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Con ojos de mujer
Hacer visible lo invisible
Se llama Sam. Era invisible hasta que me lo encontré en una foto el viernes de madrugada. Era invisible hasta que Isabel, su novia, me habló de él. Nació en Ghana. Cuando me enteré de que es profesor de universidad en Estocolmo pensé que su familia pudo ofrecerle perspectivas de vida y de futuro, pero Sam había nacido en una aldea, en un poblacho de esos a los que enviamos lápices, cuadernos y pizarras para que los niños aprendan a estudiar y a escribir futuro con la dignidad de las letras.
Pensé entonces que sus padres estarían muy contentos cuando su hijo tuvo la oportunidad de viajar a Europa y aprender cosas nuevas, pero tampoco. Que se marchara a estudiar era perder mano de obra para la familia de Sam.
Es negro como el café de Colombia y su sonrisa tan blanca como la de su novia, que es de Medellín. Prepara la tesis a trancas y barrancas porque se las tiene que ver cada día con una vocación de formador de jóvenes que le abrasa y que torpedea el tiempo que debe dedicar a investigar. Quiero conocer a Sam, ese niño pobre de África que se convirtió en profesor de universidad. Quiero saber qué les enseña a los universitarios de la fría y adormecida Estocolmo, paraíso de lo material y desierto de pasiones.
¿Cuál es el café de tu vida?: este interrogante proponía el Café vocacional, una actividad que se ha celebrado, este fin de semana, en el VI Encuentro de Juventud y Familia, del Regnum Christi y los Legionarios de Cristo. Subió a un escenario a decenas de jóvenes y adultos para que compartieran con otros cómo descubrieron el café que van a tomar el resto de su vida.
Paloma explicó que la intranquilidad la persiguió hasta que respondió Sí a su pretendiente, que no era otro que el mismo Dios. Y en su historia se hizo visible lo invisible. El padre Marcelino narró su encuentro con un joven que coqueteaba con el demonio. Llegó a la iglesia gritando y quería pegarle. Tras un breve diálogo, el joven le confesó: En usted me he encontrado una barrera. Me ha escuchado y comprendido. Pídame lo que quiera. El padre Marcelino contestó: Algo sencillo. Rece un Ave María. Y se hizo visible lo invisible. Tiempo después, el joven escribía: Aquella oración me salvó la vida.
Me paseaba por este Encuentro en la Universidad Francisco de Vitoria, y pensaba que hace 2.000 años empezaron sólo 12, y cambiaron el mundo. No le vieron resucitar, pero hicieron visible lo invisible con la palabra y con sus vidas. Es el reto de los que creemos en el hombre. Es el reto de Sam, que ve en el fondo de sus alumnos la invisible capacidad para asombrarse y el potencial vital que sus pupilos desconocen. Es el reto de Paloma, que en un encuentro imposible de fotografiar se topó frente a frente con un Dios que le decía Cásate conmigo. Es el reto del padre Marcelino que, donde ya nadie ve nada, encuentra a un hijo de Dios y lo rescata. El amor, que es invisible, es noticia. Es el reto. Es la esperanza. Y es posible.
Amalia Casado