Inmigrantes africanos
Las claves de un éxodo


Inmigrantes recién llegados a la playa del Confital, en Granadilla (Tenerife)

Las imágenes de inmigrantes negroafricanos llegando en cayucos a Canarias, ofrecidas por las televisiones españolas, han suscitado un aluvión de comentarios de desconfianza y de reticencia. Algunos emplearon la palabra invasión. Coincidió esta llegada de inmigrantes con la oleada de ataques y asaltos a viviendas, realizadas por bandas organizadas de ciudadanos de países de Europa del Este. No ha resultado difícil asociar injustamente inmigrantes a delincuentes y desalmados. De hecho, en algún pueblo canario se han proferido gritos xenófobos. ¿Preludio de lo que puede suceder a medio plazo en otros lugares de España, si no se aborda con seriedad y respeto el problema de los inmigrantes? Escribe don Gerardo González Calvo, Redactor-Jefe de la revista Mundo Negro, editada por los Misioneros Combonianos

En estas semanas, se llegó a invocar incluso la necesidad de usar la Armada para blindar las Islas Canarias, como si se tratara de una incursión de vikingos de piel negra. El Gobierno español pidió también ayuda a la Unión Europea para impedir la entrada de irregulares. Para ello fue a Bruselas la Vicepresidenta Primera del Gobierno español, doña María Teresa Fernández de la Vega. La Agencia de control de fronteras exteriores de la UE (Frontex) decidió, poco después, destinar 2,1 millones de euros al control de la inmigración ilegal en las Islas Canarias y en Malta.
Casi nadie se ha parado a analizar la tragedia de unas personas que son capaces de recorrer más de mil kilómetros en frágiles barcuchos para poder sacudirse el dogal de la miseria. ¿Qué pasa por la mente de un joven africano cuando decide, aun sabiendo que puede naufragar y ahogarse, pagar 1.200 euros para emprender este periplo? Esta cantidad de dinero es muy elevada; lograrla, exige mucho trabajo y la ayuda de familiares. Pero para muchos jóvenes es la única posibilidad de salir del pozo de la pobreza. Si consiguen quedarse en España y encontrar un trabajo, devolverán parte de ese dinero, como hacen los sudamericanos. Según datos del Banco Mundial, los emigrantes que trabajan en España envían a sus países de origen 3.844 millones de euros. Una cifra todavía inferior a la que envían a España nuestros emigrantes: 4.296 millones de euros.
Es verdad que hay unas mafias organizadas que se aprovechan de la necesidad y de la angustia de los pobres. No es nuevo, ni tan moderno. Pero esto no explicaría el fenómeno de la emigración de africanos hacia España, el país más próximo al continente negro. Quizá sea oportuno recordar algunos párrafos de la carta que escribieron dos guineanos –de Guinea-Conakry– antes de colarse en el tren de aterrizaje de un avión que volaba, a finales de julio de 1999, de Conakry a Bruselas. Se llamaban Yaguine Koita, de 14 años, y Fodé Tounkara, de 15, y murieron congelados. Decían, entre otras cosas: «Excelencias, señores miembros y responsables de Europa. Tenemos el honorable placer y la gran confianza de escribirles esta carta para hablarles del objetivo de nuestro viaje y del sufrimiento que padecemos los niños y los jóvenes de África. Ayúdennos, sufrimos enormemente en África, tenemos problemas y carencias en el plano de los derechos del niño. Entre los problemas, tenemos la guerra, la enfermedad, la falta de alimentos... Si ustedes ven que nos sacrificamos y exponemos nuestra vida, es porque se sufre demasiado en África. Sin embargo, queremos estudiar, y les pedimos que nos ayuden a estudiar para ser como ustedes en África».

