Alfa y Omega > Nº 159 > Día del Señor
Vigilia pascual
La razón de la alegría


¡Como niño con zapatos nuevos!
Acostumbrados, tal vez, a la constante y tradicional lectura de estas páginas evangélicas, habituados quizá a la noticia sorprendente del Evangelio de hoy, corremos el riesgo de no dejarnos penetrar por la novedad sencilla y admirable, a la vez que profundamente radical: Cristo ha resucitado.
Dos mujeres caminan en la madrugada para visitar el sepulcro de Jesús. En su rostro se dibuja la tristeza, la desesperanza y su compañera la nostalgia; sobre todo, el temor, el miedo a un futuro cargado de amenazas y, lo que es peor, vacío; en su rostro y en su corazón, se había instalado el fracaso. Minutos después, las encontramos impresionadas, inundadas de alegría, sin motivos para el miedo, con una razón para vivir: la de anunciar lo que habían visto y oído.
Esta repentina transformación experimentada es sólo una manifestación de la novedad de la Pascua. Porque la noticia que el Evangelio de hoy nos transmite cambia realmente el mundo y la Historia.
La Pascua es la victoria definitiva de Jesucristo. Con Él, con su victoria, el mundo es renovado, lo viejo ha pasado, todo es nuevo. Desde entonces, el mundo y la Historia están bajo el signo del Resucitado.
El pecado -raíz de los males que oprimen al hombre- y la muerte, su compañera inseparable, están ya definitivamente aplastados y ya no tienen el privilegio del dominio. La resurrección de Cristo marca para el que cree en Él la verdadera libertad. El hombre ya no es esclavo de la muerte, ya no es esclavo del pecado. Son posibles la alegría y la esperanza.
Vivamos la alegría de la Pascua, la certeza de que el Señor está verdaderamente en medio de nosotros devolviendo al mundo y al hombre su verdadera dignidad. Descubramos en el rostro del Resucitado, el rostro profundo de lo que cada hombre es y está llamado a ser. Y anunciemos, sin temor, la alegría y la esperanza.
Ángel Castaño
Evangelio
Lecturas de la Misa: Epístola; Romanos 6,3-11
En la madrugada del sábado, al alborear el primer día de la semana, fueron María la Magdalena y la otra María a ver el sepulcro. Y de pronto tembló fuertemente la tierra, pues un ángel del Señor, bajando del cielo y acercándose, corrió la piedra y se sentó encima. Su aspecto era de relámpago y su vestido blanco como la nieve; los centinelas temblaron de miedo y quedaron como muertos.
El ángel habló a las mujeres:
-Vosotras no temáis, ya sé que buscáis a Jesús el crucificado. No está aquí: ¡Ha resucitado!, como había dicho. Venid a ver el sitio donde yacía, e id aprisa a decir a sus discípulos: Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo vereís. Mirad, os lo he anunciado.
Ellas se marcharon a toda prisa del sepulcro. Impresionadas y llenas de alegría, corrieron a anunciarlo a los discípulos. De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo:
-Alegraos.
Ellas se acercaron, se postraron ante Él y le abrazaron los pies. Jesús les dijo:
-No tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán.
Mateo 28, 1-10
Padre rico en misericordia
Amémonos los unos a los otros -dice san Juan- porque el amor viene de Dios: Dios es amor. En esto demuestra que Dios mismo es amor, y también que el que viene de Dios es amor. ¿Quién viene de Dios si no es aquel que dice: Salí de junto al Padre y vine a estar en el mundo? Porque, si Dios Padre es amor y el Hijo es también amor y, por otra parte, amor y amor son una sola cosa y en nada difieren, se sigue que el Padre y el Hijo son justamente una sola cosa. Por eso es pertinente que Cristo, igual que se llama sabiduría, fuerza, justicia, palabra y verdad, se llame también amor. Y así la Escritura dice que, si el amor permanece en nosotros, Dios permanece en nosotros: Dios -el Padre y el Hijo-, que viene al que es perfecto en el amor. El Padre y yo -dice Jesús- vendremos a él, haremos morada en él.
Orígenes (185-254)
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