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Planeta mar
¿Qué es lo que tiene el mar, al que se teme y se quiere a un tiempo? ¿Quién no tiene miedo de sus aguas más profundas, y quién no se siente a la vez atraído por ellas? El mar está en los orígenes de la vida, y desde antiguo ha sido protagonista callado de la Historia; de él ha obtenido el hombre la vida y el sustento, así como la inspiración para armar los relatos de sus orígenes, de sus inquietudes y de su futuro

Velero de dos palos frente a las costas de Saint Tropez
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«¡Qué locura confiar en el mar!», exclamaba en los primeros años del siglo XVI Erasmo de Rottedarm. Y Cervantes hacía decir a Sancho Panza en las páginas del Quijote: «Si quieres aprender a rezar, embárcate»; dicho del que existe una variante popular en Dinamarca: «Quien no sepa rezar tiene que salir a la mar». Y es que, desde siempre, el mar ha sido para el hombre un animal hosco e imprevisible, oscuro como el miedo, al que se teme como a un volcán impredecible. En él se escondían los monstruos de los mitos antiguos -Leviatán, Polifemo-, y se creía que sus aguas no tenían fondo. Cuando comenzaron a elaborarse los primeros mapas, las zonas inexploradas del océano se rellenaban con dibujos de seres horribles de grandes fauces, y bajo ellos la expresión: Más allá hay monstruos. No andaban desencaminados; a más de 2.000 metros de profundidad, hay una oscuridad total, pero existe una nutrida población de criaturas con bocas grandes y largas filas de dientes, como habitantes de una pesadilla nocturna. Por no hablar del temor que provocaban los huracanes y tempestades con las que el océano avisaba desde el horizonte su voluntad de destruir y arrasar las orillas, como si quisiera defender su espacio y ahuyentar a los hombres.
Sin embargo, por encima del miedo, el mar ha ejercido sobre el ser humano una poderosa fuerza de atracción, tanto que le ha llevado a sobreponerse, arrostrar los peligros e intentar su conquista. No es difícil imaginar el miedo alojado en el alma del primer hombre que se lanzó a sus aguas sobre una embarcación precaria, hecha de troncos y sostenida con amarres precarios; tampoco es difícil compartir su grito de victoria al verse a flote en un medio tan extraño a su naturaleza, como quien doma a un animal huraño y esquivo. De ahí, a las expediciones rumbo a otras tierras y continentes, apenas hay un paso.
Los orígenes de la vida
Las investigaciones sobre los orígenes de la vida apuntan al protagonismo del mar. Los primeros organismos unicelulares se desarrollaron en ese magma originario hace 4.000 millones de años. Pero, ¿cómo se formó el mar? A mediados del siglo pasado se descubrió que sólo el 10% del agua oceánica tiene un origen terrestre; el 90% restante vino... ¡del cielo! Así es: durante sus primeros millones de años, la Tierra se vio bombardeada por una intensa lluvia de asteroides de gran tamaño que arrastraban consigo trazas de hielo cósmico que, al llegar a nuestro planeta, se agruparon formando los océanos. De ahí surgieron posteriormente todas las formas de vida, por evolución también el hombre. No en vano, el cuerpo humano lleva consigo las huellas de este proceso -somos agua en un 80%-, y es curioso pensar cómo nuestro origen físico guarda relación con nuestro origen divino: en ambos casos... ¡venimos del cielo! No hay hombre que no se conmueva ante una tempestad rugiente o una sencilla puesta de sol frente al mar. Y es que sus olas llevan miles de años latiendo al mismo ritmo que nuestro corazón.
El libro de cuyas páginas hemos obtenido estas fotografías se llama Planeta mar, y está editado por Lunwerg. Sus espectaculares imágenes son obra del fotógrafo Philip Plisson, y en sus páginas contiene textos de Christian Buchet. Un trabajo realizado con un cuidado exquisito, propio de quien sabe ver en las aguas del océano el mayor tesoro de la Humanidad.
Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
© 2006. Alfa y Omega, Semanario católico de información. Fundación San Agustín, Arzobispado de Madrid