Con la humildad del pobre, estos niños dieron en el clavo de una realidad que nos cuesta trabajo aceptar: los pueblos de África necesitan nuestra solidaridad, entendida ésta como corresponsabilidad, no como piedad emocional en época de hambrunas y catástrofes. Mientras Europa no comprenda –y actúe en consecuencia– que no es posible, ni justo, nadar en la abundancia a costa de la miseria de los pueblos del Sur, tendrá que soportar la vergüenza de contemplar jóvenes vidas congeladas o ahogadas en las aventuradas travesías hacia los países del bienestar.
A los pocos días de producirse la muerte de Yaguine y Fodé, por querer salir de la miseria, la FAO publicó un informe sobre la situación alimentaria en África subsahariana, en el que aseguraba que 10 millones de africanos necesitaban asistencia alimentaria de emergencia.

Origen de los inmigrantes

La gran mayoría de los inmigrantes africanos que han llegado en las últimas semanas a Canarias proceden de Senegal, Gambia, Guinea-Bissau y Malí. Estos países son sahelianos o viven en las inmediaciones del Sahel, una región que evoca sequía, langostas y hambrunas. Tan mala es la situación en el Sahel, que ya en 1973 se creó el CILSS, acrónimo francés del Comité Inter-estatal para el Control de la Sequía en la zona del Sahel. Es una organización regional constituida por nueve países: Burkina Faso, Cabo Verde, Chad, Gambia, Guinea-Bissau, Malí, Mauritania, Níger y Senegal. Se creó para ayudar a los países del Sahel afectados por la sequía para luchar contra ella y mitigar sus efectos, así como para facilitar la distribución de alimentos de emergencia. La sede de la CILSS se encuentra en Ougadugú, capital de Burkina Faso, en donde se concentran sus dos programas principales: el de seguridad alimentaria y el de administración de recursos naturales.
Con el apoyo de varios socios reunidos en el Club del Sahel, el CILSS ha contribuido a realizar programas nacionales y regionales sobre seguridad alimentaria y de lucha contra la desertización. Sin embargo, la realidad es que varios países sahelianos siguen luchando para escapar de la pobreza y de la inseguridad alimentaria, y las economías sahelianas siguen siendo muy frágiles.
La Santa Sede creó, en 1984, la Fundación Juan Pablo II para el Sahel. Cuatro años antes, el Papa, durante una visita oficial a Burkina Faso, pidió a la comunidad internacional que se movilizara para detener el avance del desierto en los países del Sahel. Esta fundación ha financiado proyectos para la región por más de 13 millones de dólares. Es un gran gesto de solidaridad con unos pueblos que no son, ni muchos menos, cristianos; la mayoría de los habitantes del Sahel son musulmanes; en Senegal, por ejemplo, los musulmanes son el 85% de la población, y los católicos tan sólo el 6,54%.
Algunos de estos países, como Malí, Níger y Burkina Faso, figuran entre los más pobres del mundo. Otros, como Chad, han entrado en el club de los productores de petróleo; pero la corrupción y la crónica inestabilidad política no permiten que los recursos del oro negro lleguen a la población. De hecho, los chadianos están frustrados porque ven cómo los beneficios del petróleo no están sirviendo para vivir mejor.

