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En Estados Unidos, el evolucionismo ha sido noticia por el enfrentamiento en los tribunales, de aquellos que desean que en las clases de Biología de los colegios se enseñe la creación tal y como la explica el Génesis, con los partidarios de reducir la explicación a la opción del evolucionismo, sin hablar de un Creador. Detrás de este debate se encuentra una cuestión más profunda. Los neodarwinistas defienden que
el mundo es fruto del caos. Pero, ¿puede tanta perfección ser mero producto del azar?
 En 1859, Charles Darwin publicaba su obra El origen de las especies, y con ella inauguraba, quizá sin saberlo, una nueva etapa para la ciencia, la del paradigma de la evolución. Su tesis parte de la base de que todas las especies han surgido de una raíz común y se han desarrollado gracias a un lento proceso de transformaciones y selección natural. Los herederos de Darwin, los neodarwinistas, han corregido y ampliado sus aportaciones, hasta llegar a la conclusión de que la evolución sólo puede ser fruto del azar, y que no hay ningún plan previo establecido. Según esta tesis, el hombre también es fruto del azar, y, si existe, es sólo por la conjunción de una serie de factores que han propiciado su evolución a partir del mono, con el que comparte el 99% de su carga genética, según un reciente estudio publicado en la revista Nature. Pero si no se hubieran dado esos factores, el hombre no existiría.
En el colegio se estudia la célula eucariota, en cuyo interior se alberga la información del ácido desoxirribonucléico (ADN), es decir, los genes de cada individuo. Las células son absolutamente funcionales. Sus componentes –ribosomas, aparato de Golgi, mitocondrias…– tienen una función imprescindible. Es difícil pensar que este grado de perfección es fruto del azar. Este mismo grado de perfección se encuentra en cualquier punto de la naturaleza, desde la complejidad del cuerpo humano hasta la de una flor.
El debate está servido. Y no es un debate entre evolución y creación, que son perfectamente compatibles. Ni siquiera es un debate entre religión y ciencia. Es, sobre todo, el debate entre la naturaleza fruto del azar y la naturaleza fruto de un plan, el plan de Dios. Pero la discusión se puede solventar con bastante facilidad, porque no hay ningún problema en aceptar que existe una evolución, fruto de la cual miles de especies pueblan la tierra, y que en el origen de esa evolución interviene Dios, cuyo plan es
crear el mundo y, en él, al hombre a su imagen y semejanza.
 Fe y ciencia se encuentran
«Fe y ciencia (religión y ciencia) no pueden ser ni enemigas o rivales, ni extrañas (caminando en paralelo y sin encontrarse). Están llamadas a encontrarse y, cada una desde su identidad propia, complementarse. Suelo afirmar que, cuando la ciencia es verdadera ciencia (y no ideología o dogmatismo), se abre a preguntas que la transcienden y que sobrepasan el método científico. Y, a su vez, cuando la fe es verdadera fe, necesita de la ciencia para iluminar los problemas verdaderamente humanos y descubrir los grandes misterios del universo. No olvidemos que la ciencia descubre el guión de una película de 15.000 años (teoría del Big-Bang), pero necesitamos preguntarnos quién escribió dicho guión, y por qué fue escrito de la manera que se hizo. A estas dos últimas cuestiones responde la religión», dice monseñor Raúl Berzosa, obispo auxiliar de Oviedo y autor de varios libros en los que analiza las teorías de la evolución.
La supuesta guerra entre evolución y
creación es una mera ficción, porque «la creación es necesaria, tanto si hay evolución como si no, pues se requiere para dar razón de lo que existe, mientras que la evolución sólo se refiere a transformaciones de y entre seres ya existentes. En este sentido, la evolución presupone la creación», explica el profesor Carlos Javier Alonso, en un artículo en Avro.net. Como indica el profesor Artigas, en su libro Las fronteras del evolucionismo, «la evolución sólo puede darse si existe algo capaz de evolucionar: una evolución desde la nada es un contrasentido. Por eso, las teorías evolucionistas no pueden ser utilizadas para afirmar ni negar la creación».
 Antes del Big Bang
Doña Matilde Santos, profesora titular de Física en la Universidad Complutense de Madrid, añade que el conocimiento científico ha acercado muchísimo al hombre al momento en que nace el universo, puesto que se sabe lo que ocurrió en el segundo
10-43, cuando se produce el llamado Big Bang. Sin embargo, falta el punto anterior, y precisamente en ese punto es en el que entra la creación a partir de la nada.
