneras y la impotencia
del Estado del bienestar por llegar a cubrir todas
las necesidades, han hecho de las ONG´s una
respuesta idónea para ello; y una alternativa
más que válida para paliar los efectos
de la despersonalización y soledad de este
mundo acelerado en el que vivimos, y son una salida
al egoísmo que tanto nos hace sufrir.
Juan Luis Vázquez
| El
camino de la esperanza |
Mientras
hay camino por recorrer, todo se puede alcanzar:
la paz, la salud, la convivencia, la libertad...
Son caminos en los que se ha avanzado, se va caminando.
Tenemos, la Humanidad, mucho por hacer, y por
ello es necesario transmitir un mensaje esperanzador,
con el fin de evitar que el desencanto se instale
en los corazones, para que los donantes, los cooperantes
y la buena gente nunca puedan llegar a pensar
que su ayuda no es eficaz, que no sirve para nada,
que todo sigue igual. Justamente ahora se vislumbran
caminos de esperanza, una mejor disposición
de personas u organismos, se habla de los temas
de solidaridad, como camino para conseguir un
mundo más justo. Está en los medios
de información, en las carteras de los
Gobiernos, en la sensibilidad y el compromiso
de muchas personas de bien. Algunos avances se
van consiguiendo, aunque no sean a la velocidad
que queremos y los que sufren las penurias precisan.
Cada uno, de forma individual, podemos hacer poco,
pero unidos podemos alimentar la hoguera para
que dé más luz y calor a la esperanza.
Eso es lo positivo, mientras que lo negativo es
simplemente maldecir el frío y la oscuridad.
Actuar es lo positivo. Criticar y quejarse...
En el cuento de Las cuatro velas, la primera
de ellas decía: «Yo soy la paz, pero
las personas no consiguen mantener mi llama».
La segunda decía: «Yo soy la fe,
pero las personas no quieren saber nada de mí».
La tercera gritaba: «Yo soy el amor. Las
personas me dan de lado y se olvidan hasta de
aquellos que les aman». Las tres velas se
apagaron y sólo lucía la cuarta.
Entonces, ésta habló: «No
tengáis miedo, mientras yo tenga fuego,
podremos encender las demás velas. ¡Yo
soy la esperanza!»
¡Que la esperanza nunca nos abandone, que
su luz nunca se apague dentro de nosotros! iEs
posible la esperanza!
Luis Simón Zorita
en La solidaridad, camino hacia la justicia
(Edición personal) |

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La caridad, por William Adolphe Bourgerau



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