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Dinero y persona:
¿Quién posee a quién?
El hombre puede ser un lobo para el hombre, cuando hay dinero y poder de por medio. Pero la economía y el mundo de la empresa son también espacios privilegiados para la realización del ser humano. No es una broma. Un curso de verano de la Universidad CEU San Pablo, sobre la Economía de comunión, acaba de ofrecer algunas muestras

Uno de los colectivos que recorre el trayecto Santa Cruz-Rincón (Bolivia) exhibe un gran póster con la imagen de Jesús y la leyenda: Si tienes amor, nada te falta. A la hermana Graciela, salesiana, se la llevan los demonios con estos mensajes de las sectas protestantes. Traducido a la realidad del entorno -explica-, las palabras significan: «No te preocupes, hijito, que Dios te quiere. Ya nos quedamos nosotros con tu plata, que el dinero es cosa del demonio...»
La indignación sorprende en quien hace suya, sin paliativos, la máxima de san Francisco de Sales: Donde hay menos nuestro, allí hay más de Dios. La hermana entiende su voto de pobreza como un inmenso don; vive feliz por saberse en manos de la Providencia. Dormía en el suelo hasta que unos voluntarios salesianos le regalaron una cama plegable. No sabe lo que significa ahorrar, porque todo lo que gana como directora del colegio lo reparte entre los necesitados. Los voluntarios le advierten de que su jubilación está cerca, y que de algo tendrá que vivir. Pero ella responde: «La Providencia, hijitos, la Providencia...»
Con los demás, parece aplicar otro rasero. El bienestar material de su comunidad le preocupa, y mucho. Prefiere trabajar con madres de familia, a las que ayuda a abrir pequeños negocios, o les proporciona bienes básicos para que generen excedentes e inviertan en vacas o cerdos Pero también es consciente de la debilidad humana. Conoce la traición. Tras haber hecho su pequeña fortuna, algunas personas han dejado de lado a Dios y a sus vecinos: se han convertido en pequeños tiranos, que pagan sueldos de miseria a otros y se pavonean de su nuevo estatus, haciendo ostentación de gastos superfluos. Otros pocos receptores de la ayuda se han convertido en personas dependientes, capaces de rebajarse hasta extremos indignos con tal de obtener algo de ella. Son minoría, pero plantean un terrible dilema: la riqueza que ayuda a generar puede ser, para algunos, causa de desgracia.
Recuperad la razón
El abad Primado de la Orden de San Benito, el hermano Notker Wolf, acaba de recibir un premio de una fundación alemana sobre estudios económicos por su obra Worauf warten wir? (¿A qué esperamos?) Es un convencido del liberalismo económico, por ser ésta la doctrina que mejor defiende la libertad y la propia responsabilidad del ser humano, hacia sí mismo y hacia los demás. Pero no se hace demasiadas ilusiones con respecto a la capacidad de esta ideología para crear un orden social justo. «La economía no tiene ética, sino los hombres que desempeñan tareas económicas», dice, en una entrevista al Frankfurter Allgemeine Zeitung. «La recuperación de los valores morales no puede ordenarse desde arriba», con decisiones de política económica. «Yo sólo puedo decir a la gente: Recuperad la razón».
No siempre es fácil. El dinero, como cualquier otro medio que aumente nuestro estatus, tiende a convertirse en obsesión, y a asemejarnos a depredadores. Un estudio de la universidad californiana de Berkeley apunta en esa dirección, y confirma una sospecha más o menos generalizada: los malos modales y la prepotencia son rasgos distintivos del nuevo rico y del recién ascendido. Tras dividir a una serie de personas en distintos grupos, y asignar distintos roles de autoridad en cada uno de ellos, los investigadores llevaron platos con galletas. Los primeros en abastecerse fueron, casi siempre, aquellos a quienes se acababa de investir de autoridad, que también cogieron las mejores galletas y fueron los más propensos a comer con la boca abierta y a ensuciar la mesa, entre otras lindezas. La conclusión del equipo del doctor Dacher Keltner es que el aumento del estatus social incrementa la desinhibición. Nuestros caprichos se han convertido en ley...
