La
reciente Carta de la Congregación para la Doctrina
de la Fe sobre la colaboración entre el
hombre y la mujer en la Iglesia y en el mundo
comienza con un breve análisis de «algunas
corrientes de pensamiento, cuyas tesis no coinciden
a menudo con las finalidades genuinas de la promoción
de la mujer».
En los últimos cincuenta años, la sociedad
se ha esforzado por encontrar la forma de conciliar
la igualdad fundamental de los hombres y de las mujeres
con sus innegables diferencias biológicas.
En el curso de los años 60, las mujeres protestaron
contra leyes y costumbres que les reservaban un trato
discriminatorio. Los Gobiernos respondieron emanando
normas que garantizaron a las mujeres iguales derechos
legales, igual acceso a la enseñanza e iguales
oportunidades económicas, normas que las mujeres
se apresuraron a aprovechar. Aumentó el número
de las que proseguían los estudios llegando
a la enseñanza superior, así como el
número de mujeres comprometidas en actividades
profesionales y en cargos públicos electos
o designados por nombramiento.
En los años 70, el movimiento feminista, que
había animado estos cambios, fue cooptado por
los radicales, que veían en las mujeres el
prototipo de la clase oprimida, e indicaban como mecanismos
de opresión el matrimonio y la heterosexualidad
obligatoria. Esta corriente de pensamiento
tomaba de Frederick Engels su análisis de los
orígenes de la familia. En 1884, Engels había
escrito: «El primer antagonismo de clase coincide
en la Historia con el desarrollo del antagonismo entre
el hombre y la mujer en el ámbito del matrimonio
monógamo, y la primera opresión de clase
con la del sexo femenino por parte del masculino»1.
En su libro The Dialectics of Sex, escrito
en 1970, Shulamith Firestone modificó el análisis
de la lucha de clases realizado por Engels, indicando
que era necesaria una revolución de las clases
sexuales: «Para garantizar la eliminación
de las clases sexuales, es necesario que la clase
oprimida (las mujeres) se rebele y tome el control
de la función reproductiva: ... por esto el
objetivo final de la revolución feminista debe
ser distinto del objetivo del primer movimiento feminista:
no exclusivamente la eliminación del privilegio
masculino, sino de la misma distinción entre
los sexos; las diferencias genitales entre seres humanos
no tendrán ya ninguna importancia»2.
Según Firestone, «el meollo de la opresión
de las mujeres se encuentra precisamente en su rol
de gestación y de educación de los hijos»3.
Los que sostenían este análisis consideraban
el aborto libre, la contracepción, la completa
libertad sexual, el trabajo femenino y la existencia
de guarderías públicas a las que confiar
el cuidado de los niños como condiciones necesarias
para la liberación de la mujer.
En su libro The Reproduction of Mothering,
Nancy Chodorow sostenía que mientras el rol
de cuidar a los niños siguiese siendo prerrogativa
de las mujeres, los niños crecerían
viendo a la Humanidad dividida en dos clases diferentes
y desiguales y, en su opinión, esta visión
sería la causa de la aceptación de la
opresión de clase4.
Alison Jagger, en un manual realizado para los programas
de estudio sobre la cuestión femenina, expuso
los resultados auspiciados por la revolución
de las clases sexuales: «La desaparición
de la familia biológica eliminará también
la exigencia de la represión sexual. La homosexualidad
masculina, el lesbianismo y las relaciones sexuales
extraconyugales no serán ya vistas de forma
liberal como opciones alternativas..., desaparecerá
justamente la institución de la relación
sexual en la que el hombre y la mujer desarrolla
cada uno un papel bien definido. La Humanidad podría
finalmente volver a apropiarse de su sexualidad natural,
caracterizada por una perversidad polimorfa»5.
Un ataque frontal a la familia comportaba, sin embargo,
algunos riesgos. En opinión de Christine Riddiough,
«la cultura gay/lesbiana puede ser también
considerada como una fuerza subversiva capaz de desafiar
la hegemonía del concepto de familia. Sin embargo,
esta interpretación puede tomar formas que
la gente no perciba como contrapuestas de por sí
a la familia... Con el fin de que el carácter
subversivo de la cultura gay sea utilizado de forma
eficaz, debemos ser capaces de presentar modalidades
alternativas de interpretación de las relaciones
humanas»6.
¿Sexo, o
género?
