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¿Futuro soportable?

Portada del libro
El resultado de las recientes elecciones en Cataluña ha servido, entre otras cosas, para darle un aviso al nacionalismo desmadrado. Todo tiene un límite en esta vida y es muy posible que lo que ha ocurrido en Cataluña esté siendo leído con lupa en el País Vasco y, aunque tal vez menos, en otros sitios. Si usted quiere aclararse un poco respecto a ese notable intríngulis que es el mundillo nacionalista vasco, le aconsejo que no deje de leer estas sugestivas y lucidísimas páginas que acaba de editar en Espasa Jon Juaristi, a quien usted, si está medianamente interesado en lo que pasa a su alrededor, recordará por su extraordinario ensayo El bucle melancólico.
Lo que es este nuevo libro de Juaristi, lo cuenta él mismo en el prólogo que escribe en forma de carta a su amigo irlandés Conor Cruise O'Brian. Le dice: He querido hablar en estas páginas del retorno de lo sagrado, es decir, de lo sacrificial, de los fantasmas que exigen un pago de sangre; de la némesis sagrada que comenzó a devastar mi país cuando parecía que la secularización había triunfado y se abrían ante nosotros amplias perspectivas de libertad. Este libro habla de los últimos treinta años del nacionalismo vasco desde el punto de vista de un agnóstico, para el que la democracia -la denostada democracia liberal, formal, o parlamentaria- sigue siendo el menos malo de los sistemas políticos, pero que piensa también que el sentirse demócrata no resuelve nada si uno persiste en no enterarse de cómo se respira en los alrededores de donde vive.
No cree Juaristi que el País Vasco tenga fácil remedio y vislumbra un porvenir de exilio. Su libro concluye con estas impresionantes palabras: Algunos, es verdad, tendremos que irnos a otra parte, pero no porque se nos expulse. Imperará aquí la norma primera de todo conformismo, la que Arzalluz me ha recordado con frecuencia en los últimos meses: no estás contento, ancha es Castilla. Dice Juaristi que la sola idea de pasar lo que le quede de vida oyendo los discursos de Arnaldo Otegui, rellenando los cuestionarios de los inspectores lingüísticos y acudiendo a los copetines inaugurales de las exposiciones del Guggenheim-Bilbao, le produce sudores fríos, pero admite que para muchos otros puede ser un programa aceptable, algo así como una combinación del franquismo tardío con el Principado de Andorra. Algo perfectamente soportable. ¿De verdad? ¿De verdad que aceptable y soportable?
M. A. V.
La conversión, esa fuerza

Portada del libro
Se ha escrito que, si el mundo romano no se hubiera convertido al cristianismo, se hubiera hecho mitríaco. Más allá de suposiciones propias de la ficción histórica, lo que sí afirmamos es que la fe en Jesucristo ha configurado nuestra sociedad, en la medida en que ha penetrado en la cultura, caldo de cultivo del hombre. En el sustrato de ese humus se encuentra un fenómeno de características diferenciadas: la conversión. Como afirma el autor de esta magnífica obra, Gustave Bardy, la idea de conversión fue extraña a la mentalidad greco-romana. Que un hombre renunciara a la religión de su ciudad natal y de sus antepasados, y se entregara a un culto no propio, era, por lo menos, poco común.
Ediciones Encuentro nos presenta un libro de muy largo recorrido intelectual y geográfico. Este estudio es magnífico por muchas razones, de entre las que cabe destacar la claridad expositiva, la rigurosa e inteligente utilización de las fuentes y la sistemática presentación del panorama de los procesos de conversión, que abarca desde la original idea de la conversión en el paganismo greco-romano, hasta el último capítulo dedicado a la apostasía. No en vano, el tratamiento del estudio de la conversión es, fundamentalmente, histórico. Bien es verdad que, aunque se echa en falta una mayor profundización de la teología de la conversión, entre las páginas se van desgranando los suficientes rudimentos para entender las implicaciones personales y sociales del descubrimiento de la realidad de Jesucristo en la vida de las personas y de las sociedades. En el curso de los siglos, pueblos enteros han llegado a la Iglesia siguiendo a sus príncipes y reyes. Por muy importantes que hayan sido estos acontecimientos, tienen, a los ojos de Bardy, menos relevancia que las conversiones individuales provocadas por la sorpresiva gracia de Dios en los hombres rectos y leales, san Pablo, san Justino, Arnobio, Lactancio o san Agustín, entre otros, que jamás se opusieron a la verdad.
J. F. S.
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