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Homilía del Papa en la clausura del Sínodo de los Obispos de Europa
La unidad europea se construye sobre fundamentos espirituales
Con esta solemne celebración eucarística se concluye la Segunda Asamblea Especial para Europa del Sínodo de los Obispos. A Ti, Padre omnipotente, por Ti, Hijo Redentor, en Ti, Espíritu Santo, hoy damos gracias. Expresamos nuestro agradecimiento también por la serie de Asambleas sinodales continentales, a través de las cuales la Iglesia ha llevado a cabo estos años una amplia reflexión en el umbral del gran Jubileo de los dos mil años de la venida de Cristo al mundo. Así inició el Papa su homilía en la Eucaristía de clausura del Sínodo de los Obispos de Europa:

Motivo de renovada gratitud a la divina Providencia -añadió- es la misma oportunidad que se nos ha brindado de encontrarnos, escucharnos, confrontarnos: de este modo nos hemos conocido y edificado mutuamente de forma más profunda, sobre todo gracias a los testimonios de aquellos que, bajo los pasados regímenes totalitarios, soportaron por la fe duras y prolongadas persecuciones.
Con espíritu agradecido hacia cada uno de vosotros, venerables hermanos en el episcopado, que he encontrado casi todos los días durante estas semanas de intenso trabajo, hago mías las palabras del salmista: Pero ellos dicen a los santos de la tierra: Gracias de corazón por el tiempo y las energías que habéis dedicado generosamente por el bien de la Iglesia peregrina en Europa.
Quiero reservar una palabra especial de agradecimiento a todos aquellos que han colaborado en el desarrollo del Sínodo, prestando su ayuda a los padres sinodales; el pensamiento se dirige, especialmente, al Secretario General y a todos sus colaboradores, a los Presidentes delegados y al Relator General.
Después de veinte siglos, la Iglesia se presenta en el umbral del tercer milenio con este anuncio, que constituye su único tesoro: Jesucristo es el Señor; en Él y en ningún otro está la salvación; Él es el mismo ayer, hoy y siempre. Es el grito que resonó en el pecho de los discípulos de Emaús, que regresan a Jerusalén tras su encuentro con el Resucitado. Han escuchado su palabra ardiente y lo han reconocido cuando partía el pan. Esta Asamblea sinodal, la segunda para Europa, se cierra con el signo del testimonio alegre que emana de la experiencia de Cristo, viviente en su Iglesia. La fuente de esperanza, para Europa y para el mundo entero, es Cristo, el Verbo hecho carne, el único mediador entre Dios y el hombre. Con firme convicción, la Iglesia repite a los hombres y a las mujeres del Dos Mil, y, en especial, a los que viven inmersos en el relativismo y en el materialismo: ¡acoged a Cristo en vuestra existencia! Quien lo encuentra conoce la Verdad, descubre la Vida, halla el Camino que a ella conduce. Este anuncio de esperanza, esta Buena Noticia es el corazón de la evangelización. Ésta es antigua en lo que concierne a su núcleo esencial, pero nueva en lo relativo al método y a las formas de expresión apostólica y misionera. Vosotros, venerables hermanos, durante los trabajos de la Asamblea que hoy se concluye, habéis acogido la llamada que el Espíritu dirige a las Iglesias de Europa para comprometerlas frente a los nuevos desafíos. No habéis tenido miedo de mirar con ojos abiertos la realidad del Continente, evidenciando tanto sus luces como sus sombras. Es más, frente a los problemas actuales, habéis dado orientaciones útiles para que el rostro de Cristo sea cada vez más visible a través de un anuncio más incisivo, corroborado por un testimonio coherente.

