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Habla el Papa
Carta a los ancianos

He sentido el deseo, siendo yo también anciano, de ponerme en diálogo con vosotros. Los hago, ante todo, dando gracias a Dios por los dones y las oportunidades que hasta hoy me ha concedido en abundancia. Al recordar las etapas de mi existencia, me vienen a la memoria recuerdos de hechos ordinarios y extraordinarios, de momentos alegres y de episodios marcados por el sufrimiento. Pero, por encima de todo, experimente la mano providente y misericordiosa de Dios Padre, el cual cuida del mejor modo todo lo que existe y nos escucha si le pedimos algo. A Él me dirijo con el Salmista: Dios mío, me has instruido desde mi juventud, y hasta hoy relato tus maravillas, ahora, en la vejez y las canas, no me abandones, Dios mío, hasta que describa tu brazo a la nueva generación, tus proezas y tus victorias excelsas.
Mis queridos ancianos, me siento afectuosamente cercano a vosotros. Cuando Dios permite sufrimiento por la enfermedad, la soledad u otras razones relacionadas con la edad avanzada, nos da siempre la gracia y la fuerza para que nos unamos con más amor al sacrificio del Hijo y participemos con más intensidad en su proyecto salvífico. La Iglesia aún os necesita. Ella aprecia los servicios que podéis seguir prestando en múltiples campos del apostolado, cuenta con vuestra oración constante, espera vuestros consejos fruto de la experiencia y se enriquece del testimonio evangélico que dais día tras día. La fe ilumina el misterio de la muerte e infunde serenidad en la vejez. Son años para vivir con un sentido de confiado abandono en las manos de Dios, Padre providente y misericordioso.
(1-X-1999)