El problema que se encontraron aquellos
que animaban a la revolución en relación
con la familia era la modalidad de eliminación
de las clases sexuales, pues ellas hundían
sus raíces en las diferencias biológicas
entre el hombre y la mujer. Una solución provino
de la actividad del doctor John Money, de la Johns
Hopkins University, de Baltimore (Estados Unidos).
Hasta los años 50, la palabra género
fue un término gramatical para indicar si una
palabra era masculina, femenina o neutra. El doctor
Money comenzó a usar la palabra en un contexto
nuevo, acuñando el término identidad
de género para describir la conciencia individual
de sí mismo, o sí misma, como varón
o hembra7. Según Money, la identidad de
género de una persona dependía de
cómo el niño había sido educado,
y podía resultar distinta del sexo biológico.
Money sostenía que sería posible cambiar
el sexo de una persona, y que los niños nacidos
con órganos genitales ambiguos podrían
ser modificados quirúrgicamente y asignados
a un sexo distinto del genético.
Las teorías de Money tuvieron mucho éxito,
y en 1972 presentó la que parecía la
prueba irrefutable del hecho de que la identidad de
género dependía de la educación
recibida. En su libro Man & Woman, Boy &
Girl, Money relató el caso de un gemelo
monocigótico cuyo pene había sido seriamente
dañado durante una operación de circuncisión8.
Los padres del niño se dirigieron a Money,
que les aconsejó que le castraran y que le
educaran como si fuese una niña. La existencia
del gemelo monocigótico le permitió
a Money comparar al gemelo educado como un niño
con el que había sido educado como una niña.
Money refirió que el cambio de sexo había
sido un éxito, e ilustró cómo
el niño se había adaptado perfectamente
a una identidad femenina. El caso parecía resolver
la cuestión naturaleza contra educación
a favor de la educación.
Antes incluso de que Money anunciase su famoso caso,
sus teorías habían encontrado el apoyo
de las feministas. En su libro Sexual Politics,
publicado en 1969, Kate Millet, comentando el trabajo
de Money, escribió: «...en el nacimiento
no hay ninguna diferencia entre los sexos. La personalidad
psicosexual se forma en fase postnatal y es fruto
de un aprendizaje»9.
El concepto de género como construcción
social entró a formar parte de la teoría
feminista. Susan Moller Okin, autora del libro Justice,
Gender and the Family (1989), deseaba «un
futuro carente de género. No habría
nada preestablecido en los roles masculinos y femeninos;
el embarazo se separaría tan conceptualmente
de la educación, que habría que sorprenderse
si los hombres y las mujeres no fuesen igualmente
responsables de las tareas domésticas»10.
En el curso de los años 80, el término
género se volvió omnipresente
en los programas de estudio de la cuestión
femenina. Con la introducción del concepto
de género como construcción social,
el interés del movimiento feminista se desplazó,
desde la eliminación de las políticas
discriminatorias para la mujer, a la atención
hacia todo aquello que admitía la existencia
de diferencias entre el hombre y la mujer, en particular
todo aquello que se realizaba para el apoyo de la
mujer como principal fuente de asistencia en el ámbito
doméstico. Un futuro carente de género
presuponía una sociedad que examinase meticulosamente
cada aspecto de la cultura para buscar pruebas de
la socialización de género.
Antes de 1990, los documentos publicados por la ONU
habían subrayado la eliminación de la
discriminación en relación con la mujer,
pero en torno a 1990 el género se convirtió
en un punto central de interés. Un documento
de la agencia INSTRAW, de Naciones Unidas,
titulado Gender Concepts, definía el
género como «un sistema de roles y relaciones
entre hombres y mujeres determinado, no por la biología,
sino por el contexto social, político y económico.
El sexo biológico es un dato natural; el género
es construido»11.
Sin embargo, la línea de separación
entre sexo y género seguía siendo incierta.
Muchos de los que adoptaban el término género
no tenían idea de sus raíces ideológicas.
A pesar de esto, la Conferencia de Naciones Unidas
sobre la Mujer, celebrada en Pekín en 1995,
invitó a las naciones a «adoptar una
perspectiva de género». Como recita el
texto definitivo de su Plataforma de Acción,
«en muchos países, las diferencias entre
las actividades y los resultados conseguidos por la
mujer y por el hombre no son todavía reconocidos
como consecuencia de roles de género socialmente
construidos, y sí considerados como fruto de
inmutables diferencias biológicas»12.
El problema evidenciado por esta declaración
es que algunas de las diferencias entre las actividades
desarrolladas por la mujer y las desarrolladas por
el hombre están claramente conectadas con inmutables
diferencias biológicas que la Plataforma no
tiene en cuenta. Por ejemplo, sólo las mujeres
pueden llevar un niño en su seno y amamantarlo.
