Alfa y Omega > Nº 554 > Criterios
Señores, no esclavos


El Buen Samaritano, de Giordano Romanino.
Colección Ilaria Toesca, Roma
«Cuánto ha pagado el Arzobispado por la estancia en Roma de mi hijo, que ha vuelto con casi todo el dinero que se llevó?»: así le preguntaba hace unos años un profesor al capellán de su Escuela universitaria, que había organizado una peregrinación de varios cientos de jóvenes participantes en un encuentro con el Papa. «¡Qué va a pagar! -respondió el capellán-. No ha pagado nada; los chicos fueron acogidos en casas de familias, muchas de ellas humildes, de un movimiento eclesial; esto se hace hoy con mucha frecuencia entre cristianos, en todas las partes del mundo». El profesor no se lo creía. No lo entendía. La gratuidad no entraba en absoluto en sus cálculos, como no entra en los de la cultura laicista y nihilista, precisamente, porque con la adoración del dinero el hombre se queda sin nada, esclavizado a los límites asfixiantes de la nada que es un mundo sin Dios y, por tanto, sin esperanza verdadera.
No es la fe cristiana la que desprecia el dinero, ¡todo lo contrario! Nadie como las instituciones de la Iglesia lo utilizan mejor, al servicio del bien del hombre, que es su corazón abierto a una felicidad que, en lugar de ahogarle, le hace señor de las cosas e hijo y heredero del verdadero Dios que nos hace libres. Quienes en realidad desprecian el dinero, porque lo desperdician, son quienes lo adoran como si fuese el dios que les salva la vida. La ilusión -es decir, el deseo de felicidad- se cumple es el eslogan de un conocido anuncio para satisfacer el deseo del dinero, que en la nada del laicismo dominante sólo puede generar más esclavitud, por mucho que sea el oro de sus cadenas. En esta cultura de la nada - cultura de la muerte la llamaba también Juan Pablo II-, aumenta en cantidades astronómicas el dinero de los ricos -que lógicamente se enfrentan entre sí con todo tipo de engaños y violencias-, a costa del progresivo aumento de quienes no llegan a fin de mes, apremiados por el pago de unas hipotecas cada vez más imposibles, y tienen que veranear en el pueblo de sus padres o de sus abuelos. Sin embargo, no necesariamente los primeros son los felices y los demás los desgraciados. ¿Acaso no lo desmiente la realidad de cada día? ¡Que se lo pregunten al hijo del profesor universitario acogido en Roma por una familia bastante más pobre que él! Quien dijo: «No podéis servir a dos señores, a Dios y al dinero» es justamente quien comienza su anuncio de la Salvación verdadera diciendo: «Felices los pobres de espíritu».
Recientes nombramientos de altos cargos en España son un claro síntoma de esta cultura de muerte aliada con la idolatría del dinero. Es bien conocido el negocio de quienes, llamados a sanar la vida humana, en aras del progreso se empeñan en investigarla a base de destruirla. Dicen que es para curarla en un hipotético futuro, pero tal investigación, hasta la fecha, sólo ha proporcionado pingües cantidades de dinero. Es sintomático, ciertamente, este nexo entre la idolatría del dinero y la muerte, y es preciso desenmascararlo. Se habla con profusión del avance que supone la investigación con células madre embrionarias, ocultando no sólo que exige la muerte del ser humano, por muy en estado embrionario que se encuentre, sino que no ha producido efecto terapéutico alguno, mientras que quienes, sin apoyo de los poderosos, pero libres de la esclavitud del dinero y, por tanto, amantes de veras de la vida, han investigado en las células madre adultas, ponen delante el inapelable resultado, como hace la doctora Gádor Joya, de que «hoy hay pacientes andando gracias a las células madre adultas».
La moral, como bien se dice en nuestro tema de portada de este número, no está en la economía, ni en la ciencia. Está en el economista y en el científico, en cada ser humano. Y la alternativa no es otra que vida o muerte, señorío o esclavitud, idolatría del dinero, que conduce a la muerte, o servicio al hermano que es fuente de vida, esa gratuidad del Buen Samaritano que conoció en Roma el joven hijo del profesor universitario, y que, a la hora de la verdad, se convierte en lo más rentable, desde todos los puntos de vista, también en lo que al campo de la economía se refiere.
Accidentes laborales
Son ya cinco las víctimas mortales que se han producido en nuestra diócesis por accidentes laborales. Lo más grave es que este tipo de muertes, muchas de ellas evitables, se vienen repitiendo con dolorosa frecuencia durante los últimos años, hasta el punto de que comienzan a dejar de ser noticia.
Desconozco las causas de estos hechos desgraciados, pero deseo hacer un llamamiento a todos, y de modo especial a los miembros del pueblo de Dios, para que cuidemos y extrememos las medidas de seguridad en el trabajo y detengamos esta sangría de vidas jóvenes, que golpean casi siempre a los miembros más modestos e indefensos de la sociedad.
En primer lugar, me dirijo a las autoridades y a los sindicatos, para que mejoren todos los mecanismos de control necesarios que se les deben exigir a las empresas. Cuando está en juego la vida y la integridad física de las personas, hay que evitar todos los riesgos, por pequeños que parezcan.
Por otra parte, se dice que los trabajadores mismos no siempre aceptan de buen grado y con diligencia el cumplimiento de las normas establecidas. Hay que ayudarles a concienciarse de que los primeros perjudicados de sus posibles negligencias son ellos y sus familias.
Sin embargo, tengo la firme convicción de que una parte de la responsabilidad de estos accidentes procede de la precaria situación laboral en la que se encuentran la mayoría de los trabajadores.
No me refiero a esa situación inhumana e injusta de los que se aprovechan de los inmigrantes que no tienen su documentación en regla, sino a otros aspectos también reales, como la precariedad en el trabajo, la gran dureza de los horarios laborales, el tener que trabajar contra reloj y la indefensión en la que se encuentran los obreros, que los obliga a asumir condiciones de trabajo peligrosas, cuando no indignas.
+ Antonio Dorado Soto
obispo de Málaga
Carta pastoral
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