Alfa y Omega > Nº 159 > España
Una encuesta de «Alfa y Omega», sesenta años después
¿Han cicatrizado las heridas de la guerra civil?
Hoy, 1 de abril, se cumplen sesenta años del final de la trágica guerra civil española. Nada más lejos de nuestra intención que recordar los tristes fantasmas patricidas de tan incivil período de nuestra Historia. Bien al contrario, hemos buscado, en la respuesta a esta única y triple pregunta, que pensadores e historiadores de reconocido prestigio digan la palabra justa y necesaria de serena reconciliación, sesenta años después:
¿Cree usted que sesenta años después han cicatrizado las heridas de la guerra civil? ¿Está olvidada? ¿Se puede hablar ya de reconciliados y perdonados?
Vista panorámica
del Valle de los Caidos
Julián Marías
Yo escribí un largo ensayo titulado ¿Cómo pudo ocurrir?, porque me preguntaba cómo había podido ocurrir aquella cosa atroz que fue la guerra civil española. Hice un gran esfuerzo para entenderlo, porque pensaba que si en el año 33 alguien me hubiera dicho que en España podía haber una guerra yo habría contestado:está usted loco. En el año 34 no lo hubiera creído, pero ya no habría dicho esto.
Desde el punto de vista religioso, evidentemente, la guerra fue una persecución religiosa atroz. En la zona republicana millares de católicos y de sacerdotes, religiosos y obispos fueron asesinados; se quemaron cientos de iglesias y no hubo culto ninguno; pero, por otra parte, la Iglesia, que no podía, evidentemente, aceptar nada de esto, dio una especie de cheque en blanco al otro bando. Una vez, durante el régimen de Franco, cuando era arzobispo Casimiro Morcillo, di una conferencia en la catedral antigua de Madrid, en la que afirmé que lo más grave que había ocurrido durante la guerra había sido que en ninguna iglesia española se había rezado por todos los muertos. Hubo una aceptación por parte de la Iglesia de todo lo que se hacía en el bando nacional, y eso no se puede hacer.
Creo que la guerra está totalmente superada; la transición consistió precisamente en superarla; nadie trató de tener la herencia de ningún beligerante. La Monarquía significó, precisamente, un rey para todos los españoles, que no tenía nada que ver con la guerra ni hablaba en nombre de ninguno de los beligerantes. Verdaderamente se superó; pero lo que pasa es que hay gente que lo quiere resucitar y recordar, y quieren falsear las cosas. Hay una frase que yo repito mucho, y es que no hay que intentar contentar a los que no se van a contentar; creo que son pocos, pero hay gente que, pase lo que pase, no quiere olvidar la guerra, y miente sobre ella, y cuenta cosas que no pasaron realmente.
Leopoldo Calvo-Sotelo
La inmensa mayoría de los españoles ya no se duele de aquel desastre, como las gentes de mi generación ya no se dolían hace 50 años del Desastre de 1898. Durante cuarenta años prevalecieron dentro de España los argumentos de los vencedores; luego, en compensación inevitable, se han subrayado los argumentos de los vencidos. Salvo excepciones de escasa calidad, unos y otros se exponen ya con acritud decreciente.
¿Está ya la contienda olvidada y cabe hablar de reconciliación y de perdón?
Me parece que no es ésa la evolución normal de heridas tan profundas como las de 1936. Frente a la tópica actitud de quienes perdonan, pero no olvidan, pienso que sucede más bien lo contrario: que se olvida sin perdonar. En suma, la guerra civil está cada vez menos presente en la memoria de todos, está extensamente olvidada, pero todavía algunos, a un lado y a otro de la trinchera antigua, siguen sintiendo, cuando la evocan, que no pueden perdonar.
José María Escudero
Requetés de toda Navarra, concentrados en Pamplona
Mi respuesta es sí, en cuanto a la gran mayoría de los españoles que no vivieron la guerra civil, aunque, más que de perdón, habría que hablar de desconocimiento; pero un desconocimiento que se puede encajar en el ánimo de tolerancia venturosamente generalizado en la sociedad española actual.