Mientras un alto porcentaje de mujeres siga haciendo
de la maternidad su propia vocación principal,
decidiendo no trabajar fuera del ámbito doméstico,
dejando el trabajo por largos períodos para
hacer frente a las exigencias familiares, o eligiendo
ocupaciones con horarios o tareas compatibles con
las responsabilidades familiares, las actividades
y los resultados conseguidos por el hombre y por la
mujer serán notablemente diferentes13. La perspectiva
de género no apoyaba a las mujeres que elegían
la maternidad como vocación principal. En una
entrevista realizada por Betty Freidan en 1975, Simone
de Beauvoir resumía esta orientación.
A la pregunta de si las mujeres debían ser
libres para decidir quedarse en casa para educar a
los hijos, ella respondió: «La mujer
no debería tener esta posibilidad de elección,
justamente porque, si existiera esta opción,
muchas mujeres la elegirían»14.
No se trataba simplemente del hecho de que el género
era construido, sino de que, según tal perspectiva,
la construcción del género era efectuada
por el hombre en perjuicio de la mujer. La misma palabra
mujer era vista como una etiqueta que creaba
«un ser ficticio» y «perpetuaba
la desigualdad»15.
La unidad del ser
humano
Mientras ganaba posiciones la perspectiva
de género, su base teórica empezaba
a resquebrajarse. Un artículo del doctor Milton
Diamond, experto en el efecto prenatal de la testosterona
sobre la organización cerebral, publicado en
1997, reveló que el doctor Money no había
reflejado fielmente el resultado del caso de los gemelos16.
El doctor Diamond nunca había aceptado la teoría
del doctor Money, según la cual la socialización
podía imponerse a la identidad biológica.
Durante muchos años había intentado
de distintas maneras encontrar el rastro del gemelo
del que hablaba Money, para conocer cómo había
afrontado la adolescencia. Diamond consiguió
contactar con un terapeuta del centro que había
seguido al gemelo, y descubrió que el experimento
había sido un completo fracaso. El gemelo nunca
había aceptado ser una niña, y no se
había adaptado al rol femenino. Con 14 años
manifestó tendencias suicidas. Uno de los muchos
terapeutas destinados a su atención psicológica
animó a los padres a desvelarle la verdad.
Desde el momento en que supo que era un varón,
decidió llevar una vida acorde con su sexo.
Se sometió a intervenciones de cirugía
reconstructora extremadamente complicadas y se casó.
Toda la historia del caso de los gemelos está
documentada en el libro de John Colapinto As Nature
Made Him17.
Las teorías de Money se han visto desacreditadas
con posterioridad por las sucesivas investigaciones
sobre el desarrollo cerebral. La investigación
sobre la exposición prenatal a las hormonas
ha demostrado que, incluso antes del nacimiento, los
cerebros masculino y femenino son notablemente distintos,
cosa que influye, entre otras cosas, en el modo en
que el neonato percibe visualmente el movimiento,
el color y la forma. El resultado es una predisposición
biológica de los niños hacia juguetes
típicamente masculinos y de las niñas
hacia juguetes típicamente femeninos18. Ya
desde el seno materno, las mujeres están dotadas
de la sensibilidad hacia el ser humano necesaria para
la maternidad. Esta investigación y otras informaciones
nuevas sobre la estructura del cerebro humano indican
que influencias biológicas y experiencia contribuyen
a crear conexiones cerebrales, y están tan
estrechamente entretejidas que resulta imposible separarlas.
Los niños nacen en sociedades creadas por hombres
y mujeres, cuya percepción de aquello que es
natural viene influenciada por la misma combinación
de biología y experiencia. Los niños
crecerán para llegar a ser padres, las niñas
para llegar a ser madres. Esconder este dato por medio
de la socialización neutra de género
no cambiará la realidad de la diferencia sexual.
Otras investigaciones sobre el desarrollo cerebral
han demostrado la importancia de la relación
entre madre e hijo durante el primer mes de vida.
El niño que ha escuchado la voz de su madre
durante la gestación viene al mundo buscando
la luz en los ojos de su madre. Un vínculo
sólido entre madre e hijo es fundamental para
el desarrollo emotivo. Los estudiosos del desarrollo
neonatal y del desarrollo del cerebro humano están
preocupados por el hecho de que los propios descubrimientos
sobre la importancia del vínculo madre/hijo
son ignorados por aquellos que animan el trabajo femenino
y el cuidado de los niños en guarderías
públicas19.