En este sentido, luz y consolación nos llegan de los santos y santas que llenan la historia del continente europeo. El pensamiento se dirige, en primer lugar, a las santas Edith Stein, Brígida de Suecia y Catalina de Siena, a las cuales he proclamado Copatronas de Europa, poniéndolas al lado de los santos Benito, Cirilo y Metodio al inicio de esta Asamblea sinodal.
Pero, ¿cómo no pensar en los innumerables hijos de la Iglesia que, durante estos dos milenios, han vivido en la sombra de la vida familiar, profesional y social una santidad no menos generosa y auténtica? Y ¿cómo no rendir homenaje a la gran cantidad de confesores de la fe y a los muchos mártires de este último siglo? Todos ellos, como piedras vivas unidas a Cristo piedra angular, han construido Europa como edificio espiritual y moral, dejando a sus descendientes la herencia más valiosa.
Nuestro Señor Jesucristo lo había prometido: El que crea en mí, hará él también las obras que yo hago, y mayores aún. Los santos son la prueba viviente del cumplimiento de esta promesa, animándonos a creer que ello es posible también en los momentos más difíciles de la Historia. Si dirigimos la mirada hacia los siglos pasados, tenemos que dar gracias al Señor, pues el cristianismo ha sido en nuestro continente un factor primario de unidad entre los pueblos y las culturas, y de promoción integral del hombre y sus derechos.
Si ha habido comportamientos y elecciones que, desgraciadamente, han ido en sentido contrario entonces, en este momento en el que nos preparamos a atravesar la Puerta Santa del gran Jubileo, sentimos la necesidad de reconocer humildemente nuestras responsabilidades. Se pide a todos los cristianos esta necesaria concienciación para que, más unidos y reconciliados, y con la ayuda de Dios, puedan acelerar la venida de Su Reino.
Se trata de una cooperación fraterna, más urgente aún en el período que estamos atravesando, caracterizado por una nueva fase en el proceso de integración europea y por una fuerte evolución a nivel multiétnico y multicultural. A este respecto, hago mías las palabras del Mensaje final del Sínodo, deseando con vosotros, venerables hermanos, que Europa sepa garantizar, con fidelidad creadora a su tradición humanística y cristiana, la primacía de los valores éticos y espirituales. Es éste un deseo que nace de la firme convicción de que no hay unidad verdadera y fecunda para Europa si no está construida sobre sus fundamentos espirituales.

Oremos por ello durante esta celebración. Invitados por el Salmo responsorial, repitamos: Muéstranos, Señor, el camino de la vida. En cada momento de la vida, Señor, muéstranos el camino que debemos recorrer. Estas palabras asoman a los labios del creyente, especialmente ahora que la Segunda Asamblea Especial para Europa está llegando a su fin: Sólo Tú, Señor, puedes indicarnos el camino que hay que seguir para ofrecer a nuestros hermanos y hermanas de Europa la esperanza que no defrauda. Y nosotros, Señor, te seguiremos dócilmente.
La tradición iconográfica del Oriente cristiano nos ayuda en nuestra oración, ofreciéndonos un modelo de referencia elocuente: es el icono de la Virgen Hodigitria, que muestra el camino. La Madre indica con la mano al Hijo que lleva en brazos, recordando a los cristianos de todas las épocas y lugares que Cristo es el camino a seguir. Por su parte, la Iglesia, al reflejarse en el icono, ve en María, por así decirlo, tanto a sí misma como su misión: indicar Cristo al mundo, único camino que lleva a la Vida.
¡María, Madre solícita de la Iglesia, ven a nuestro encuentro y muéstranos a tu Hijo! Sentimos que la Virgen responde a nuestra confiada imploración indicándonos a Jesús y diciéndonos, como a los siervos de las bodas de Caná: Haced lo que Él os diga.
Con la mirada fija en Cristo volved, queridísimos hermanos y hermanas, a vuestras comunidades, fortalecidos por la seguridad de que Él vive en la Iglesia, fuente de esperanza para Europa.
Composición del Consejo Postsinodal
-Cardenal Miloslav Vlk, arzobispo de Praga (República Checa).
-Cardenal Antonio María Rouco Varela, arzobispo de Madrid (España).
-Cardenal Dionigi Tettamanzi, arzobispo de Génova (Italia).
-Cardenal Christoph Schönborn, O.P., arzobispo de Viena (Austria).
-Monseñor Nikolaos Fóscolos, arzobispo de Atenas (Grecia).
-Monseñor José Saraiva Martins, Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos.
-Monseñor Audrys Juozas Backis, arzobispo de Vilna (Lituania).
-Monseñor Tadeusz Kondrusiewicz, arzobispo titular de Ippona Zárito y Administrador Apostólico de la Rusia europea (Rusia).
-Monseñor Józef Miroslaw Zycinski, arzobispo de Lublin (Polonia).
-Monseñor Josip Bozanic, arzobispo de Zagreb (Croacia).
-Monseñor Joseph Doré, arzobispo de Estrasburgo (Francia).
-Monseñor Karl Lehmann, obispo de Mainz (Alemania).
-Monseñor Lubomyr Husar, Presidente del Sínodo de Iglesias de Ucrania.
-Monseñor V. Nichols, obispo auxiliar de Westminster (Gran Bretaña).