Desgraciadamente, mi respuesta tiene que ser no en cuanto a quienes (no tan pocos, ni en la política ni en los medios de comunicación social) siguen refiriéndose a la guerra civil en términos de buenos y malos, sin el menor ánimo de olvido ni de perdón: unos, porque vivieron la guerra y no han sido capaces de superarla; otros, por asentimiento a unos simplificados y simplificadores planteamientos maniqueos, fundados en la ignorancia o en la tergiversación tendenciosa de lo que pasó.
Los que vivimos y sufrimos aquella tragedia y hemos consagrado obra y vida a evitar que se repita, y nos hemos esforzado por asimilar las razones que unos y otros tuvieron, y por rechazar las sinrazones que unos y otros se repartieron también, tenemos que registrar con dolor profundo la subsistencia del maniqueismo como uno de los mayores obstáculos para una convivencia verdadera.
José Antonio Vaca de Osma
Por principio soy contrario a llamar guerra civil a la que dividió a los españoles, con importante intervención extranjera, entre 1936 y 1939. Guerras civiles ha habido muchas en nuestra Historia. Prefiero aquí ahorrarme adjetivos. Cada bando tenía al suyo. Para los que la vivimos, fue nuestra guerra. Así, sin más, aunque sin olvidar las importantes motivaciones religiosas. ¿Han cicatrizado sus heridas? Así debería ser. ¿Quién se acordaba de la guerra de Cuba en 1936, y sólo habían pasado treinta y ocho años? Por desgracia, hay elementos que se empeñan cada día en mantener abiertas esas heridas con un resentimiento enfermizo, y no son precisamente los vencedores en aquella contienda, ni sus herederos. Son más bien los que quieren apuntarse a la moda falsamente progresista, aunque a algunos se les vea al pelo de la dehesa. Así todos pertenecen a ese mundillo oportunista de ciertos pseudo-intelectuales vinculados a intereses económicos y políticos de hoy.
¿Está olvidada?
Creo que, por fortuna, las nuevas generaciones ven aquello muy lejos, la guerra de papá, y se preocupan mucho más de los problemas del día y de labrarse el futuro. Lo que es muy de lamentar es la información tergiversada, falsedad tras falsedad, que ciertos personajillos y algunos medios pretenden dar a la juventud de nuestros días acerca de los motivos y del desarrollo de la guerra del 36 al 39. Y no digamos de los años que vinieron después. Esperemos que el paso del tiempo y la perspectiva histórica pongan las cosas en su punto. Lo más importante es que no se repitan las causas que dieron lugar a aquel enfrentamiento.
¿Se puede hablar ya de reconciliados y perdonados?
Pocos, muy pocos van quedando de los protagonistas y testigos adultos que vivieron aquellos años. Los veteranos de entonces confío en que están dispuestos al perdón y al abrazo. Los que no tienen perdón son los que por motivos políticos de hoy avivan las brasas y se aprovechan del cine, de la televisión, de la novela, de la prensa y hasta de la cátedra para seguir ciertas consignas y compensar, a su modo, su desilusión por la caída del muro de Berlín.
Luis Suárez Fernández
La respuesta no puede ser breve: si o no, pues el hecho histórico en España, desde una perspectiva de 60 años, es muy peculiar. En 1939 uno de los dos bandos en guerra obtuvo aparentemente una victoria completa, cautivando y desarmando al ejército contrario. Pero antes de que se cumplieran los cuarenta años de aquella efeméride, el bando vencido volvió al poder. Es cierto que el compromiso, a nivel internacional, era evitar represalias, pero éstas se referían a los aspectos materiales y no a los morales. El único modo de convertir la derrota en victoria consiste en negar toda legitimidad al adversario. Ésta es la situación que se está dando. De modo que los acontecimientos de 1936 a 1975 se presentan, con toda lógica, sólo en su aspecto negativo. En consecuencia, desde el punto de vista mental, no hay reconciliación. Se ha hecho el homenaje a las Brigadas internacionales que lucharon en un bando, pero se entenebrece cualquier recuerdo sobre los voluntarios que combatieron en el otro. La memoria de quienes protagonizaron los cuarenta años pasados, es maldita y se insiste en los matices oscuros silenciándose los favorables, que existieron, sin duda, como en cualquier tiempo.