Si las mujeres son más sensibles a las exigencias
del ser humano y los niños necesitan de madres
sensibles a sus exigencias, entonces presentar la
maternidad bajo un aspecto positivo no quiere decir
perpetuar un estereotipo negativo, sino reconocer
la realidad. No existe injusticia, pues no se impide
a las mujeres decidir la posibilidad de trabajar fuera
de casa. Justamente porque los dos sexos son diferentes,
la mujer puede ofrecer una contribución única
a la sociedad en general. El hecho de que la mujer
tenga una posibilidad de elegir hace que algunas mujeres
se sientan inquietas, pero éste es el precio
de la libertad.
Falta de pruebas para las teorías
sobre discriminación de género
Los
defensores de la perspectiva de género han
citado numerosos ejemplos de cómo la socialización
de género desemboca en el abuso de la mujer.
El problema es que muchos de estos ejemplos no resisten
un examen minucioso. Christina Hoff Sommers, autora
de la obra Who Stole Feminism?, ha descubierto
que, mientras los medios de comunicación daban
espacio a las teorías feministas, según
las cuales la socialización negativa de género
provocaba la muerte por anorexia de 150.000 americanas
al año, las estadísticas sanitarias
demuestran que en 1983 se habían registrado
101 muertes por anorexia. En 1991 el número
había descendido a 54.
En 1991, la americana Association of University
Women publicó un estudio titulado Shortchanging
Girls, Shortchanging America, en el que se sostenía
que la discriminación de género en el
ámbito escolar provocaba una devastadora pérdida
de autoestima en las adolescentes20. El estudio fue
ampliamente divulgado por los medios de comunicación
y se habilitaron numerosos programas para resolver
el problema. Con mucho esfuerzo, Sommers obtuvo una
copia de los resultados de la investigación,
y descubrió que la valoración de la
autoestima no había sido efectuada con métodos
científicos, y que las adolescentes, en la
mayor parte de las valoraciones, obtenían resultados
académicos mejores que los de sus coetáneos
varones21.
El problema creado por las acusaciones de opresión
no comprobadas, y sostenidas por las feministas, es
que desvían los recursos, que son limitados,
de la resolución de los problemas reales que
tienen que afrontar las mujeres, y minan la credibilidad
de aquellos que están comprometidos en favorecer
los verdaderos intereses de la mujer.
Dada la confianza concedida en el pasado a investigaciones
privadas de validez, es importante examinar atentamente
todas las pruebas presentadas para apoyar la perspectiva
de género. Esto vale en particular para los
temas del aborto y de la homosexualidad. Por ejemplo,
aquellos que están a favor de una redefinición
del matrimonio que tome en consideración las
uniones homosexuales, han citado numerosos estudios
que pretenden demostrar la ausencia de diferencias
significativas entre niños educados en uniones
homosexuales y niños educados por sus padres
naturales en el ámbito del matrimonio.
Después de analizarlos, tales estudios han
resultado carentes de validez interna y externamente22.
Según el profesor Lynn Wardle, «la mayor
parte de los estudios sobre padres homosexuales está
basada en investigaciones cuantitativas no fiables,
viciadas desde el punto de vista metodológico
y analítico (algunas de calidad poco más
que anecdótica), y proporcionan una base empírica
demasiado débil para determinar las políticas
públicas»23.
Por otro lado, numerosos estudios confirman las modalidades
con las que la presencia de un padre y de una madre
mejoran el bienestar de los hijos. La importancia
del amor materno es un hecho bien sabido, pero muchos
estudios recientes demuestran que también el
amor paterno tiene una influencia positiva. Una reseña
de la literatura en la materia ha puesto de manifiesto
que «la influencia del amor paterno sobre el
desarrollo de los hijos es parecida y quizá
mayor que la del amor materno. Algunos estudios concluyen
que el amor paterno es el único índice
significativo de resultados positivos específicos»24.
El futuro está en manos de los jóvenes,
y por tanto la sociedad tiene la obligación
de dar prioridad a su bienestar. Las mujeres desean
aquello que es mejor para sus hijos, y todo niño
tiene necesidad de un padre y de una madre. Sólo
el matrimonio asegura el compromiso de los padres
el uno hacia el otro y hacia los hijos, y por tanto
cualquier otra forma de unión comporta riesgos
para los niños y para las mujeres.