Lobos para el hombre
Una vuelta de tuerca más en este desprecio a los demás en provecho propio ha podido constatarse en algunas clínicas de belleza de Moscú, donde se han pagado hasta 15.000 euros por unas inyecciones con restos de bebés, a las que se atribuían propiedades terapéuticas y, sobre todo, para el rejuvenecimiento de la piel. Irlanda se dispone a otorgar el estatus de refugiados a los dos médicos ucranianos que denunciaron estas prácticas. Su relato, corroborado por el Consejo de Europa, exponía que, en algunas ex repúblicas soviéticas, se pagaba a las mujeres alrededor de 150 euros por niño abortado para confeccionar esos elixires de células madre, o más si el niño estaba en las últimas fases de gestación.
La explotación del hombre por el hombre tiene hoy mil caras. Sucede entre países, y entre ciudadanos de un mismo país. El Índice de Estados fallidos 2007, de la revista Foreign Policy, constata cierta relación paradójica entre la existencia de riquezas naturales en una nación y conflictos bélicos o amenazas terroristas. La desigualdad sangrante de la distribución de la riqueza es uno de los desencadenantes. La democracia, por el contrario, es un factor de estabilidad.
Ahora bien: en las ricas democracias, se observa una creciente pérdida de poder adquisitivo de los salarios frente al capital, fenómeno especialmente notorio en España, según la OCDE. Pero aunque la renta media se mantenga a niveles aceptables, en algunos países el enriquecimiento ha venido de la mano de síntomas alarmantes. Caso paradigmático es el de Corea del Sur. La tasa de natalidad ha caído en picado, lo contrario que la de suicidios. Mientras, en la rica Suecia, más rica últimamente gracias a los excelentes resultados macroeconómicos, ha nacido la moda del yoga para perros, como expone un informe del SEB Merchant Banking. Hay bebidas especiales para ellos, y también masajes. Desde esa mentalidad, no sorprende que la Iglesia luterana de Suecia se haya apresurado a bendecir los matrimonios homosexuales, que estudia legalizar el Parlamento. Si hay demanda, y es legal...
Economía de comunión
Entre unos y otros, ricos y pobres, «miles de millones de personas viven hoy frustradas» por motivos, en el fondo, muy similares. Don Alfonso López Quintás, catedrático emérito de Filosofía de la Universidad Complutense, lanzaba esta advertencia la semana pasada durante el curso de verano de la Universidad CEU San Pablo sobre Sostenibilidad y Economía de comunión, celebrado en La Granja de San Ildefonso (Segovia). «El dinero nos ciega para los grandes valores cuando lo convertimos en una meta», en lugar de «como un don que se nos da para mejorar la suerte de los demás y crear entre nosotros formas auténticas de encuentro». Porque el dinero, en sí, es sólo un medio para facilitar intercambios de bienes y servicios. Y el mercado puede ser un lugar de encuentro privilegiado entre personas.
Todo empieza por la empresa. En 1991, Chiara Lubich, fundadora del movimiento de los Focolares, puso en marcha el proyecto de la Economía de comunión. Las empresas que se adhieren a este modelo están concebidas como «expresión práctica de la doctrina social de la Iglesia, que podemos resumir en la prioridad del hombre frente al capital», explica don Antonio García, uno de los directores del curso organizado por el CEU. «Estas empresas están concebidas como comunidades de hombres. Se crea un clima empresarial donde la prioridad es siempre la realización personal, y todo el mundo es consciente de que trabaja por el bien de la sociedad, en la generación de bienes y servicios, y comprometido en fines que van desde la erradicación de la pobreza en el tercer mundo hasta los problemas de desempleo en un determinado lugar». Las relaciones con otros actores sociales (proveedores, clientes, inversores, competencia...) tienen también una nota distintiva: «Están basadas en la confianza, en la ayuda mutua, en la transparencia total, en la honradez», explica el señor Martínez. Por supuesto, debe haber beneficios, ya que la empresa tiene que subsistir. La peculiaridad, sin embargo, es que esos beneficios se destinan a tres objetivos prioritarios: la inversión en la propia empresa, la difusión de esa cultura del dar y la ayuda a los necesitados.