Riqueza entre los pobres

El obispo de Doba, en el sur de Chad, el comboniano monseñor Michele Russo, escribía recientemente en la revista Mundo Negro: «La explotación de nuestro petróleo de Doba nos abre un futuro seguro y cargado de esperanza para toda la población del país. Se habla de doscientos mil, doscientos veinticinco mil barriles diarios, que salen de nuestro subsuelo y que se van. Son muchos miles de millones de dólares. Sin olvidar la agricultura ni la ganadería, los otros dos pilares de nuestra economía. Hay que encontrar el camino para explotar todas esas riquezas para nuestra población. Desde hace algunos años, hablamos de nuestro proyecto de salir de la pobreza. Sin embargo, tenemos la impresión de que la pobreza sigue avanzando. Los precios de las mercancías que vienen del exterior son todavía muy elevados, por lo que es muy difícil construirse una casa a un precio accesible. Los campesinos sueñan aún con poder volver a tener encima de la mesa sus pollos, como antes. Nos hacen falta fábricas para la exportación de nuestros productos agrícolas, para la explotación del ganado con una política de mercado abierto a los países vecinos...»
Con el reforzamiento de las vallas en Ceuta y Melilla, no se acabó, ni mucho menos, con la inmigración irregular, como hemos podido comprobar algunos meses después. Se cambió sencillamente el escenario del drama. Primero, nuevos emigrantes salieron de Mauritania, y después de Senegal. Un trayecto mucho más largo, entre 800 y 1.200 kilómetros, y por eso especialmente peligroso. De hecho, han muerto ahogadas más de mil personas.
Ante la nueva realidad, el Gobierno español puso en marcha una serie de medidas diplomáticas, y sacó a relucir el Plan África. El Secretario de Estado de Asuntos Exteriores, don Bernardino León, y el embajador especial, don Miguel Ángel Fernández Mazarambroz, visitaron varios países africanos para firmar acuerdos de expatriación. Se informó que se iban a abrir nuevas embajadas en Malí y Cabo Verde, y a reabrir la de Sudán. A los pocos días de producirse estas visitas, se aseguró que Senegal aceptaba acoger a sus ciudadanos que habían llegado irregularmente a España. A cambio, España ayudaría a Senegal en el sector de la agricultura y a crear infraestructuras para generar empleos, según aseguró en Dakar don Bernardino León, después de visitar al Presidente senegalés, Abdoulaye Wade. El mismo Presidente del Gobierno español, don José Luis Rodríguez Zapatero, dijo durante el Debate sobre el estado de la nación que ya se había identificado a 623 senegaleses y que serían repatriados. Subrayó que el caso de Senegal sería muy importante, porque iba a servir como ejemplo de que las repatriaciones son efectivas, lo que haría desistir a otros inmigrantes de llegar a Canarias. Poco después, se subieron a un avión cien emigrantes senegaleses. Les dijeron que iban a Málaga y Madrid y aterrizaron en Dakar. El Gobierno de Senegal suspendió las repatriaciones y acusó al Gobierno español de maltratar y mentir a sus ciudadanos.
Algo se está haciendo muy mal, sin tener en cuenta que un negroafricano, aunque haya entrado irregularmente en España, debe ser tratado como una persona y no como una mercancía. Poner, por ejemplo, unas esposas o una cuerda en las muñecas de un senegalés es muy grave. Uno de los monumentos que hay en la isla senegalesa de Gorea, antes de llegar a la Casa de los Esclavos, es precisamente el de unos negros que alzan sus manos al cielo rompiendo las cadenas que les someten a esclavitud. De esta isla salieron decenas de miles de esclavos durante la trata.