El profesor italiano Silvano Borruso, en su documentado libro El evolucionismo en apuros, sostiene que, «tanto si las cosas son hoy lo que han sido siempre, como si han evolucionado hacia algo diferente de lo que eran antaño, antes que nada han tenido que ser. Lo que la creación contradice es la eternidad de la materia, no el posible cambio de las cosas».
La presencia de Dios en el origen del universo es aceptada por muchos científicos, porque responde a la pregunta que no queda resuelta con sus teorías. Sin embargo, en el campo de los investigadores es menos frecuente encontrar científicos que acepten que Dios participa en todo el proceso de la evolución. «La solución –según describe el profesor Francisco Ayala, en su libro La teoría de la evolución, de Darwin a los últimos avances de la genética– reside en aceptar la idea de que Dios opera a través de causas intermedias: que una persona sea una criatura divina no es incompatible con la noción de que haya sido concebida en el seno de la madre y que se mantenga y crezca por medio de alimentos. La evolución también puede ser considerada como un proceso natural, a través del cual Dios trae las especies vivientes a la existencia de acuerdo con su plan».
Doña María de Lacalle Noriega, en su libro Introducción a la Teología, recuerda que, «en cuanto al gobierno de Dios sobre sus criaturas, hay que decir que es una consecuencia de la infinitud de Dios: nada puede ocurrir a sus espaldas, de manera que Dios todo lo ve, todo lo dispone, o todo lo permite. Esto no quiere decir que absolutamente todo dependa de Dios, ni que nos maneje como si fuera un jugador de ajedrez que mueve sus piezas. Porque para la realización de su designio, Dios se sirve también del concurso de sus criaturas. (…) Es decir, Dios es la causa primera que actúa en y por las causas segundas». En palabras del profesor Artigas, ese espacio de libertad que Dios deja en la naturaleza se percibe «pensando en lo que significa que Dios es causa primera del ser de todo lo que existe, y que las criaturas son causas segundas, que causan de verdad, pero dependen completamente de Dios, aunque Dios respeta las capacidades que Él mismo les ha dado».
El plan de Dios
«La revelación desvela y da a entender que el cosmos no se rige por leyes de azar o arbitrariedad, o por fuerzas ciegas, sino que remite a un Dios Creador y a unos planes concretos de ese mismo Dios. Hablar de
creación equivale a afirmar que todo lo existente tiene su origen en Dios, y en ninguna otra causa», escribe monseñor Raúl Berzosa en su libro 10 desafíos al cristianismo desde la nueva cultura emergente.
«La doctrina de la creatio ex nihilo (creación desde la nada) –apunta la Comisión Teológica Internacional, en su documento Comunión y servicio: la persona humana creada a imagen y semejanza de Dios– es la afirmación del carácter verdaderamente personal de la creación y su orden hacia la criatura personal, que es diseñada como la imagen de Dios y que no responde a una fuerza o a una energía, sino a un
Creador personal».
El padre jesuita Manuel Carreira, experto en cuestiones científicas, escribe en un libro sobre la relación entre ciencia y fe que «todo aquello que es cambiante (incluida toda la materia) tiene que tener la razón de su existencia en una realidad (no material) que no puede cambiar, que no está en el espacio ni en el tiempo y que es infinitamente poderosa (para dar la existencia totalmente). Esto es lo que describe a Dios Creador».
«Dios crea el mundo, no por necesidad, sino por amor –explica la profesora Lacalle–. Dios crea únicamente para que miles de millones de seres puedan participar en la eterna felicidad divina, para que vivamos y lo hagamos en plenitud. Ése es el fin último de la creación». De modo que la creación no es fruto del azar, «no es algo irracional y caótico –continúa esta profesora–, sino que está ordenado racionalmente. Las cosas tienen una realidad intrínseca, propia de ellas, que las constituye en su ser y en su obrar: la que Dios les ha dado. Creer en Dios Creador significa, por ello, afirmar el sentido y la racionalidad del universo».
La comprobación de que existe un grado de perfección tan elevado en la naturaleza que es imposible considerar que es fruto del azar, llevó a un grupo de científicos a plantearse la teoría del llamado diseño inteligente, que está desarrollándose a gran velocidad en Estados Unidos. En realidad, en español sería más preciso hablar de designio o de plan inteligente, pero en este artículo se utiliza el término diseño inteligente porque es el que se está afianzando entre los expertos. El profesor Michael J. Behe, bioquímico en la Leigh University, en Pennsilvania, explicaba el significado del diseño inteligente en una reciente entrevista en el diario italiano Avvenire: «El diseño inteligente es la afirmación de que algunas partes de la naturaleza se explican mejor como producto de la acción deliberada de un agente inteligente. La ciencia ha descubierto que ciertas partes de la naturaleza dan la fuerte impresión de ser el resultado de un proyecto». Como reconocía el padre Carreira en un artículo, «es cierto que estamos comenzando a entender cómo tiene lugar la evolución, pero la ciencia tiene que admitir su incompetencia científica cuando nos preguntamos por qué existe esa evolución y por qué su orden».