Patrick Fagan, de la Heritage Foundation, ha
recogido una enorme cantidad de pruebas a favor de
la importancia para los hijos de tener un padre y
una madre que permanezcan unidos en el matrimonio:
«Los niños nacidos fuera del matrimonio,
o con padres divorciados, tiene una probabilidad mucho
mayor de incurrir en pobreza, maltratos y problemas
emotivos y de conducta; van peor en el colegio y hacen
uso de estupefacientes con mayor frecuencia. Las madres
no casadas tienen una probabilidad mucho mayor de
convertirse en víctimas de la violencia doméstica...
En cualquier caso, los niños cuyos padres permanecen
casados tienen ventajas reales. Se ha puesto de manifiesto
que los adolescentes procedentes de estas familias
presentan un estado de salud mejor, tienen menos probabilidades
de sufrir depresiones y de repetir curso y encuentran
menos problemas de desarrollo»25.
En defensa de la
mujer
La Iglesia católica no puede permanecer
neutral cuando, en nombre de las mujeres, se ataca
a la familia, al matrimonio, a la maternidad y la
paternidad, a la moral sexual o a la vida del feto.
La Iglesia condena incondicionalmente cualquier abuso
perpetrado contra la mujer en el ámbito familiar,
pero la solución no es la destrucción
de la familia. Cuando las sociedades promueven el
sexo fuera del matrimonio, el aborto, la mentalidad
contraceptiva y el divorcio, la perjudicada es la
mujer. Cuando se respeta el matrimonio y la castidad
es la norma, la dignidad de la mujer queda salvaguardada.
La solidaridad entre marido y mujer en la familia,
entre hombre y mujer en la sociedad es esencial para
que su colaboración sea fecunda. Una lucha
interminable entre clases sexuales no llevará
a la liberación de la mujer. Una antropología
desviada, que desconozca las diferencias entre los
sexos, deja a la mujer en la poco envidiable posición
de tratar de imitar el comportamiento masculino, o
de desperdiciar su energía en el vano intento
de transformar al hombre en una pseudo-mujer. Una
mujer que comprenda y acepte las diferencias entre
los sexos es libre para colaborar con el hombre, sin
comprometer su originalidad personal.
La perspectiva de género es un callejón
sin salida. Se malgastan recursos preciosos para oponerse
al deseo natural de maternidad de la mujer. Favorecer
la paternidad, la maternidad, la familia y el matrimonio
no compromete en modo alguno la paridad esencial,
los derechos y la dignidad de la mujer. Sólo
el reconocimiento de las diferencias entre el hombre
y la mujer y de la centralidad de la familia en la
sociedad ofrece los parámetros válidos
para encaminar un diálogo. Siempre será
necesario distinguir entre diferencias reales y estereotipos
humillantes, y será importante tutelar el derecho
de la mujer y del hombre a elegir profesiones atípicas
y proteger a la mujer de la injusticia y el maltrato.
La Iglesia tiene mucho que ofrecer con respecto a
este asunto. Las repetidas invitaciones del Santo
Padre a la solidaridad ofrecen una alternativa a una
lucha de clases sin fin. Aquellos que están
interesados en crear una sociedad verdaderamente a
favor de la mujer encontrarán muy útil
el libro Amor y responsabilidad, escrito por
el Santo Padre cuando era todavía obispo. La
condena por parte de Juan Pablo II de todos los comportamientos
que tratan a las personas como objetos encontrará
eco entre las mujeres que, con razón, se dan
cuenta del fardo que supone para ellas el utilitarismo
sexual y económico.
La colaboración fructífera entre el
hombre y la mujer debe basarse sobre la verdad acerca
de la persona humana. Los dos sexos, distintos y de
igual dignidad, son una revelación de la imagen
y de la semejanza de Dios y participan de la bondad
de la creación. Dios, que ha hecho al ser humano
hombre y mujer, que ha instituido el matrimonio y
la familia y dictado las leyes que gobiernan la moral,
es incapaz de injusticia. Por tanto, las mujeres no
tienen nada que temer de una cultura que comprende
y respeta las diferencias entre hombres y mujeres.
Notas
. Frederick
Engels, The origin of the Family, Property and the
State (International Publishers: NY, 1972), 65-66
(ed. española: El origen de la familia, de
la propiedad privada y del Estado, Fundamentos, Madrid
1981).
2. Shulamith Firestone, The Dialectic of Sex, Bantam
Books: NY, 1970, 12.
