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Punto de vista
La canción de Europa
Mientras las notas del canto del Evangelio en paleoeslavo penetraban en el corazón religioso del pueblo cristiano, que asistía a la celebración eucarística de la clausura del Sínodo de Europa, la columnata de Bernini alzaba sus brazos protectores sobre este continente viejo y cansado. Juan Pablo II, apoyando su cuerpo sobre el báculo transparente de gracia redentora, convertía la oración de su corazón en la savia que necesita esta tierra. A esta Europa, a nuestra Europa, sólo le queda la salida de reclinar su cabeza en la cruz de Cristo, para hacer de la dignidad de la persona humana el sustento de su propia historia. Movimiento vertical y horizontal que cruza la intersección de pensamientos embellecedores, de nuevas estéticas.
La figura de Juan Pablo II se transmutó en la imagen de Europa. Son dos historias paralelas, dos historias configuradas por el dolor, por el sufrimiento, por el trabajo, por la lucha en defensa del hombre, por el sentimiento arcano de la necesaria distribución de los bienes. Juan Pablo II, trascendido en el trabajo y en la plegaria de tantos hijos de la Iglesia, le ha gritado a la Europa que le vio nacer que recupere el principio vital, cimiento en la construcción de la casa común. El Papa habla de un Europa abierta a la realidad, más allá del movimiento sociológico de sociedades que se abren y se cierran, escrutinios de imposiciones revestidas de metodología científica. El Papa habla con el argumento del testimonio, de su vida de lucha por la defensa del hombre, que es acallado con nefastas sonatas ensordecedoreas. ¿O acaso no hemos sido los europeos especialistas en campañas propagandísticas de estereotipos y sucedáneos?
La columnata de Bernini, retorcida esperanza de tiempos pretéritos, alzaba sus brazos protectores en señal de plegaria, elevación de pensamientos humanos y de revelaciones divinas, de teorías antropológicas perdidas y no rescatadas. Este continente que ha roto con sus propios límites, con sus fronteras geográficas para rendirse a otras fronteras infranqueables, muros de divisiones nacionalistas, de reivindicaciones rastreras de prepotencias políticas, sociales y económicas, se empacha de unidades ficticias. El canto común de la familia europea, de los pueblos, de las naciones, de los Estados, ha dejado de ser polifónico. La música de los proyectos comunes del bienestar socializado ha perdido la riqueza de los matices de las tonalidades populares. Los cantos de la Europa de hoy son cantos de sirena. Ya no expresan el sentimiento profundo de los pueblos, el calor del hogar, de las raíces, del sentido de la fe que todo lo penetra. Los cantos de sirena de nuestra Europa son himnos artificiales que hablan de valores sin contenido, de proyectos sin utopías, de bienestar sin todos los hombres. Los cantos de sirena de la Europa de hoy son incapaces de hacer coro con la notas del Evangelio en paleoeslavo o en gregoriano, por mucho éxito que tengan los compact de los monjes de Silos.
José Francisco Serrano
Los hábitos de la máscara
Este pasado verano, la calle ha sido escaparate transeúnte y sucesivo de camisetas, ilustradas siempre con inscripciones varias, extravagentes y, a veces, excéntricas, y si ante ello nos extrañamos habría que plantearse varias cuestiones: si la Humanidad no es hoy una realidad plural; si el centro no es otra cosa que una referencia geométrica; si es lo mismo vagar por fuera que por dentro de uno mismo; si la extravagancia no es más que una metáfora. Pienso que las camisetas con sus inscripciones han sido como un graffiti en la pared del pecho, hábitos de la máscara de cada cual, conciencia del otro que con nosotros cohabita, porque vivimos, querámoslo o no, adosados a nuestra conciencia.
La verdad es que esas inscripciones delatan siempre algo: un deseo, una aspiración, una admiración, una nostalgia, una réplica, una crítica o un desafío. Digamos que la máscara es un disfraz de la conciencia, y también del idioma, pues muchas de esas inscripciones aparecen redactadas en inglés y uno se pregunta si el español no es un idioma lo suficientemente rico para expresar un pensamiento o un estado de ánimo, o simplemente se trata de un esnobismo que revela una cierta pobreza cultural, porque eso significa el presumir de colonizado.
Se advierte en quienes han utilizado esas camisetas una sana curiosidad por el conocimeinto de la geografía del universo, de otras culturas, de otras éticas o formas de vida; idolatría por los cantantes de moda, los actores de cine o los llamados héroes del fútbol, por marcas comerciales de los más recientes modelos de coches, de prendas de vestir o de calzado, y ésta es la mitología de nuestro tiempo, pero pienso si con estas identificaciones no corremos el peligro de obviar nuestra propia identidad, y si resulta que estamos reaccionando sólo por efecto de la sugestión mediática.
Se han visto también símbolos abstractos, o signos de un lenguaje críptico que aprece emergido del subconsciente, y creo que con esas inscripciones de las camisetas se podría hacer una radiografía de la sociedad actual, que sería, sin duda, imperfecta, y que habría de completarse con otros datos, pero de la que podrían extraerse señales de futuro.
Juan Carlos Villacorta