El problema que plantea el diseño inteligente es que algunas de las razones que emplea como apoyo son, en realidad, razones en contra del darwinismo. Por ejemplo, defiende que tiene que haber designio porque no se han podido constatar, mediante restos fósiles, todas las variaciones que defiende la evolución según Darwin. No hay restos de los pasos intermedios, es decir, hay demasiados eslabones perdidos.
Sin embargo, hay otras muchas razones. Por ejemplo, por cálculos matemáticos se ha demostrado que, para que la evolución sea sólo fruto del azar, tendrían que haberse producido muchos fracasos hasta que se llega a los aciertos. Para eso, la evolución tendría que haber empezado muchos miles de años antes de lo que empezó. Es decir, en un período tan corto de tiempo, es imposible que se produzcan tantos aciertos fruto, únicamente, de la probabilidad.
Otra razón de peso es la llamada complejidad irreductible. Si un organismo funciona a la perfección, no se puede pensar que proceda de la evolución de otro anterior, porque ese otro no funcionaría a la perfección y, por tanto, no habría podido sobrevivir a la selección natural, según las tesis de los darwinistas. El profesor Behe pone el ejemplo del flagelo, gracias al cual se mueven algunas bacterias, cuya complejidad es imprescindible para que ese flagelo sea útil.
Además, a simple vista se puede comprobar que hay perfección en muchos elementos en la naturaleza, perfección que concuerda con lo que se podría llamar el buen ajuste del universo. Y la evolución, tal como la explican los neodarwinistas, no ha podido ser demostrada.
Un elemento a favor del diseño inteligente es que al azar le resulta casi imposible producir información. El ejemplo que ponen los científicos es el de un libro, por ejemplo, El Quijote. La posibilidad de que una combinación de letras produzca El Quijote exige millones de combinaciones erróneas. El ADN no sólo transmite datos deslavazados, sino que transmite verdadera información. Pensar que esta información lógica es fruto del azar, no parece lógico.
El propio Benedicto XVI ha abogado recientemente en favor del diseño inteligente, y alertó sobre aquellas personas que «cegadas por el ateísmo que llevan dentro, imaginan un universo libre de orden y dirección, a merced de la casualidad». En palabras del Papa, recogidas por L’Osservatore Romano, «con las Sagradas Escrituras, el Señor despertó las razones adormecidas y nos dijo: Al principio, hubo la palabra
creadora. La palabra creadora (esta Palabra que lo creó todo y creó ese proyecto inteligente que es el cosmos) es también amor». En una reciente homilía, Benedicto XVI afirmaba: «No somos el producto casual y sin sentido de la evolución. Cada uno de nosotros es querido, cada uno es necesario».
Un debate abierto
Creacionismo, neodarwinismo, diseño inteligente y evolucionismo son términos que se van a seguir escuchando en los próximos meses. El debate que surgió en Estados Unidos entre los defensores de enseñar en los colegios sólo la teoría de la evolución y los que defendían enseñar también lo que dice el Génesis, ha llegado ya a Austria, donde se planteó la misma cuestión.
Pero el tema sale de las aulas para situarse en el centro de la sociedad. Durante el último siglo, el paradigma darwinista ha sido comúnmente aceptado por varios motivos. Por un lado, no había otro paradigma capaz de sustituirlo y contentar a los científicos en sus ansias por explicar la naturaleza. Por otro lado, ha tenido una importante repercusión el hecho de que, en los colegios, se haya enseñado el evolucionismo como única opción.
La aparición de nuevas ideas como el diseño inteligente obliga, al menos, a replantearse, con una visión crítica, el concepto de evolución como mero fruto del azar. Ha sido la propia ciencia la que ha vuelto la mirada hacia Dios, porque la naturaleza no puede ser fruto del caos, y menos el hombre.