Recordar la esclavitud

Cuando se celebró en Dakar, en octubre de 2003, el Simposio de las Conferencias Episcopales de África y Madagascar, hubo una Misa en Gorea. Yo estaba allí. En el momento del ofertorio de la Misa, varios jóvenes, con cadenas en los pies y manos y argollas en el cuello, transportaron en una piragua a unos niños que llevaban el pan y el vino para la consagración. No resultaba difícil captar el mensaje a los cientos de personas que asistieron a la Misa ante la iglesia de San Carlos Borromeo, presidida por el arzobispo de Dakar, monseñor Théodore-Adrien Sarr. Piragua y cadenas en esta isla evocan la trata negrera.
Es comprensible que ahora el ministro senegalés de Agricultura, señor Farba Senghor, haya dicho con pesadumbre: «Deploramos las condiciones de la repatriación. Debemos exigir a los países europeos que expulsan a los senegaleses que respeten las reglas elementales de repatriación. Por eso, hemos decidido suspender provisionalmente la repatriación de senegaleses, hasta que se garanticen unas condiciones aceptables. Hemos informado de ello al Gobierno español. No son ellos los que tienen que decidir. Somos nosotros los que tenemos que decidir si aceptamos o no los aviones». Por su parte, el propio Presidente de Senegal pidió «el respeto escrupuloso de las convenciones internacionales que permitan un regreso con dignidad».
La emigración, como el hambre, es el efecto del subdesarrollo. Sólo se logrará frenar la emigración no deseada favoreciendo un desarrollo sostenido en los países africanos. Es una gran paradoja que África sea un continente muy rico con países empobrecidos. Veinticuatro de los veinticinco países con menor desarrollo humano son africanos, según el último informe del Banco Mundial.
Las leyes del comercio internacional no favorecen precisamente un mayor equilibrio entre el Norte rico y el Sur empobrecido. Al contrario, propician la desigualdad. Las Naciones Unidas, al proclamar el Año Internacional de la Tolerancia en 1995, deseaban llamar la atención sobre un problema que puede alterar las relaciones humanas. «Los seres humanos –dijo entonces la ONU– tienen necesidad de convicciones. Sin embargo, llamados como están a una nueva solidaridad, a convivir cada vez más estrechamente con los demás, deben velar, más que nunca, por que sus convicciones no los lleven a adoptar comportamientos de exclusión de los demás».
Y añadía: «Al terminar la Guerra Fría, la Humanidad ha comenzado una nueva etapa de su historia. Hoy posee suficientes recursos económicos, culturales y espirituales como para instaurar un orden más justo en el planeta. No obstante, nuevas tensiones étnicas, nacionales, sociales y religiosas amenazan la construcción pacífica de un mundo mejor. En nuestra época se han registrado mayores adelantos tecnológicos que en ninguna otra; pese a ello, nos encontramos con que en todo el mundo, en lugar de reducirse, la pobreza, el hambre, la mortalidad infantil, el desempleo, la miseria y la destrucción de la naturaleza han aumentado. Sobre muchos pueblos se ciernen las amenazas de la ruina económica, el desorden social, la marginación política y los conflictos nacionales...»
Es esta desigualdad a escala mundial la que está provocando los grandes movimientos migratorios del Sur al Norte. El instinto de supervivencia en el ser humano es muy superior a cualquier seña de identidad, incluso étnica y familiar. Nadie elige el lugar donde nace, pero sí puede decidir en qué lugar espera satisfacer sus legítimas aspiraciones a vivir mejor, a realizarse como persona. Lo subrayó en Francia el pasado 30 de mayo el Presidente de Burkina Faso, Blaise Compaoré: «Francia no podrá impedir que los africanos vengan de África si ésta sigue siendo tan pobre. Nosotros tenemos la responsabilidad de trabajar para que los jóvenes se queden en África. Pero el Norte tiene también su responsabilidad. Las subvenciones a los productores de algodón acordadas por la Unión Europea impiden vivir a muchos productores africanos». Compaoré acabó señalando que «esta situación es una nueva forma de esclavitud».
No está de más subrayar que el flujo de la emigración del Sur al Norte está favoreciendo nuestro desarrollo. Tanto España como otros países europeos necesitan abundante mano de obra extranjera, para mantener su crecimiento económico y su bienestar. Contribuyen, además, al imprescindible aumento demográfico, dado el escaso índice de natalidad nativa.
Si hoy se prescindiera de los inmigrantes, se paralizaría la economía europea. Y aún más: los inmigrantes son necesarios para garantizar los fondos de la Seguridad Social. En España, según el Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales, se habían dado de alta en la Seguridad Social, a finales del año pasado, 548.661 inmigrantes. Es un hecho que los fondos de la Seguridad Social están saneados en buena parte por la aportación del dinero de los inmigrantes, que empiezan también a cotizar por renta.

