Sor María de los Ángeles Ginard Martí será beatificada el 29 de octubre en Roma
Beatificación de una monja mártir
en la guerra civil

Religiosa de las Hermanas Celadoras del Culto Eucarístico, sor María de los Ángeles Ginard fue asesinada al comienzo de la guerra civil española, por ser monja. Su vida ejemplar y su muerte martirial la han llevado a los altares. Su beatificación se celebrará en Roma el próximo día 29 de octubre

«Es mártir el que, aunque parece que le arrancan la vida con violencia por seguir a Jesucristo, la entrega voluntariamente. San Agustín ha definido lo que hace al mártir: no la condena ni el tormento, sino la causa: por Jesucristo. Los mártires no mueren por cualquier causa, sino por el llamado odio contra la fe, y los mártires de todos los tiempos –también los de los tiempos recientes– expresan el amor hacia Dios por encima de todo. El martirio es la expresión mayor que pueda existir del amor a Dios. Y un amor tan grande es, a su vez, un don de Dios, pues no se funda en la fortaleza humana, sino que proviene de la fortaleza del Espíritu Santo que, en los mártires, a pesar de su debilidad, les lleva a tal grado de amor».
Con estas palabras, reconocía el cardenal arzobispo de Madrid, don Antonio María Rouco Varela, el valor de la muerte de sor María de los Ángeles Ginard a manos de milicianos de la FAI, el 26 de agosto de 1936, apenas un mes después de que estallara la guerra civil. Dice el cardenal de esta mallorquina de nacimiento que «supo entregar la vida perdonando a quienes la llevaban a la muerte». Y es que, para sor María de los Ángeles, Ángela Ginard Martí antes de tomar los hábitos, el martirio era una forma preciosa de entregar su vida al Señor.
Ángela Ginard nació en la localidad mallorquina de Lluchmayor el 3 de abril de 1894. Con 28 años ingresó en la congregación de las Hermanas Celadoras del Culto Eucarístico, para adorar a Jesús Sacramentado y servir en las tareas relacionadas con la Eucaristía. Tras unos años en la casa mallorquina, ocupó puestos en Madrid y Barcelona. En 1932 regresa definitivamente a Madrid, donde, cuatro años más tarde, es asesinada. Los últimos años vividos en Madrid por esta religiosa estuvieron marcados por las constantes persecuciones religiosas propias de aquella época de la República.
Explica el padre Crescencio Palomo Iglesias, en la biografía que ha elaborado de sor María de los Ángeles, con motivo de su
beatificación, que «durante las dos primeras décadas del siglo XX, en España, surgió un ambiente antirreligioso alentado por las fuerzas revolucionarias de izquierdas, que poco a poco se iban radicalizando en una persecución a la Iglesia y a sus miembros, manifestada con algunos brotes violentos, que el Gobierno, con más o menos eficacia, iba controlando. Con la proclamación de la segunda República, la situación persecutoria contra la Iglesia en España empeoró». Y el estallido de la guerra, con Madrid tomado por los republicanos, supuso un recrudecimiento de las actuaciones en contra de los religiosos.
Las Hermanas Celadoras sabían que corrían un grave peligro si se quedaban en el convento de la calle Blanca de Navarra; por eso tomaron la decisión de dispersarse y ocultarse, vestidas de seglares, en casas de amigos. Mientras se preparaban para abandonar el convento y salvar lo que pudieran de la segura profanación por los milicianos, un buen amigo, un portero de un edificio vecino, avisó a las monjas para que abandonaran cuanto antes la que había sido su casa, porque los republicanos se dirigían hacia allí. Las religiosas salieron apresuradamente.

Escondida de los milicianos

Sor María de los Ángeles fue acogida cariñosamente en casa de don José Antonio Medina y doña Araceli Ariza, que vivían en la calle Monte Esquinza 24, muy cerca del convento. Con gran tristeza, la religiosa tuvo que ver cómo los milicianos expoliaban el convento y le decía a sor Esperanza, otra religiosa que había buscado refugio en el mismo lugar: «Todo lo que nos pueden hacer a nosotras es matarnos, pero esto...» La situación de las dos monjas empeoraba por momentos, porque el portero de la casa, que las conocía de vista, había denunciado ya a varias personas que habían acabado asesinados o recluidos en alguna checa. Sor Esperanza cambió de residencia por consejo de la señora que la tenía acomodada en su casa, temerosa de que fuera descubierta. Sor María de los Ángeles se quedó. Y el 25 de agosto de 1936 subieron a buscarla. Los milicianos de las FAI que querían prenderla, sujetaron también a doña Amparo, la hermana de Araceli Ariza. En un acto de generosidad y valentía, sor María de los Ángeles exclamó: «Esta señora no es monja, dejadla. La única monja soy yo».
Aún le quedaba a esta religiosa más valentía en el corazón. Ella era la Procuradora del convento, y al tener que abandonarlo, quedó a cargo de parte del dinero para que cualquiera que lo necesitara pudiera acudir a ella. Lo llevaba guardado en el bolsillo del delantal que llevaba puesto cuando los milicianos la apresaron. Con increíble serenidad, sor María de los Ángeles les dijo que si les importaba que se quitase el delantal para irse presa. Los milicianos no pusieron impedimento, y, de ese modo, la religiosa salvó el dinero. Fue trasladada a la checa de Bellas Artes; al día siguiente, fue asesinada de un disparo en la cabeza en la Dehesa de la Villa. Hasta 1941, no pudieron localizar sus restos mortales, que ahora descansan en el convento de Madrid.

María S. Altaba

Retrato
de sor María
de los Ángeles