María S. Altaba |
Algunas precisiones
terminológicas
Uno de los errores más frecuentes en los que se cae, al hablar del evolucionismo y pensar que es contrario a la fe, es considerar que todas las teorías de la evolución son iguales. Lo que se denomina evolucionismo incluye una amplia serie de teorías que, en ocasiones, se enfrentan en cuestiones importantes. Por ejemplo, hay teorías de la evolución que admiten tanto la existencia de Dios como la de su plan creador. «No todas las tesis evolucionistas quieren desmontar o borrar la idea de creación», explica monseñor Berzosa, que llama evolucionismo moderado a lo que, «traducido en términos cristianos, puede llamarse creación evolutiva o, mejor, creación continuada. En el evolucionismo hay que salvar, sobre todo, la especial intervención de Dios, no sólo en la existencia de algo, sino en la existencia del ser que llamamos persona humana, hecho a imagen y semejanza de Dios y portador de un plus ontológico y axiológico, que llamamos vulgarmente alma».
Sin embargo, otras teorías, como el neodarwinismo, no aceptan a Dios, porque consideran que la evolución es mero fruto de la casualidad y que, por tanto, el hombre no debe nada a nadie por haber llegado donde ha llegado.
Un término que se utiliza de modo equivocado y que se ha popularizado, procedente de Estados Unidos, es el de creacionismo. Se llama creacionismo al movimiento, de origen norteamericano, surgido en círculos fundamentalistas del protestantismo, que desecha cualquier referencia a la evolución y toma como ciencia lo que dice la Biblia, al pie de la letra. El cardenal Poupard, Presidente del Consejo Pontificio de la Cultura, en una reciente entrevista publicada en la revista Hágase-Estar, explicaba que la Iglesia católica huye de este tipo de radicalismo, y comprende que el relato bíblico del Génesis no debe tomarse en sentido literal. Lo que hace la Biblia es sentar las bases para comprender «que Dios es el creador de todo lo que existe, que tiene una providencia especial con el ser humano, que en sus orígenes el ser humano se apartó de Dios, que Dios tiene planes de salvación para el género humano y los ha desarrollado a través de la Historia», explica el profesor Mariano Artigas, de la Universidad de Navarra. «En algunos lugares de Estados Unidos, sobre todo en algunos ambientes fundamentalistas del sur, se tiene que enseñar por ley en la escuela, en clase de Biología, el relato bíblico de la creación como explicación científica acerca del origen del hombre. La Iglesia católica –explica el cardenal Poupard–, ante esto, basada en una sana filosofía natural, presenta una postura más equilibrada».
Monseñor Berzosa considera el creacionismo como una tesis «desfasada, y fuera de lugar toda lectura sólo literal de la Biblia. Ya decía san Agustín, y otros Santos Padres, que la Biblia no enseña cómo es el cielo, sino cómo ir a él».
El profesor de Filosofía Carlos Javier Alonso, explicaba en un artículo publicado en Avro.net que «el creacionismo científico surgió como reacción ante el pujante evolucionismo materialista, una filosofía nociva para las ideas religiosas y morales de la sociedad americana». En el extremo contrario se encuentra el neodarwinismo, desde el que «se difunden tesis evolucionistas de tipo materialista y relativista, que se presentan como científicas, pero que, realmente, son extrapolaciones injustificadas carentes de base científica».
El profesor Artigas criticaba, en una entrevista concedida a la agencia de noticias Zenit, que «los creacionistas científicos norteamericanos han utilizado argumentos bastante poco convincentes, y han utilizado la Biblia como si fuera un tratado científico, extrayendo de ella doctrinas que van más allá del sentido de los libros sagrados».
La Iglesia católica no es creacionista, si se entiende este término como se está usando en Estados Unidos, como una lectura literal del contenido del Génesis, que pasa a considerarse ciencia. Pero sí es creacionista si se entiende como tal el hecho de que Dios es Creador de todo lo visible y lo invisible. La presencia del mal
en la naturaleza
Si la naturaleza es obra de Dios y Dios está presente en el proceso de su evolución, y no sólo en el de su creación, surge una pregunta inquietante: ¿por qué permite Dios que ocurran tantas desgracias? Doña María de Lacalle responde de forma didáctica: «Cuando una persona cae enferma, los médicos tratarán de hallar la causa de dicha enfermedad, que podrá ser un virus, una bacteria, el mal funcionamiento de un órgano, o lo que sea. Pero lo que no se les ocurrirá decir es que Dios es el causante de la enfermedad. Cuando alguien se mata en un accidente de coche, la causa puede haber sido un fallo mecánico, un perro que se cruzó en la carretera o una placa de hielo. Lo que no podemos pensar es que Dios puso ahí esa placa de hielo o ese perro para que el coche se estrellara, ni que estuvo manipulando el motor la noche anterior. De la misma manera, ante una desgracia cualquiera, un cristiano no puede pensar que Dios es la causa de ese sufrimiento. Lo que el cristiano debe saber y sentir es que, si Dios ha permitido ese dolor o esa desgracia, es porque va a sacar de ahí un bien superior».
