Alfa y Omega > Nº 159 > España
Mensaje de los obispos europeos
«Vergüenza y tristeza»
Todos los seres humanos tienen derecho a vivir en paz y en un orden justo. La Comisión de Conferencias Episcopales de la Unión Europea (COMECE), cuyo Vicepresidente es monseñor Elías Yanes, recuerda, una vez más, este deber ineludible a los responsables políticos mundiales, en su mensaje «Verdad, memoria y solidaridad: claves de la paz y de la reconciliación»

No hay secretos. El sueño de un mundo en paz está perfectamente al alcance de nuestra mano, pero antes hay que quererlo, hay que poner los medios necesarios para ello. Los Estados deben trascender su interés egoísta, nacido de la lucha de poderes, y dirigir sus actuaciones a satisfacer el interés común mundial. Éste es, en síntesis, el mensaje que lanzan los obispos de la Unión Europea. A la luz de la experiencia y de los valores del humanismo cristiano, analizan los problemas a los que se enfrenta hoy la Humanidad y proponen una serie de medidas concretas de actuación.
Muchos ejemplos hay para la esperanza:la Unión Europea, que ha unido a quienes antes eran enemigos irreconciliables; la caída de las dictaduras comunistas en los países de Europa central y oriental; la experiencia sudafricana encarnada en la Comisión de la Verdad y la Reconciliación, que muestra cómo una sociedad puede, poco a poco, sobreponerse a los fantasmas del pasado... Pero, al mismo tiempo, sobran también ejemplos ante los cuales no podemos sentir más que vergüenza y tristeza.
La Justicia, ya sea dentro de los Estados o aplicada a las relaciones internacionales, es el primer requisito:Es raro poder contar, a largo plazo, con la solidaridad en las relaciones políticas impuestas esencialmente por la presión externa o la represión interna.
Occidente tiene aquí una responsabilidad ineludible. Los países ricos están obligados a promover la paz dentro de los países más desfavorecidos, y entre ellos mediante una política de cooperación para el desarrollo. Ésta es una cuestión de humanidad y de justicia, pero además ellos han de ser los primeros interesados. En un contexto de interdependencia creciente entre las diferentes regiones del mundo, los Estados ya no podrán defender sus intereses propios, a largo plazo, sin tener en cuenta los principios fundamentales de justicia internacional y el interés público mundial.
Nosotros mismos, la Unión Europea, no somos siempre un modelo a seguir. La COMECE apunta, con especial preocupación, fenómenos dentro de nuestras sociedades como el rechazo a los inmigrantes y a quienes llaman a las puertas del Viejo Continente en búsqueda de asilo, a lo que los responsables políticos contestan con no menos egoísmo: buscando todo tipo de pretextos para justificar su rechazo, utilizando el argumento de su propia seguridad y protección.
La ampliación de la Unión a países den antiguo bloque comunista será nuestro próximo reto. Si queremos una Europa de verdad, tendremos que ser generosos y estar dispuetos a consentir sacrificios sustanciales, léase trasvase de fondos estructurales o una política agraria común que no discrimine a los nuevos socios.
Años Santos e Indulgencias
Los Años Santos que celebra la Iglesia tienen su origen en la Sagrada Escritura, en el Año Jubilar judío, y su denominación procede del término hebreo iobel. Santificaréis el año cincuenta -se lee en el Levítico- y proclamaréis la emancipación de todos los habitantes del país. Será para vosotros un año jubilar; cada uno de vosotros recobrará su propiedad, y cada cual volverá a su familia.
La celebración de los Años Santos cristianos nace con las indulgencias plenarias que la Iglesia concede en circunstancias excepcionales. En el ámbito jacobeo vemos, en un primer momento, que la indulgencia es concedida a todos los peregrinos que mueren en el Camino, como recompensa por haber dado su vida en el viaje hacia la tumba del testigo de Cristo. La indudable presencia del Apóstol en la vida e historia de la Cristiandad llevó a la Iglesia a conceder también la indulgencia a todos aquellos que peregrinasen a Compostela en la festividad de Santiago, el 25 de julio. Este período de gracia se amplió en unos cuantos días, aumentándose a la totalidad del año a principios del siglo XII, cuando el arzobispo Xelmírez le pidió a Calixto II la gracia del Privilegio Jubilar, que fue concedido por el Pontífice en 1122, y ratificado por Alejandro III en 1179 mediante la bula Regis Aeterni. En este sentido, el Jubileo compostelano es más antiguo que el romano, ya que este último fue instaurado por Bonifacio VIII en 1300.
Los Años Santos compostelanos se celebrarán cada vez que la festividad del Apóstol, 25 de julio, coincide en domingo; hecho que se repite con un ritmo calendárico cíclico de 6-5-6-11 años. El primer Año Santo Compostelano se celebró en 1122, y con el de 1999 llevamos ciento diecisiete celebraciones; siendo dos de ellas extraordinarias, la de 1885, con motivo de la proclamación de la bula Deus Omnipotens, y el de 1938, que alargó el de 1937, para que pudieran acogerse a él los beligerantes de la guerra civil.
Esta indulgencia plenaria, por la cual se aplica el Tesoro inagotable de los méritos de Cristo, a fin de superar todas las secuelas de los pecados en esta vida y en la otra, se puede ganar una vez al día durante todo el Año Santo si se cumplen las siguientes condiciones: Visitar la catedral y rezar por las intenciones del Papa, al menos el Credo y el Padrenuestro; y confesión y comunión en el plazo de quince días, antes o después, realizadas con esta intención. Una confesión sirve para ganar varios jubileos, pero la comunión tiene que ser una por cada vez.
Carlos García Costoya