Desde medios más o menos oficiales, se procura que la guerra, contemplada ahora desde este otro signo, no se olvide. Es natural que así sea, pues hay una cuestión clara de legitimidad que el actual sistema político procura desvincular cuidadosamente de los entonces vencedores para rescatar a los vencidos. Sólo de este modo se puede fundamentar. ¿Quién puede perdonar y a quién? El perdón requiere que alguien reconozca sus culpas y el otro pueda erigirse en juez. Fue un error que se cometió ya en el pasado y que sigue en pie. Parece, incluso, que los mártires por su fe deberían pedir perdón, lo que no deja de ser absurdo. Falta mucho, aún, para que se pueda dar el paso decisivo que consiste en reconocer que todo el mundo tenía algo de razón y ninguno la poseía por completo. Al contrario, parece que, aunque hayan cambiado los poseedores de esa razón, las posturas siguen siendo igualmente rígidas.
Juan María Laboa
Un grupo de milicianas en Madrid
Sesenta años parecen suficientes para cicatrizar heridas y olvidar agravios, tal como han demostrado franceses y alemanes tras la segunda guerra mundial. En el caso que plantea la pregunta, tenemos que tener en cuenta la profunda reconversión de la comunidad eclesial española que ha conseguido efectos espectaculares.
Si consideramos la guerra civil fundamentalmente como una revolución social, tenemos que asegurar que el desconocimiento mutuo y el enfrentamiento violento entre Iglesia y mundo obrero ha desaparecido del todo. Uno y otro han evolucionado al compás del Concilio, la primera, y de las condiciones sociopolíticas, el segundo, y ambos son más tolerantes y respetuosos, más acogedores y más integradores. En este caso, creo que se puede hablar más que de coexistencia de auténtica reconciliación.
Más difícil es hablar de reconciliación con la izquierda cultural, otro de los elementos activamente presentes en la contienda civil. Sinceramente, creo que la Iglesia ha efectuado, también en este caso, un profundo examen de conciencia y una conversión espectacular que no ha encontrado su contrapartida en el ámbito cultural progresista. Éstos, que no siempre suceden a la izquierda histórica sino que, a menudo, son hijos de la derecha franquista, mantienen un enfrentamiento, al menos, verbal con la Iglesia, que me resulta anacrónico, injusto y desconcertante. Han abandonado generalmente su componente social y se contentan con centrar sus ataques en una Iglesia que ya no existe, y que seguramente nunca existió tal como la describen.
Por otra parte, creo que, a estas alturas, el tema de la guerra civil debería quedar en los libros de Historia y, tal vez, como punto de referencia obligado en nuestros exámenes de conciencia respectivos, pero no como arma arrojadiza ni como argumento dialéctico.
José Andrés-Gallego
No es fácil dictaminar sobre si la guerra civil de 1936 ha sido o no superada. Se trata de un terreno resbaladizo, en el que fácilmente uno puede tender a decir lo políticamente correcto, confundiendo así la realidad con el deseo. A mí me parece que la generación que hizo la guerra no la ha superado, ni quizá pueda superarla. Mi padre, a quien le tocó luchar en ella, solía decir que su generación envejeció diez años por esa experiencia. Y un envejecimiento así no es posible olvidarlo. Otra cosa es que, además del recuerdo, haya revancha u odio. De esto, queda, felizmente, muy poco. Los años, para nadie pasan en balde, y el cambio sustantivo que hubo en la economía y en la vida cotidiana española desde 1960, un cambio que benefició a todos, fue ya un elemento primordial de superación.
