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Muestrario de Cristianos
El voluntario
Da gusto con el voluntario. No hace falta repetirle las cosas. Ni apenas decírselas por vez primera. Es él el que se adelanta a adivinar lo que hay que hacer. Está siempre dispuesto al servicio y al sacrificio. Duerme, como las liebres, con un ojo abierto y le pasa como a Samuel, que antes de que le llamara el Señor ya le había dicho: Habla, que tu siervo escucha (1 Sam 3, 10). Da gusto.
Animoso como es y desprendido, el voluntario anda siempre de la zeca a la meca echando una mano donde haga falta. Su especialidad son los marginados de cualquier género y especie. Con todos ha tenido algo que ver. Los enfermos le conocen. Los presos le esperan. Los drogadictos le respetan. Los emigrantes cuentan con él. Da gusto. Si hay que buscarle será en el barrio, en el asilo o en la chabola. El voluntario es una variedad del samaritano, que son siempre cristianos de primera fila. De esos que es una bendición encontrárselos en el camino.
Por cierto ¿no fué el Maestro el gran voluntario que ofreció su vida por la salvación de todos? Por eso el voluntario sustancia desde siempre su oración en expresiones como aquí estoy, Señor (1 Sam 3,16). O hágase en mí según tu voluntad (Lc 1,38). O, como dijo el Maestro en el huerto: No se haga mi voluntad sino la tuya (Mc 14,36).
Joaquín L. Ortega