Fuga de cerebros y de capitales

Por ahora, existe en España un incremento de la inmigración irregular. Sin embargo, el gran movimiento migratorio no viene en pateras y cayucos, sino en avión y a través de los Pirineos. Como hemos visto, muchos no son deseados. La misma Generalidad de Cataluña acaba de asegurar que los inmigrantes transportados de Canarias a Gerona durante las últimas semanas no se podrán quedar aquí.
Los que sí son recibidos con los brazos abiertos son los más de 300.000 africanos con estudios superiores que trabajan en Europa, Estados Unidos y Canadá. Esta fuga de cerebros está causando un daño irreparable a África. «En 25 años, África se habrá quedado sin sus cerebros». Esta sombría advertencia de Lalla Ben Barka, de la Comisión Económica para África de las Naciones Unidas (CEA), se hace eco de la auténtica inquietud que suscita la fuga acelerada de cerebros africanos. Aunque las pocas cifras disponibles sobre esta fuga pueden variar, todas indican que el continente está perdiendo las personas de las cuales depende su desarrollo social, científico y tecnológico.
Este movimiento de fuga de cerebros –ha subrayado el señor Matteo Fagotto, de la Federación de Comités de Solidaridad con África Negra– se llama Green Card Lottery, pero en África se empieza a llamar neo-colonialismo encubierto. Este éxodo ha hecho que las Naciones Unidas hayan declarado que la emigración de especialistas africanos hacia Occidente es uno de los principales obstáculos para el desarrollo de África. El propio Presidente de la Comisión de la Unión Africana, señor Alpha Oumar Konaré, ha señalado que «los recursos humanos que África no tiene en el continente se encuentran fuera. Es preciso que África tenga en cuenta a su diáspora. No puede desarrollarse sin ella. En algunos de los debates que hemos tenido en el seno de la UA, algunos han sugerido hacer de la diáspora la sexta región de África. La diáspora no es hoy parte de África. Hay que encontrar los medios para que los africanos del exterior contribuyan al desarrollo del continente».
A este éxodo de cerebros hay que sumar la fuga de capitales. También ha señalado Konaré que «el 60% de la ayuda regresa a los países donantes, y que el 40% del ahorro de África se encuentra en bancos fuera del continente». Al menos 140.000 millones de dólares de capital africano está a buen recaudo en bancos occidentales, donde los depositan muchos de los Jefes de Estado más corruptos del pasado reciente y del presente. Este trasvase de capitales fluye libremente, pero ahoga más aún las débiles economías africanas y, desde luego, no contribuye al desarrollo. Y si África no se desarrolla, nadie podrá detener la oleada migratoria. Actualmente, el continente africano tiene 936 millones de habitantes. Dentro de 20 años serán 1.500 millones. Son datos para la reflexión.

Gerardo González Calvo

 

Ataúdes de trece inmigrantes marroquíes, que murieron ahogados, en el cementerio de Fuerteventura

 

 

 

 

 

 

Inmigración selectiva

Según la Comisión Económica para África, de Naciones Unidas (CEA), entre 1960 y 1989, 127.000 especialistas africanos altamente cualificados dejaron el continente. La hemorragia es especialmente preocupante en los sectores científico y tecnológico, en los cuales los países africanos están obligados a suplir las deficiencias provocadas por la emigración de masas, e importar personal cualificado, precisamente de los países occidentales. Según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), las salidas se cifran en 20.000 al año, desde 1990. Estos africanos, muy bien cualificados, abandonan el continente atraídos por los nuevos programas de inmigración selectiva, desarrollados por los países occidentales. Es un fenómeno que priva a África de sus mejores cerebros, colocándola en un círculo vicioso de pobreza y retraso social. Y, además, según un informe de la OIM, el fenómeno de la fuga de cerebros le supone a África un coste de 4.000 millones de dólares al año, en concepto de pago a profesionales extranjeros, sobre todo en el campo sanitario.
África sufre el 24% de las enfermedades mundiales, pero sólo cuenta con el 3% de los trabajadores del sector del planeta, y consume menos del 1% de los gastos internacionales en salud. En Sudáfrica, el 37% de los médicos y el 7% de los enfermeros han emigrado a Alemania, Australia, Canadá, Estados Unidos, Finlandia, Francia, Gran Bretaña o Portugal. En Zimbabue, el 11% de los médicos y el 34% de los enfermeros también se trasladaron a otros países en busca de empleo.

