Alfa y Omega > Nº 159 > Raíces
Las mujeres en la Resurrección
Las mujerers camino del sepulcro «Mañana de Pascua». Caspar David Friedrich. © Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid
Mayores que todas las tinieblas físicas que cayeron sobre el planeta al morir Jesús fueron, en aquella hora, las tinieblas intelectuales. Todo fue cerrazón y oscuridad absoluta. Durante unos días no hubo fe ninguna en el mundo, salvo la de María... Y María vivía sólo de fe: sin consolación de ninguna especie. Vivía la más desolada noche oscura que haya vivido ningún místico; la más seca aridez que pueda uno imaginarse. Vivía, según la graciosa metáfora de san Bernardo, como un pajarilla en el alero de un tejado: no todavía en el cielo, ni ya en la tierra.
Pero he aquí que mientras María se mantiene, solitaria, en el Cenáculo, como una lamparilla de fe, va a ser el Amor el primero que va a romper aquella oscura cerrazón espiritual en que ha caído el mundo... Pasada la fieta del sábado, dice el Evangelista, María Magdalena y María, madre de Santiago, y Salomé, compraron aromas para ir a embalsamar a Jesús. Y salieron de madrugada, antes que el sol, hacia el sepulcro. No hay nada que se parezca más a esas típicas obras femeninas arrebatadas y poco meditadas de fervor y devoción -a esas que los varones solemos calificar rápidamente de cosas de mujeres- que este salir mañanero de las Marías hacia el sepulcro. Saben que el sepulcro tiene guardia; que está prohibida la entrada. Por el camino se van preguntando unas a otras: ¿Quién nos quitará la piedra de la entrada? No han previsto nada, no han organizado nada. Son un puro, intrépido e inmeditado revuelo de Amor. Porque obsérvese que las Marías van en busca del cadáver de Jesús para embalsamarlo. No creen que haya resucitado. No tienen fe, no tienen esperanza. Sólo tienen amor. No llevan un programa, ni un fin, ni una organización. Llevan tarros de aromas y de ungüentos nada más... ¿Os parece poco?
No era poco: la prueba es que aquel arrebato desorganizado del amor y los perfumes merece, como supremo pago, la primera revelación de la Resurrección. Los ángeles, primero, a la orilla del Sepulcro; Jesús, en seguida, a la misma Magdalena, va a encargarla de ir a comunicar a los Apóstoles el gran Milagro fundamental del Cristianismo. Van a ser ellas, en aquella hora, las evangelistas de los Evangelistas. Va a ser el Amor el que va a ilustrar la Fe y va a sostener la Esperanza.
¡Qué lección de humildad, para las ufanías intelectuales y apologéticas del hombre, esta primacía del arrebato y desorden de las enamoradas! Aun así tardará el intelecto en rendirse: se necesitarán todavía reiteradas apariciones de Jesús. Se necesitará todavía que la llaga del costado se ofrezca a las comineras comprobaciones críticas de Tomás. Se necesitará todavía que en Emaús la sencillez de un gesto descubra lo que no descubrieron las horas del camino. Se necesitará, sobre todo, que, como remedio decisivo y heroico, baje la misma lengua de fuego del Espíritu a quemar e iluminar la cerrazón de las inteligencias.
Realmente es esta cerrazón orgullosa y materialista la que había encontrado todo el tiempo, como fría resistencia, la predicación de Jesús. Los grandes vicios, los pecados sonoros y estridentes, tan flagelados ya por la antigua Ley, no fueron los obstáculos mayores. Fueron, por un lado, las cominerías ritualistas de los fariseos, cobertura de privilegios y de congruas. Fueron, por otro lado, las interpretaciones utilitarias y materiales, políticas y nacionalistas de sus discípulos. Cada una de las palabras del Salvador eran en seguida traducidas a una versión pequeña e interesada por sus mismos fieles. La una quiere que sus hijos tengan dos sillas reservadas en la Gloria, como dos localidades de teatro, al lado del Señor. El otro, Pedro, cuando le oye predicar el perdón, le pregunta si ha de perdonar hasta siete veces. No más. Quiere un perdón moderado, tasado, con un presupuesto razonable y económico. Llega esto a impacientar, a desesperar -si cupiera el verbo- al Hombre-Dios. Es una de esas interpretaciones materialistas la que motiva el apóstrofe más violento, dirigido a Pedro, que en el Evangelio hay: Quítateme de delante, Satanás, que me escandalizas, porque no tienes conocimiento ni gusto de las cosas que son de Dios, sino de los hombres.
Es esta ira evangélica de Cristo la misma, seguramente, que ahora zamarrea el mundo de muerte y de dolor. Porque la gran resistencia ante el Evangelio ha seguido siendo, en la Historia, más que de la concupiscencia de cada corazón, esta gran resistencia social de la cerrazón de entendederas, de la interpretación utilitaria, soberbia, política. Ésta es la que no quiere rendirse. Ésta es el Gran Pecado.
Y pensemos, para nuestra humildad, que frente a ese Gran Pecado social no bastó ni la maravilla de la predicación de Cristo ni el milagro de su Resurrección. Tuvo que ser la Gracia, el Espíritu, el fuego de lo sobrenatural, la medicina última... Y si acaso, antes de este Pentecostés del Espíritu, como esbozo y anuncio, ese otro primer Pentecostés del Amor de las mujeres arrebatadas y desorganizadas, portadoras de perfumes y de ungüentos.
A estas horas en que escribo esto, en medio de la cerrada negrura del mundo, habrá unas mujeres también que, al son de las campanas de Resurrección, correrán a sus iglesias, a sus juntas, a sus congregaciones, a sus obras, a sus cosas de mujeres. Moderemos un poco los hombres nuestra sonrisa de intelectuales... Porque en esta nueva oscuridad terrible del planeta, el primer rayo de luz ha de estar también a cargo del ímpetu desorganizado y perfumado del Amor.
José María Pemán
de La Pasión según Pemán (Obras/2 Ed. Edibesa)