Parece demasiado bonito para ser verdad, pero esas empresas existen, y son viables. Hay, en todo el mundo, unas 800, 30 de ellas en España. Y funcionan, cree don Antonio García, «porque, en el fondo, cada uno de nosotros estamos hechos así: para el encuentro y para la relación con el otro. Cualquiera que esté en el mundo del trabajo sabe que, en este ambiente, damos lo mejor de nosotros mismos. Se genera grupo y un clima de confianza, lo que otorga ventajas competitivas. Esas relaciones de confianza y ayuda mutua son más favorables para afrontar situaciones de crisis». Pero, además, «todo esto es posible, porque la doctrina social de la Iglesia es verdadera. Estos planteamientos son los que llevan al hombre a su mayor realización». Se trata de «vivir el Evangelio en el mundo del trabajo. Esto significa dar sin esperar nada a cambio, buscar el reino de Dios y que lo demás se nos dé por añadidura...» A menudo se percibe, sin embargo, un efecto multiplicador. «El otro suele responder, en la medida en que puede o sabe, con los mismos valores». Anécdotas de este tipo no son las únicas de las que hablan estos empresarios, prosigue el señor Martínez. «Cuentan muchísimas experiencias de intervención de la Providencia. Cuentan, por ejemplo, cómo en situaciones de dificultad, cuando uno necesitaba aumentar su pedido, pero su comportamiento le impedía reducir los precios, llegaba un pedido excepcional de alguien que, expresamente, buscaba a una empresa que sabe que va a hacer bien el trabajo y que va a actuar con absoluta honradez. Dios tiene contados los pelos de nuestras cabezas...»
Empresarios de ley
«La gente debe conocer que esto es cierto. Lo demostramos con números, con balances». Habla así don José Alonso, gerente de Soidaria Organización y Servicio SLL., propietaria del centro de día para mayores La Miniera, en Dos Hermanas (Sevilla), y uno de los impulsores de la Asociación por una Economía de comunión en España. «En una empresa como la nuestra -dice-, donde es fundamental tratar con cariño al mayor, la motivación del empleado es fundamental. Pero estos principios son igual de válidos en una fábrica. Algunos empresarios son escépticos. Piensan que la Economía de comunión sólo sirve para empresas pequeñas, pero hay grandes grupos empresariales en otros países, uno con 50 empresas».
Los inicios de esta empresa, hace 3 años, son muy ilustrativos de uno de los rasgos más característicos de las empresas de Economía de comunión: el principio de legalidad. Sobre el papel, todas las empresas lo cumplen; en la práctica, sin embargo, hay algunas diferencias... El señor Alonso recibió una subvención, pero no gastó todo el dinero, y fue a devolverlo. «Nos dijeron que eso no les había pasado nunca, que no sabían ni cómo cogerlo... Nos aconsejaron traer cualquier factura para justificar los gastos... ¡Era tal cantidad de papeleo!» Aquel día, un funcionario aprendió a realizar un trámite que jamás antes había tenido oportunidad de ver: recuperar el dinero no gastado en una subvención.
Ni en este ni en otros aspectos, considera don José Alonso que las características de su empresa debieran considerarse extraordinarias. En particular, se refiere al ambiente de trabajo. «Simplemente, los empleados son valorados como personas, participan en la toma de decisiones... Es cierto que, a veces, no estamos acostumbrados más que a recibir órdenes y cumplirlas, y que el cambio sorprende... Eso sí, trabajar, se trabaja». Pero a gusto. «A algunas personas les han ofrecido trabajos mejor pagados, y no han querido irse». Saben, además, que dentro de poco habrá subida de sueldos, «en cuanto se pueda». Lo ha dicho don José. Y en esta empresa se respeta la palabra dada. La ONG focolar con la que trabaja Solidaria y Servicio sabe también que podrá contar pronto con una contribución mayor.
Tampoco han querido marcharse las empleadas de doña Soledad Alonso Vega de Seoane, por mucho que les hayan ofrecido sueldos mucho más altos. La señora Alonso fundó Notrelab, SL, un taller de alta costura que surte a algunos de los más renombrados diseñadores -y financia un proyecto de electrificación de un pueblo de África-, tras una experiencia que le cambió la vida: «Mi segundo hijo es autista. Cuando le llevaba al hospital, conocí a algunas personas que vivían auténticas tragedias. Quería ayudar, pero no sabía cómo. Y justamente por esa época asistí a un encuentro del movimiento de los Focolares sobre la Economía de comunión. Ya había oído hablar de esto, pero, esa vez, el mensaje me sonó como dirigido directamente a mí. Vi que ésa era la forma en que yo podía contribuir a que la sociedad fuera más justa, más igual, mejor».