Monseñor Raúl Berzosa explica que hay que distinguir tres dimensiones distintas en lo que se denomina como mal. «El mal físico es inherente a todo lo creado: porque todo lo que es finito y cambiante necesariamente comporta imperfección. El mal moral es el producido por el hombre abusando de su libertad personal. El mal social se refleja, fruto de la suma colectiva de pecados personales, en las estructuras de pecado injustas y que conducen a la civilización del odio, la insolidaridad, la violencia y la muerte». Para la profesora Lacalle, «creer en la Providencia equivale a creer que Dios puede sacar un bien de las consecuencias de un mal (aunque no por esto el mal se convierte en un bien). Por eso, un cristiano debe vivir siempre confiado en Dios, sabiendo que estamos en sus manos, que nada ocurre sin que Él lo permita y que, siendo como es, el Sumo Bien, todo va a redundar en beneficio nuestro. Nada, ni siquiera el mal, escapa a la Providencia de Dios. Por caminos que sólo Él conoce, permite el mal para, al final, sacar bien de él».
Monseñor Berzosa explica que, «en la relación mal-Dios, al menos se pueden afirmar estos principios: Dios no da el mal; lo permite (en un caso, al ser el mundo finito, y, en otros, al respetar la libertad del hombre). Dios no quita el dolor, le da sentido. Dios nos invita a luchar, personal y socialmente, contra todas las formas de mal. Dios, en su Hijo Jesucristo, ha vencido toda clase de mal (incluida la muerte) y hace del dolor (unido a Él) mediación salvífica». Teorías inaceptables, o ideología, pero no ciencia
El pasado verano, el New York Times recogía una polémica entre creacionismo, evolucionismo y diseño inteligente. El cardenal Cristoph Schönborn, arzobispo de Viena, escribió un artículo en el que decía: «La Iglesia católica, a la vez que deja a la ciencia el estudio de muchos detalles sobre la historia de la vida en la tierra, proclama que, por la luz de la razón, la inteligencia humana puede percibir con certeza y claridad que hay finalidad y designio en la naturaleza, incluido el mundo de los seres vivos». Por ese motivo, considera que «todo sistema de pensamiento que niegue o trate de descartar la abrumadora evidencia a favor de la finalidad en la biología es ideología, no ciencia». Y continúa el cardenal: «Al comienzo del siglo XXI, ante tesis como el neodarwinismo y las diversas hipótesis cosmológicas inventadas para esquivar los abrumadores indicios de finalidad y designio hallados por la ciencia moderna, la Iglesia católica de nuevo defenderá la razón humana, proclamando que el designio inmanente evidente en la naturaleza es real»..
En un mensaje a la Academia Pontificia de las Ciencias, el Papa Juan Pablo II afirmaba que algunas teorías de la evolución son compatibles con la doctrina cristiana, pero recalcaba que no ocurre con todas. «El mensaje de Juan Pablo II –explica la Comisión Teológica Internacional, en su documento sobre la creación titulado Comunión y servicio: la persona humana creada a imagen y semejanza de Dios– no puede ser leído como una aprobación general de todas las teorías de la evolución, incluidas aquellas de origen neodarwiniano que niegan explícitamente a la Divina Providencia cualquier papel causal en el desarrollo de la vida en el universo».
«Está claro que la verdad de fe sobre la creación se contrapone de manera radical a las teorías de la filosofía materialista, que consideran el cosmos como resultado de una evolución de la materia que puede reducirse a pura casualidad y necesidad», dijo el Papa Juan Pablo II en una audiencia en 1986. «Las teorías científicas que intentan explicar la apariencia de designio como si fuera resultado del azar y la necesidad –escribe el cardenal Schönborn– no son científicas en absoluto, sino, como dijo Juan Pablo II, una abdicación de la inteligencia humana». El profesor Artigas reconocía, en una entrevista, la importancia de evitar «el imperialismo científico que pretende juzgar todo mediante la ciencia: eso ya no es ciencia, sino una filosofía mala que suele denominarse cientificismo». Ha sido precisamente ese cientificismo el que ha hecho tan popular el darwinismo, que, como apunta el profesor Antonio Pardo, de la Universidad de Navarra, «se presta al juego de las ideologías materialistas y mecanicistas» que tanto predicamento tienen en la actualidad. |