3. Ibid., 72.
4. Cf. Nancy Chodorow, The Reproduction of Mothering
University of California Press: Berkeley, 1978 (ed.
española: El ejercicio de la maternidad, Gedisa,
Barcelona).
5. Alison Jagger, Political Philosophies of Womens
Liberation, en Feminism and Philosophy, Littlefield,
Adams & Co.: Totowa, NJ, 1977, 13.
6. Christine Riddiough, Socialism, Feminism, and Gay/Lesbian
Liberation, en Women and Revolution (ed. By Lydia
Sargent), South End Press: Boston, 1981, 87.
7. Cf. John Colapinto, As Nature Made Him, Harper
Collins: NY, 2000, 69.
8. Cf. John Money & Anke Ehrhardt, Man & Woman,
Boy & Girl, Johns Hopkins University Press: Baltimore
MD, 1972 (ed. española: Desarrollo de la sexualidad
humana, Morata, Madrid 1982).
9. Kate Millet, Sexual Politics, Avon Books: NY, 1971,
54.
10. Susan Moller Okin, Justice, Gender and the Family,
Basic Books: NY, 1989, 170.
11. Gender Concepts in development and planning: A
Basic Approach (INSTRAW, 1995), 11.
12. Plataform of Action Beijing Conference on Women,
1995, Paragraph 27.
13. Según Vigdis Finnbogadottir, Presidenta
de Islandia, «mientras la esfera privada siga
siendo una prerrogativa preferente de las mujeres,
éstas estarán mucho menos disponibles
que los hombres para tareas de responsabilidad en
la vida económica y política»
(Intervención en el Consejo de Europa, Estrasburgo,
febrero 1995).
14. Simone de Beauvoir, Sex, Society and the Female
Dilemma: a dialogue between Betty Friedan and Simone
de Beauvoir, en Saturday Review, junio 14, 1975, 18.
15. Peter Beckman and Francine DAmico, Women,
Gender and World Politics, Bergin & Garvey: Westport,
CT, 1994, 7.
16. Cf. Milton Diamond & H. K. Sigmundson, Sex
Reassignment at Birth: A Long Term Review and Clinical
Implications, en Archives of Pediatrics and Adolescent
Medicine (151, marzo, 1997), 298-304.
17. Cf. John Colapinto, As Nature Made Him, Harper
Collins: NY, 2000.
18. Cf. Gerianne Alexander, An Evolutionary Perspective
of Sex-Typed Toy Preference: Pink, Blue and the Brain,
en Archives of Sexual Behavior, 32, 1, febrero 2003,
7-14.
19. Cf. Shore, Affect Regulation and the Origin of
Self: The Neurobiology of Emotional Development, 540.
20. Cf. American Association of University Women,
A Call to Action: Shortchanging Girls, Shortchanging
America, Washington DC, 1991.
21. Cf. Cristina Hoff Sommers, Who Stole Feminism?,
137-156.
22. Cf. Philip Belcastro, et al. A Review of Data
Based Studies Addressing the Affects of Homosexual
Parenting on Childrens Sexual and Social Functioning,
en Journal of Divorce and Remarriage (1993, Vol. 20,
No. 1/2), 105-122; Robert Lerner and Althea Nagai,
No Basis: What the studies dont tell us about
same-sex parenting (Marriage Law Project: Washington
DC, 2001).
23. Lynn Wardel, The Potential Impact of Homosexual
Parenting on Children, en University of Illinois Law
Review (1997), 833.
24. Ronald Rohner & Robert Veneciano, The Importance
of Father Love: History and Contemporary Evidence,
en Review of General Psychology (diciembre 2001, Vol.
5, No. 4), 382-405.
25. Cf. http://www.heritage.org/Research/Features/Marriage/index.cfm#q1.
<Volver>
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Sufragistas
norteamericanas
pidiendo el voto para las mujeres
En
los últimos cincuenta años, la sociedad
se ha esforzado por encontrar la forma
de conciliar la igualdad fundamental
de los hombres y de las mujeres

En
el curso de los años 80, el término género
se volvió omnipresente en los programas de estudio
de la cuestión femenina

Los
niños nacen en sociedades creadas
por hombres y mujeres, cuya percepción de aquello
que es natural viene influenciada por la misma combinación
de biología y experiencia

La
Iglesia católica no puede permanecer neutral
cuando, en nombre
de las mujeres, se ataca a la familia,
al matrimonio, a la maternidad
y la paternidad, a la moral sexual
o a la vida del feto

Obispo
presidiendo la comunidad.
Cripta del Duomo de Anagni
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