Formó a un grupo de chicas, casi todas extranjeras. Algunas sólo habían trabajado en la limpieza, y no sabían una palabra de moda. Pero todo comenzó a marchar sobre ruedas. La señora Alonso adquirió un sistema informático para el patronaje que se reveló tremendamente competitivo, y que hoy empieza a utilizar la competencia. Como no hay muchas personas que sepan utilizarlo con agilidad, las empleadas se cotizan ahora muy alto. Les han ofrecido magníficos salarios, pero hay cosas más importantes: la tranquilidad, la gratitud, sentirse valoradas por lo que son y por lo que hacen... Además, doña Soledad ha dicho que el negocio aumenta, y que podrá subir los sueldos. Todas saben que pueden confiar en ella. Nunca les ha defraudado.
Ricardo Benjumea
Habla el profesor Alfonso López Quintás:
«El dinero nos ciega cuando se convierte en un fin»
La empresa puede ser un ámbito privilegiado para la realización del hombre. El profesor López Quintás, religioso mercedario y catedrático emérito de Filosofía, de la Universidad Complutense, aborda algunos de los temas que expuso en el curso de verano sobre Economía de comunión, del CEU San Pablo

Habla usted de conferir sentido a la vida empresarial. ¿No tiene ya ésta bien fijado su sentido?
En cierta medida sí, pero debe ser complementado. Tener sentido significa estar bien orientado. La empresa nace en la sociedad, es apoyada por la sociedad y debe servir a la sociedad. Como parte fundamental de este servicio, ha de ayudar a la persona a crecer en todos los aspectos. La empresa tiene pleno sentido cuando se orienta a dos fines interconexos: obtener beneficios mediante la producción de bienes y promover el desarrollo personal de sus colaboradores. Esto es mucho más que dar un salario justo. Todo trabajador debe recibir posibilidades suficientes para desarrollar sus potencias naturales. Para ello necesita participar en la empresa. El trabajador se siente tratado con dignidad cuando advierte que su trabajo no se reduce a un medio para ganar un salario, sino que es valorado como parte integrante de la empresa.

¿Piensa usted que esa participación es viable?
De hecho, lo está siendo en muchas empresas, algunas de enorme relieve. «Para crear interés en los trabajadores -escribe Akio Morita, Presidente de Sony-, éstos deben ser incorporados a la familia y tratados como miembros respetados de ella». Esta incorporación ha de ser realizada gradualmente, como explican los empresarios mexicanos Roberto y Lorenzo Servitje, en el libro Estrategia del éxito empresarial. Se empieza por hacer participar a los trabajadores en la información acerca de la empresa. Se sigue por la concesión de diversas formas de iniciativa, hasta llegar a una especie de gerencia múltiple (McCormick).

Esa relación entre objetivos económicos y sociales es muy afín a la llamada Economía de comunión...
Ambas orientaciones están inspiradas por el ideal de la unidad. El ideal no es una mera idea; es una idea motriz que determina el sentido de cuanto hacemos, en cualquier aspecto de la vida. La madurez ética la obtenemos cuando toda nuestra actividad es inspirada de tal modo por ese ideal, que se vuelve, por así decir, transparente, de modo que, al actuar, estamos viendo al trasluz el bien de los demás, no sólo el nuestro. A esta luz comprendemos que el dinero nos ciega para los grandes valores cuando lo convertimos en una meta, y nos preocupamos más de poseer bienes y disfrutarlos que de tomar cuanto tenemos y producimos como un don que se nos da para mejorar la suerte de los demás y crear formas auténticas de encuentro.

Entonces, la economía puede ser un maravilloso instrumento para la realización del hombre...
Sin duda. Si nos entusiasmamos todos -empresarios y colaboradores- con la riqueza que implica la unidad, el compromiso con el bien y la felicidad de los demás..., encontraremos en el trabajo diario posibilidades para desarrollar nuestra creatividad y ganar niveles cada día más elevados de realización personal. Que no se trata de un mero cuento de hadas lo ponen de manifiesto numerosas empresas -como el internacional Grupo Bimbo-, para quienes «la participación es la manera de hacer realidad el principio de subsidiariedad, indispensable para que la gente crezca y se interese, para que no sea manipulada ni usada» (R. Servitje).
© 2006. Alfa y Omega, Semanario católico de información. Fundación San Agustín, Arzobispado de Madrid