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Medallas para los soldados

Hay que felicitar al ministro de Defensa por el anuncio que ha hecho de cambiar los criterios para la concesión de condecoraciones a los militares que mueren en acciones de guerra, como es el caso de los seis recientemente asesinados, o de Idoia Rodríguez. No es al PP al que está complaciendo con esta medida, es a la gente corriente que nos sentimos mal ante la rebaja de lo ocurrido, sin concederle la importancia que tenía comportándose como si hubieran muerto de un accidente de circulación en maniobras militares. Quiero dar las gracias por esta rectificación llena de sensatez.
Gloria Calvar Landín
Madrid
La figura del padre
De unos años a esta parte, la figura del padre está desapareciendo de la vida de muchos niños, a medida que crece el número de divorcios, que a menudo distancian a padre e hijos. Los estudios sociológicos revelan que la desaparición de la figura del padre, además de suponer un déficit en el desarrollo psíquico, la madurez de la personalidad, y aumentar el fracaso escolar, también lleva consigo estadísticamente un aumento de la delincuencia y del consumo de drogas. Interesante es el proyecto de Tony Pearce, entrenador de fútbol americano, de Alabama (Estados Unidos), casado y con tres hijos, que ha puesto en marcha una organización Fathers in touch, que intenta restablecer las relaciones entre los padres que han abandonado el hogar y sus hijos, ofreciéndoles la oportunidad para estar juntos. La idea le vino cuando comprobó la respuesta positiva de un padre al que le dijo: «Veo a tu hijo triste en los entrenamientos, y creo que es porque hace tiempo que no está contigo». Pearce ha conseguido que más de 25 padres vuelvan a casa. Además, en su página web www.coachtonypearceoutreach.org presenta distintos recursos para implicar más a los padres en la educación de sus hijos.
José Luis Mota
Las Palmas de Gran Canaria
Sociedad en decadencia
Todas las sociedades tienen que tener unos pilares básicos donde sostenerse. Desde mi punto de vista, es fundamental que, dejando aparte las creencias religiosas, los Estados, las familias y el ser humano a nivel individual deben regirse por una serie de valores y principios que son necesarios para que una sociedad, como tal, avance. Valores como el concepto de familia, tan denostado actualmente; la educación, el respeto, la tolerancia, la disciplina, la autoridad, y principios como la ética y la moral, e inculcar a los niños desde pequeños que no se puede conseguir nada sin esfuerzo, ni trabajar. Yo pertenezco a una generación que fue educada en los años 50 y 60 del siglo XX, generación de niños reprimidos según dicen ahora los falsos progres. Fui educado en todos esos valores y principios que anteriormente expongo, y para nada me considero una persona reprimida. Todo lo contrario: me considero una persona fuerte, gracias a mis convicciones morales, y doy gracias a esos profesores por ser tan duros conmigo. Cuando todos esos valores y principios básicos desaparecen, la sociedad entra en decadencia, y tanto el Estado como los padres debemos ser responsables de que eso no ocurra. El Estado, por su parte, apelando a la más elemental norma que es la del sentido común, no legislando leyes que, lejos de ser un avance para la sociedad, son todo un retroceso. Y los padres, no confundiendo la libertad con el libertinaje, entre otras cosas porque una sociedad libertina no es una sociedad libre.
Antonio Bravo
Madrid
Obispos... ¿montaraces?
No hace muchos días, con motivo de dejar algunos periódicos en el contenedor que, en la calle, recoge sólo Papel y cartón, me llamó la atención, por un momento, un trozo de hoja de periódico que sobresalía, porque podía leer en él: «...or en... Teología y Licenciado en Filosofía». Por curiosidad, leí algunas líneas del recorte, y me sorprendió este frase: «¿Callarán los obispos montaraces, los apostólicos? De todos modos, si callan y rezan será un alivio...»
Bueno -pensé-, ¡qué ocurrencia! Nunca había visto ni oído un calificativo semejante aplicado a los obispos... Me hizo gracia, maldita gracia, por supuesto, pues deduje que el sentido de la palabra montaraz era despectivo. Pero, en mi paseo, iba pensando: ¡Pues no está mal, no! Obispos «montaraces»... Y comencé a recordar que, hace algún tiempo, el obispo de Huesca y de Jaca, monseñor Jesús Sanz Montes, nos explicaba en Alfa y Omega un texto de San Juan en el que se expresa: «Mis ovejas escuchan mi voz y yo las conozco, y ellas me siguen, etc.» Pues bien, aquí tenemos a un señor obispo que forzosamente tiene que ser montaraz, o sea «andar por el monte o los montes». Digo forzosamente, pues el territorio de sus diócesis, especialmente la Jacatana, lo constituye una orografía maravillosa. Y ¿para qué? Pues para estar y sentirse más identificado con su grey, sus diocesanos jaqueses, su fiel rebaño diocesano... El montaraz es también aquel que guarda los montes y heredades. También, en alguna parte de nuestra geografía, montaraz es el mayordomo del campo, el capataz que tiene a su cargo las labores y los ganados... Pues trasládese esto al campo diocesano, con la compleja organización y cuidados que requieren tantas actividades, y dígame el lector si no hace falta un excelente montaraz... Obispos montaraces, obispos montaraces..., ¡pues sí señor...! ¡Y a mucha honra!
Serafín González
Zaragoza
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