Las diferencias con la paupérrima España de 1936 se hicieron demasiado tangibles. En aquellos años sesenta, cuando la amnistía, presencié el regreso de un exiliado comunista; el mismo día de llegar, me pidió un número de teléfono y le alargué la guía telefónica de Madrid. Al verla tan gruesa, me dijo: Son los de toda España, claro. Cuando le dije que no, comentó, sorprendido, que Madrid tenía más teléfonos que Méjico. Llevaba años creyendo que la España a la que quería volver era la misma de 1939, que él había dejado, depauperada y corroída por el mercado negro y también por el odio. Y, como él, la mayoría de los exiliados.
Simultáneamente, en aquellos años sesenta, se desarrolló el Concilio y, con él, despertó en el clero español una sensibilidad especial que le indujo a esforzarse en comprender las posturas de izquierda. Seguramente, los responsables de PPC (Propaganda Popular Católica) se enterarán ahora, por esta líneas, de que, en los años setenta, uno de los guardas nocturnos de la empresa era un antiguo ugetista y soldado rojo. Pues bien, volvía a casa entusiasmado, después de haber consumido la noche leyendo Vida Nueva y otras publicaciones católicas. Sin duda, eso tuvo también consecuencias malas. No resolvió el problema del odio. Pero contribuyó a superar la guerra o, al menos, a desdibujar los bandos en que cada uno se situaba. Por decirlo gráficamente, muchos de los socialistas que llegaron al Gobierno en 1982 no eran hijos de socialistas, sino de nacionales.
Los años sesenta fueron también -acabo de apuntarlo- los del comienzo del cambio político, con la Ley de Prensa, de 1966, y con la amnistía para los exiliados que no habían cometido delitos de sangre. Es revelador que, en las siguientes décadas (años setenta, ochenta, parte de los noventa), el recuerdo de la guerra se haya mantenido más vivo, mucho más, en las regiones afectadas por el nacionalismo (Cataluña y Euskadi). Señal inequívoca de que el recuerdo se perpetuó allí donde Franco lo hizo peor, o donde la oposición a Franco acertó a arraigar en el fondo telúrico de los pueblos; un fondo en el que el desarrollo económico y la apertura política de los años sesenta actuó en sentido contrario al del resto de España: fue un acicate para protestar por la falta de libertades y, allí, la libertad enlazaba con el recuerdo del papel de los nacionalismos en la guerra.
No digo con esto que todo terminara en aquellos años. Digo tan sólo que fue entonces cuando empezó a cambiar. El resto fue obra del paso del tiempo y del nacimiento de una nueva generación. La mayoría de nuestros hijos tiene una idea muy vaga de lo que sucedió en España en 1936. Si lo ignorasen porque se les hubiera ocultado, mala cosa sería. La Historia hay que asumirla. Y ellos, en efecto, lo estudian en Sociales y en la asignatura de Historia del bachillerato y de COU. Más aún: muchos profesores se lo explican vinculándolo estrechamente al régimen de Franco (que, en realidad, no se debería confundir con la guerra), y les hacen todo tipo de comentarios negativos. Hace meses, por la calle, oí que un niño preguntaba a su padre si había habido un hombre malo que se llamaba Stalin; el padre -por la edad, un hombre de posguerra- le dijo que sí, pero que también en España había habido otro parecido, que se llamaba Franco. Se han borrado incluso los límites y la proporción de las cosas. Pero nuestros hijos no parecen escuchar nada de esto. (Porque una cosa es oír, y otra, escuchar). Para ellos, la guerra constituye un mundo tan lejano como la Armada Invencible o el descubrimiento de América, y menos importante.
Y es que fue menos importante, por duro que sea reconocerlo a quienes más la sufrieron y a quienes más la recuerdan.
Alfa y Omega
Martinmorales, en ABC