Alfa y Omega > Nº 159 > Criterios
La intervención necesaria

Déjese usted mirar, por favor, por la mirada de este Cristo que también ilumina nuestra portada de este número. Se percibe en ella toda la majestad de Dios y el asombro, recién resucitado, de un Dios que también es Hombre. Días antes de su Pasión y muerte había dicho a Lázaro, que llevaba cuatro días ya enterrado, ¡Sal fuera! Y su amigo Lázaro salió; y muchos creyeron en Jesús, afirma el evangelista. Poco antes Jesús había llorado por el amigo muerto, mostrando su profunda humanidad. Déjese usted también mirar por este Cristo que le ama, como nadie jamás fuera de Él podría quererle, pero que al mismo tiempo, precisamente con ese Amor, le rescata del poder de la muerte, y le da la vida verdadera.
Los medios informativos están comprensiblemente centrados estos días en la tragedia de Belgrado y de Kosovo, y, si no cerramos demasiado lo ojos, hemos de reconocer que la tragedia de los Balcanes no es la única en el mundo: todo él puede considerarse una tragedia, necesitada de una urgente intervención, también los países que no están en guerra, pero cuya paz tiene el veneno del pecado, origen de las guerras mil que invaden cada día nuestras casas y ciudades.
Un día las autoridades judías sorprendieron a una mujer en adulterio. Según la Ley, debía ser castigada con la lapidación. Y la llevaron a Jesús. Todos recordamos sus palabras: El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra. Y Jesús, ¿no estaba libre de pecado? ¿Por qué entonces no tiró piedra alguna, sino que incluso perdonó a la mujer? He aquí el secreto de la intervención -la única realmente salvadora- del Dios hecho hombre, que no resuelve los problemas desde la distancia, parcial y temporalmente, sino radical y definitivamente: su intervención nos ha rescatado de la muerte y nos da la única vida que merece tal nombre, la Suya, cuya entrega, de una vez para siempre, es precisamente lo que estamos celebrando estos días los cristianos en todo el mundo. También en Kosovo.
Los medios de comunicación hablan estos días, sobre todo, de esa terrible derrota de la Humanidad, en palabras de Juan Pablo II, que es la situación en los Balcanes, y hablan también -pero, generalmente, como si no tuviera nada que ver una cosa con la otra- de las procesiones y los actos de la Semana Santa (para una inmensa mayoría, únicamente unas vacaciones interesantes). Guerra... pero vacaciones -Kosovo está tan cerca, pero tan lejos...- Siempre hay buenas y malas noticias en la vida, piensan muchos, sin caer en la cuenta de que la buena noticia que necesita el mundo no pueden ser unas vacaciones, sino esa intervención necesaria que no está en manos de los hombres, sino del Dios que se ha hecho hombre: la intervención del Amor que da la vida por los amigos. ¡Qué distinta es entonces la Semana Santa, y de qué manera tan distinta se vive!
Sin ese Amor, ya pueden proclamarse victorias -necesariamente con minúscula-, que habrá que seguir hablando de derrotas de la Humanidad. Con ese Amor, en cambio, hasta las más dolorosas derrotas -como la del Calvario en Jerusalén, que revive en Kosovo o en Cuba, en Irak o a lo largo y ancho de África..., en nuestras casas y ciudades- no son sino la puerta de la Resurrección, a la que todos somos llamados. Y no ya en la otra vida, sino aquí y ahora.

«Cosa de mujeres...»
Cuando volvieron las mujeres de su furtiva salida, rayando las primeras luces del día, hablarían atolondradas; se quitarían unas a otras las palabras. ¡Cosa de mujeres! Decían que habían visto el sepulcro vacío, que la sábana estaba en un rincón doblada. Que les había hablado un ángel. La atmósfera de incertidumbre que todos estos noticiones habían producido en los apostóles, no se parecía todavía a la fe. Es la que resumirán desdeñosamente, con masculina superioridad, los que caminaban hacia Emaús, hablando al propio Jesús: Algunas mujeres anduvieron por la madrugada escandalizando y diciendo que había resucitado el Maestro...
Aquellas primeras horas confusas fueron aprovechables para Renán y los demás racionalistas modernos. La muerte de un grande hombre -explican- cuesta siempre trabajo para ser asimilada y creída. Lo que, al fin, se resuelve en la simbólica inmortalidad de la fama, se confunde muchas veces, al principio, con una tenaz leyenda de supervivencia. La Resurrección de Jesús fue, para esos intérpretes críticos y racionalistas de última hora, ese fenómeno mental que se produce fácilmente en los ambientes del amor fanático.
Pero Dios tenía su programa trazado con ese ritmo retenido y lento, con ese poco a poco que va así dando plaza a la cooperación y al mérito del creyente. Magdalena vuelve al sepulcro. Tropieza con un hombre que cree que es el jardinero. Unos discípulos que marchan hacía Emaús, en el camino se unen a un viandante extraño y erudito que les va explicando las Escrituras. Lo reconocen, en la venta donde paran a almorzar, por su manera de partir el pan. A Magdalena le convencerá, de que el pretendido hortelano es Jesús, la manera de llamarla: María. Como cuando el Señor, en el alba de la creación, dijo rosa, tórtola, río, árbol y cada cosa empezó a ser según su nombre.
José María Pemán
(Obras/3 ed. Edibesa)
© 2006. Alfa y Omega, Semanario católico de información. Fundación San Agustín, Arzobispado de Madrid