 

Rumbek, Sudán

 

El verdadero efecto llamada

Pobreza, hambre, desempleo y miseria son algunas de las causas más poderosas que inducen a millones de personas a abandonar su país de origen y a enfrentarse a una nueva vida, donde sea posible superar estas carencias, acompañadas, generalmente, de guerras y persecuciones. Es muy fácil detener la inmigración no deseada: favoreciendo el desarrollo de los países de donde procede esta inmigración. El problema es saber si se quiere realizar este proyecto, que exige un cambio estructural de la economía y del comercio a escala planetaria.
La causa grave, profunda, estructural, de la estampida de jóvenes del Sur hacia el Norte tiene dos vertientes: la pobreza en los países de origen y la riqueza en los países de destino. Éste es el verdadero efecto llamada, del que tanto se ha hablado en algunas ocasiones. Esto evidencia el fracaso de la economía a nivel planetario y el mal que aqueja a un desarrollo desaforado para disfrute de una minoría, que implica la depauperación de la mayor parte de la Humanidad. Todos los analistas aseguran que en el planeta hay recursos más que suficientes para que todos los habitantes de la tierra podamos satisfacer holgadamente las necesidades alimentarias.
El inmigrante no nace; se hace. Y lo hace precisamente un sistema económico desigual. Casi todos los inmigrantes lo son a su pesar; los crea la desigualdad. Hay otro problema más, del que apenas se habla: al abandonar miles de jóvenes sus países de origen, dejan una población de ancianos y de niños que no pueden trabajar para mejorar su futuro. Los países del Sur se empobrecen aún más y serán todavía más dependientes del Norte, generando así una especie de apartheid mundial entre el centro y la periferia. Si a esto añadimos en algunos países africanos –sobre todo subsaharianos– la escalada mortífera del sida, el panorama es bastante sombrío.
Nos puede resultar éticamente detestable que el 20% de la población usufructúe hoy el 80% de los bienes de la tierra, y que el 80% de la población tenga que conformarse con el 20%. Pero, para establecer lo que en tiempos se llamó un nuevo orden económico internacional, ¿quién tiene que mover ficha? Porque la realidad que se vislumbra es ésta: cuanto mejor se viva en el Norte y peor en el Sur, más se alimentará el sueño de unos seres que nacieron para ser libres y vivir con dignidad.

 

Inmigrantes llegados al Puerto de los Cristianos, en Arona (Tenerife)

 

 

¿Por qué arriesgan la vida?

La respuesta es tan clara como el sol del mediodía en pleno mes de julio: la necesidad. Nadie, a no ser el suicida, se sube a una barca sabiendo que puede ahogarse, y más, como es el caso muchas veces, si no sabe nadar. Si lo hace, es porque espera resolver su problema del hambre, que le acucia hasta límites desesperados. No acaba de entender que en una orilla haya un problema de obesidad, porque se come demasiado, y en la suya se mueran de hambre demasiadas personas.
El fenómeno no es nuevo, pero nunca fue tan visible. Mateo Alemán pone en boca de Guzmán de Alfarache el siguiente consejo, cuando la palabra solidaridad no existía ni en los diccionarios: «Haz honra de que esté proveído el hospital de lo que se pierde en tu botillería o despensa; que tus acémilas tienen sábanas y mantas y allí se muere Cristo de frío. Tus caballos revientan de gordos y los pobres se te caen muertos a la puerta de flacos».

