Alfa y Omega > Nº 184 > Iglesia en Madrid
La voz del cardenal arzobispo, sobre el Sínodo de los Obispos de Europa
En estrecha comunión
Ofrecemos la entrevista realizada por el padre Ignacio Arregui S.J., Director de los Servicios informativos centrales de Radio Vaticana, y emitida por la radio del Papa, al Relator General del reciente Sínodo, nuestro cardenal arzobispo Antonio Mª Rouco

Señor cardenal, usted ha tenido un papel importantísimo en este segundo Sínodo de Europa. Como Relator General, ¿cuál es, a su juicio, la novedad más importante de esta Asamblea?
Un rasgo destacado en este Sínodo es que la Iglesia, toda la Iglesia en Europa, no sólo la Iglesia en los países llamados occidentales antes de la caída del muro, y la Iglesia en los países de la Europa oriental (como así se llamaba antes de la caída del muro), hemos encontrado un camino para tomar conciencia común de la misión de la Iglesia en toda Europa, desde Occidente hasta las partes incluso geográficamente más lejanas. Es más, en el Sínodo se ha subrayado mucho una concepción de Europa, no sólo apoyada en los datos geográficos, sino en lo que podía llamarse su configuración cultural, histórico-política, humana e incluso espiritual. Yo creo que esa toma de conciencia, ya plena y completa por parte de toda la Iglesia en Europa, de cuáles son sus problemas y cuáles tienen que ser las respuestas pastorales de la misma, me parece que es uno de los aspectos mas destacables y más valiosos de este Sínodo.

A su juicio, ¿el mensaje responde y el documento final responderá a la expectación de Europa?
El Sínodo termina ofreciéndole al Santo Padre sus propuestas que son el fruto propio del Sínodo. Es un texto de saludo, dado que los obispos nos hemos reunido en Sínodo, junto al Papa, y no queremos marcharnos sin decir unas palabras de reflejo de lo que hemos vivido, de aliento para nuestras comunidades diocesanas, para toda la Iglesia en Europa. Pero no es el fruto propiamente hablando del Sínodo. El fruto propio del Sínodo son las proposiciones que después se encajarán y se estructurarán a través de la Exhortación apostólica del Papa.

¿Qué ha sido, señor cardenal, lo más positivo de este Sínodo?
En mi contestación a su primera pregunta ya le hablaba de la experiencia de comunión de los obispos de las dos partes de Europa, hasta el año 1989 muy separadas, y creo que ahí se encuentran los aspectos, a mi juicio, más positivos y más impresionantes de este Sínodo. Nosotros tenemos mártires de la fe; no ya sólo el Papa con su atentado de 1981, que le ha marcado también de algún modo con el sello de confesor de la fe usque ad sanguinem, sino también obispos, que están aquí con nosotros, y que han vivido en su carne la fidelidad apostólica al Señor. Nadie podía, creo yo, en este Sínodo hurtarse a la llamada del Señor a todos nosotros para ser testigos del Evangelio, sin medias tintas, con gran entusiasmo, con gran entrega y con gran esperanza, en la asistencia del Espíritu.

Eminencia, ¿cómo ha visto a los 179 participantes que representaban a todas las Iglesias locales de Europa?
Como hermanos, no sólo en el sentido teórico o teológico de la palabra, sino como hermanos en la expresión más plena y viva de la palabra. Es cierto que no todos podemos encontrarnos en la misma capilla, ni podemos participar todos los días en los mismos lugares y en la misma mesa, o aprovechar los tiempos libres para hablar todos con todos. Pero el contexto general, tanto de las deliberaciones en las asambleas generales del Sínodo, como en los trabajos de grupo, etc., y en las amistades que, más o menos espontáneamente, se han ido hilando a lo largo de los días del Sínodo, son suficientemente hondas e intensas en su contenido espiritual, en su contenido humano. Nos hemos sentido todos profundamente hermanos, en la colegialidad, en el afecto colegial, y esto se notaba, en estrecha unión con el Papa. El Papa ha estado siempre en medio de nosotros en todas las asambleas del Sínodo y nos ha invitado a su mesa a todos los participantes. Eso también ha contribuido a que la impostación (como dicen los italianos) del Sínodo en la vida de la Iglesia haya sido muy viva. Hemos tenido entre nosotros a expertos, invitados (sobre todo los representantes de la Unión de Superiores Mayores), a hermanos o delegados fraternos de las Iglesias separadas.

A lo largo de estos veinte días ¿ha experimentado alguna evolución, en el tema, en el tono, en las conclusiones, respecto sobre todo de los documentos iniciales?
Efectivamente, sí ha habido una evolución en el sentido de que se fue concentrando, creo yo, el interés, la atención de los sinodales, con la colaboración de expertos, etc., de auditores, de los participantes como invitados, de que había cuestiones más centrales y cuestiones menos centrales. Y creo yo que eso es lo que al final va a ser más notable en el trabajo sinodal y en el fruto que podemos ofrecer al Papa, y que luego el Papa ofrecerá a la Iglesia. No nos hemos perdido en el análisis y en el estudio de cuestiones menores, de segundo rango; sino que nos hemos concentrado en las grandes cuestiones que tienen que ver con el Evangelio, con la fe, y con la respuesta y el servicio de la Iglesia a la fe y al Evangelio, la respuesta a los hijos de este viejo continente, a la luz del Evangelio.

Todo el mundo ha mirado a este Sínodo en la convicción de que Europa, en la tradición, en la Historia, en la actual vida de la Iglesia, tiene mucho que decir, y que lo que diga y haga hoy la Iglesia en Europa puede ser como un camino, al menos a observar, para otras Iglesias. ¿Se siente satisfecho de su experiencia personal en esta grande responsabilidad?
Doy gracias a Dios y al Santo Padre, que me nombró Relator General, y a los obispos españoles, porque me han elegido para ser miembro del Sínodo. Pero se trataba de un servicio, en primer lugar, al Señor. Luego, a la Iglesia, al Papa y a los obispos. En esta hipótesis, el haberlo hecho con una colaboración muy buena de obispos hermanos, de asesores, de teólogos de espléndida preparación, ha sido una experiencia de Iglesia y de ministerio episcopal muy grande y gozosa.

¿Está convencido de la utilidad de esta estructura y de este sistema del Sínodo?
Yo creo que sí. Porque la relación entre el ejercicio del Primado del Romano Pontífice, y las responsabilidades de los obispos y su relación mutua en torno al principio de la colegialidad episcopal jerárquicamente estructurada, tal como la define el Concilio Vaticano II, ha encontrado en los Sínodos una forma práctica, mejorable siempre, real y práctica, y fecunda, para el acompañamiento continuo de la acción de gobierno pastoral de la Iglesia; sobre todo, en estos años finales del segundo milenio, en que el número de obispos ha llegado a unas cotas enormes, y donde la comunicación, por otro lado, tanto entre las personas como las noticias, se hace tan fácil, tan rápida y tan viable.
© 2006. Alfa y Omega, Semanario católico de información. Fundación San Agustín, Arzobispado de Madrid