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Confirmada la Misa según el rito romano
Sin miedo a la libertad
El catedrático de Derecho don Rafael Navarro-Valls realiza un análisis pormenorizado del Motu proprio de Benedicto XVI con el que se revitaliza el rito tridentino y se da libertad para utilizar el latín en la celebración de la Eucaristía


Misal Romano en latín
El Motu proprio Summorum pontificum, hecho público por Benedicto XVI el 7 de julio, que globaliza y liberaliza la liturgia de san Pío V y el Beato Juan XXIII, llega después de dos años de estudio. El propio Benedicto XVI lo subraya en la carta explicativa que lo acompaña: «Es fruto de largas reflexiones y múltiples consultas». En este dilatado camino, no han faltado filtraciones parciales que han conducido a interpretaciones precipitadas y erróneas. Por decirlo con palabras del Papa, reacciones desproporcionadas que han oscilado «desde una aceptación con alegría a una dura oposición».
Interpretación del Concilio
¿Por qué esas reacciones encontradas? En mi opinión, han sido principalmente aquellos que tienen miedo a la libertad los que han mirado con reticencia la recuperación del modo litúrgico anterior, comprimido en sus virtualidades desde la reforma litúrgica de 1969/1970. Además -coincido con Massimo Introvigne-, la disposición sobre la antigua liturgia planteaba una cuestión de amplio calado: la de la interpretación del Concilio Vaticano II. Ya en su discurso a la Curia romana de 22 de diciembre de 2005, el Papa Ratzinger detectaba «una recepción difícil del Vaticano II» por el choque de dos interpretaciones enfrentadas: la de la discontinuidad y de la ruptura; y la de la reforma. La primera -decía- ha creado confusión; la segunda, silenciosamente, ha dado buenos frutos. La nueva disposición de Benedicto XVI se encuadra dentro de ésta: renovación en la continuidad. Lo que explica que el Papa no hable de dos ritos, sino de «un rito con dos modos». Una forma ordinaria -universalmente aceptada desde que Pablo VI la recogiera en 1969/1970- y que seguirá siendo la mayoritaria; y otra forma extraordinaria -nunca abrogada- que es la del Misal Romano, promulgado en 1570 por Pío V y editado nuevamente tras una reforma llevada a cabo por Juan XXIII en 1962, que podrá ser utilizada también sin especiales trabas. Previsiblemente, su utilización de esta segunda forma será minoritaria. En España, desde luego. Y también en naciones donde tiene mayor tradición, como Suiza y Francia. Es evidente que la inmensa mayoría de los fieles nos hemos habituado al modo litúrgico de Pablo VI. Lo que desde instancias responsables se rechaza son los arbitrarios antojos litúrgicos de algunos que, en ocasiones, lo han desfigurado. Eso que el propio Benedicto XVI denomina «deformaciones de la liturgia, en el límite de lo soportable».
Sorprende que una clamorosa ignorancia haya podido dar pábulo a lo que se ha llamado la pérfida cruzada contra la misa de Ratzinger. Me refiero a aquellas voces contrarias -localizadas en ámbitos anglosajones- que justificaban sus recelos en el temor de que la recuperación de la liturgia de Pío V obstaculizara el diálogo con la comunidad hebrea. Concretamente, al calificar a los judíos de pérfidos (que, en realidad, significa sin fe, lógicamente la cristiana). Benedicto XVI ha liberalizado el misal de Pío V, pero, como ha quedado dicho, tal y como fue promulgado por Juan XXIII en 1962. Es decir, después de que la expresión «pro perfidis judaeis» fuera abolida. Hay una anécdota que ilustra lo que digo. El Viernes Santo de 1963, poco después de que el Papa eliminara esa expresión (que se había interpretado como ofensiva por una mala interpretación filológica), alguien -en su presencia y por error- leyó el antiguo texto. Juan XXIII interrumpió la celebración litúrgica y ordenó que volvieran a leerse de nuevo las oraciones desde el principio, siguiendo el texto modificado.
Lefevbre y la misa en latín
La historia de la Iglesia demuestra que, a veces, las rupturas traumáticas que han cristalizado en cismas se han hecho inevitables por falta de flexibilidad en las partes implicadas. El único cisma del siglo XX, el de los lefevbrianos, se mantiene en un peligroso equilibrio. Basta que cualquiera de los cuatro obispos ordenados ilegítimamente por Lefèvbre ordene, a su vez, a otros, y el penoso cisma se consolidaría. Benedicto XVI es consciente de que lo que separa de Roma a los seguidores de Lefèvbre es algo más que un problema litúrgico. Temas como el carácter vinculante del Concilio Vaticano II, el ecumenismo o la libertad religiosa son cuestiones que siguen vigentes, y en las que la Iglesia no puede ceder. Pero el Papa es también consciente de que todo viaje de mil leguas comienza con un paso. Este paso acaba de darlo Benedicto XVI con sabiduría, prudencia y generosidad. Muy al estilo Ratzinger: con esa fuerza tranquila que se le atribuye, y que combina progreso y tradición, audacia y serenidad.
En síntesis, el documento de Benedicto XVI no es un retorno al pasado. Más bien es un retorno al futuro. No es un camino hacia atrás, sino, como ya he dicho, un camino hacia adelante.
Rafael Navarro-Valls
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