Nuevos muros

No deja de ser sorprendente que, después de la caída del muro de Berlín, que pretendía separar dos modos de pensar, se levanten ahora nuevos muros para separar dos modos de vivir. Lo mismo en Europa que en Oriente Medio y en Estados Unidos. ¿Es para que no vean los pobres lo bien que viven los ricos, o porque se tiene miedo de que los lázaros asalten las despensas repletas de los epulones?
Nadie tiene derecho a ser feliz, ni a vivir dignamente, a costa de la infelicidad y de la indignidad de los demás. La vara para medir el nivel de nuestra categoría humana está en los otros, no en nosotros mismos. Si no entendemos esto, nunca comprenderemos qué significa ser realmente persona.

Desprecio a seres humanos

La desesperación de los hambrientos no podrá contenerse con leyes más o menos drásticas, ni con muros de alambradas, ni redoblando la vigilancia aduanera, ni siquiera blindando las costas de España. Se reforzaron el año pasado las vallas en Ceuta y Melilla, se firmaron acuerdos con Marruecos para perseguir a los emigrantes que llegaban a sus costas. ¿Y qué se consiguió? Ocultar la tragedia, después de ver algunas imágenes tan patéticas como vergonzantes: decenas de negroafricanos vagando por el desierto marroquí, otros esposados en autocares, jirones de ropa colgando de alambradas con púas, restos de sangre joven, algunos zapatos descabalados... Un espectáculo dantesco. Escenas así sólo se habían visto en películas de nazis, con el trasfondo de las barreras metálicas de Auschwitz y en las razias en busca de esclavos.
Lo sucedido en Ceuta y Melilla fue mucho más que un incidente fronterizo y un problema de emigración. Se despreció a seres humanos de una manera inmisericorde. ¿Tal vez por ser negros? ¿Se imagina alguien a suizos, franceses, canadienses, ingleses, norteamericanos, tratados de ese modo? ¿Y en qué se diferencia esencialmente un blanco del Norte de un negro del Sur?
Los Gobiernos europeos tienen que entender que o se tienden puentes de solidaridad entre el Norte y el Sur, o tendrán que contemplar el espectáculo de pateras hundidas, rodeadas de cadáveres y soportar la mirada acusadora de quienes logran llegar salvos a la orilla de la opulencia.


La Guardia Civil ante una embarcación de inmigrantes en las costas de Tenerife

 

 

No hay futuro
sin África

África es un gran territorio con más de 30 millones de kilómetros cuadrados. Se estima que, dentro de 30 años, África será la segunda o la tercera potencia en número de habitantes, detrás de la India y de China. Los africanos seremos casi 1.500 millones. En 2050, por lo menos seis países africanos tendrán más de 100 millones de habitantes: Nigeria 250 millones, la República Democrática de Congo 180, Etiopía 150, Egipto 130 y Uganda más de 100. Además, contaremos con la población más joven del mundo. Y esto es una ventaja.
Dentro de 25 o 30 años, seremos la mayor obra del mundo, porque en África hay que hacerlo casi todo. Seremos casi el mayor mercado del mundo. No puede haber futuro sin nosotros, sin nuestras materias primas, sin nuestra juventud, sin un medio ambiente equilibrado en África.
Hoy, la situación es dura, muy dura; pero no hay futuro sin África. Si la situación en África sigue degradándose, ningún continente estará a salvo. Menos aún nuestros vecinos europeos, porque están al lado. Ningún visado ni muro podrá detener a 1.500 millones de pobres que no tienen un dólar al día para comer. No hay que hacerse ilusiones. Basta con ver a los jóvenes que intentan pasar las vallas y que dicen: «A pesar de todo, iré a Europa». No quieren morir y están determinados a luchar para sobrevivir.

Alpha Oumar Konaré
Presidente de la Comisión
de la Unión Africana

vernadero de Palos de la Frontera, Huelva