Alfa y Omega > Nº 159 > Testimonio
Desde Sarajevo, la ola de perdón
«Yo, pastor de un pueblo diezmado»
He aquí el meollo del llamamiento que el cardenal Vinko Puljic, arzobispo de Sarajevo, lanzó en San Giovanni in Laterano, en Roma, durante el encuentro sobre «Fe y búsqueda de Dios»
Casas humeando después de un grave
enfrentamiento en Bosnia
Somos testigos del hecho: en varias partes del mundo falta la justicia y está ausente el perdón. Todo esto causa enormes sufrimientos a poblaciones enteras. ¡Cuántas injusticias se han cometido con las guerras de todo tipo, o con el perpetuarse de sistemas que sojuzgan a individuos y a pueblos enteros! ¡Cuánta explotación de los recursos de poblaciones a las que se deja después en la pobreza y en la miseria! ¡Cuánta desigualdad en el orden económico, que pone en primer plano la ganancia antes que al hombre! ¡Cuánto egoísmo en la preferencia de los intereses personales o de grupo en vez de los del bien común!
Es necesario, pues, emplearse a fondo para restablecer la justicia y promover el perdón a todo los niveles, para poder crear las bases de un futuro en el cual el otro, en sí mismo, será siempre el hermano o la hermana a amar y respetar; de un futuro que no conocerá términos tan macabros como esclavo y libre, naciones o pueblos grandes y naciones o pueblos pequeños, naciones o pueblos colonizadores y naciones o pueblos colonizados, naciones civilizadas y naciones que no son consideradas tales, sino, por el contrario, de un futuro que conozca solamente a personas con derechos y deberes iguales, como también naciones y pueblos con igual dignidad, derechos y oportunidades. ¿No es quizás verdadero que aquella multitud inmensa, que ninguno podía contar, vista por el apóstol Juan en el Apocalipsis, está compuesta por hombres y mujeres de toda nación, raza, pueblo y lengua?
Es necesario perdonar para romper la espiral del mal y para crear las condiciones de un futuro digno del hombre. Lo digo como ciudadano de un país que, desde el otoño de 1991 hasta el otoño de 1996, ha sido agredido y ha sufrido una violencia inaudita; de un país en el cual, a finales de este siglo XX, han reaparecido trágicamente los campos de concentración, en los que poblaciones enteras se han visto privadas con violencia de sus tierras, de sus casas, de su futuro. Todavía hoy no pueden regresar a sus propios paises y ciudades de origen, e incluso se intenta borrar su identidad religiosa y cultural. Lo digo como obispo que trabaja al servicio de la causa del Evangelio. Lo digo como pastor de la Iglesia en un país en el cual los católicos, durante el último decenio, han sido más que diezmados. Mi ciudad, Sarajevo, en los años cuarenta de este siglo contaba con el 36 por ciento de la población católica. Hoy tal porcentaje está por debajo del umbral del diez por ciento: en todo el país del que provengo, antes de la reciente guerra, había más de 850 mil católicos. ¡Hoy tal número ha disminuido, en nombre de una justicia falsa, a menos de 400 mil!
Quisiera renovar el llamamiento al perdón y a la justicia, el mismo llamamiento que con la Iglesia de la cual soy pastor, y en comunión con los pastores de otras Iglesias particulares de Bosnia y Herzegovina y de la cercana Croacia, no he cesado de repetir durante la reciente trágica guerra de agresión que ha golpeado duramente nuestra región.
Cardenal Vinko Puljic