Alfa y Omega > Nº 188 > Iglesia en Madrid
La voz del cardenal arzobispo
Reino de verdad y de vida
«Jesucristo rey del Universo: Los ecos espirituales y pastorales de su fiesta en el umbral del año 2000» es el título de la exhortación pastoral de nuestro cardenal arzobispo esta semana. Dice en ella:
Cristo rey, del altar
de St. Wolfgang.
Iglesia parroquial
St. Wolfgang/
Abersee (s. XV)
La Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo, celebrada como umbral del Gran Jubileo del Año 2000, se nos presenta riquísima de sugerencias espirituales y pastorales de enorme actualidad.
En primer lugar, se nos acerca Él mismo, Nuestro Señor y Redentor, y se nos coloca en el centro más íntimo de nuestra vida personal y de la historia de nuestro tiempo como Aquél que, Resucitado y Glorioso, quiere recapitular todas las cosas en el cielo y en la tierra para sanarlas, salvarlas y llevarlas a única plenitud de verdad, de amor y de vida.
Jesús -Jesucristo- se nos acerca a la Iglesia y a cada uno de nosotros en la Solemnidad de Cristo Rey para que creamos en Él, Hijo Unigénito de Dios, el que se hizo uno de nosotros, rebajándose hasta la muerte y una muerte de Cruz; para que esperamos en Él, y para que le amemos con todo el corazón. El amor de Cristo ha sustituido siempre la clave de la vida de los santos. También es la clave de interpretación suprema de la de los 10 mártires de Turón y del Beato Benito Nenni, Fundador de la Hermanas Hospitalarias del Sagrado Corazón a quienes el Santo Padre acaba de canonizar en una emocionante ceremonia, en la Basílica de San Pedro. Amor que lleva, al que por gracia lo siente, lo acoge y responde, a ofrecer a Cristo la vida en el sentido más real de la palabra, para contemplar en su Cuerpo, que es la Iglesia, los dolores de su Pasión por los hombres. Amor que llevaba a Teresa de Jesús a decirle en hondísima poesía:
Vuestra soy, para Vos nací./ ¿Qué mandáis hacer de mí?
A eso nos lleva también hoy, en segundo lugar, la Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo: a preguntarle desde lo más hondo del alma convertida a su Amor: ¿qué mandáis hacer de mí? De mí, de mis bienes, de mis cualidades, de mi tiempo, de mi salud, de mi vocación en la Iglesia y en medio del mundo. ¿Adónde nos impulsa hoy el amor de Cristo? El Evangelio de la liturgia de este día nos da la respuesta: a dar nuestra vida por los pobres del mundo contemporáneo, tan lleno de cruelísimas carencias de alma y de cuerpo. Nos impulsa -especialmente a los laicos- a dar testimonio de forma sencilla y humilde, pero perseverante y eficaz, de esa insuperable Buena Noticia del Evangelio de la Salvación con obras y palabras, para que se cumpla lo que pedimos con toda la Iglesia a Dios en la Oración colecta: que toda la creación, liberada de la esclavitud del pecado, sirva a su majestad y le glorifique sin fin.
Una presencia clara y definida
El mundo -las realidades Temporales-, incluida la vida pública, necesita más que nunca de la presencia clara, definitiva, humildemente servicial e incansable, de los católicos, testigos del Amor de Cristo.
Porque no podemos olvidar la vigencia de la enseñanza del Concilio Vaticano II, cuando afirma: Si por autonomía de las realidades terrenas entendemos que las cosas creadas y las sociedades mismas gozan de leyes y valores propios que el hombre ha de descubrir, aplicar y ordenar paulatinamente, exigir esa autonomía es completamente lícito. No sólo lo reclaman así los hombres de nuestro tiempo, sino que está también de acuerdo con la voluntad del Creador... Pero si con las palabras «autonomía de las realidades temporales» se entiende que las cosas creadas no dependen de Dios y que el hombre pueda utilizarlas sin referirlas al Creador, todo el que conoce a Dios siente hasta qué punto son falsas las opiniones de este tipo. Pues sin el Creador la creatura se diluye.
Ciertamente, el amor de Cristo nos apremia a comprometernos con su Reino eterno y universal, el que se manifestará plenamente cuando Él vuelva en Gloria y Majestad: el Reino de la verdad y de la vida, el Reino de la santidad y de la gracia, el reino de la justicia, el amor y la paz.
ía, la Reina del Cielo y Madre de los hombres, el camino de ese compromiso, nacido del amor de su Hijo, nos ha quedado franqueado para siempre.
+ Antonio Mª Rouco Varela