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Esto ha dicho el Concilio
Como la obra misionera no puede ser llevada a cabo por individuos aislados, la vocación común los congregó en Institutos, para que, reunidas las fuerzas, se formen adecuadamente y cumplan aquella obra en nombre de la Iglesia y según el mandato de la autoridad jerárquica. Estos Institutos han soportado desde hace muchos siglos el peso del día y el calor, entregados íntegramente o sólo en parte al trabajo misionero. Muchas veces la Santa Sede les ha confiado vastos territorios que debían ser evangelizados, en los que han reunido para Dios un nuevo pueblo, una Iglesia local unida con sus propios pastores. Servirán con su celo y experiencia a las Iglesias fundadas con su sudor e incluso con su sangre, en colaboración fraterna, ya sea ejerciendo el cuidado de almas o cumpliendo cargos especiales para el bien común. Si es necesario, estén dispuestos a formar y ayudar con su experiencia a aquellos que se consagran temporalmente a la actividad misionera. Por estas razones, y como existen aún muchas naciones que hay que llevar a Cristo, los Institutos siguen siendo muy necesarios.
Los cristianos tienen dones diferentes. Por eso deben colaborar en el Evangelio cada uno según su posibilidad, facultad, carisma y ministerio; consiguientemente, todos los que siembran y los que siegan, los que plantan y los que riegan, es necesario que sean uno, para que, buscando unidos el mismo fin libre y ordenadamente, dediquen sus fuerzas unánimemente a la construcción de la Iglesia. Por ello hay que dirigir y aunar los trabajos de los predicadores del Evangelio y las ayudas de los demás cristianos, de modo que todo se haga con orden en todas las actividades y campos de cooperación misionera.
Decreto Ad gentes divinitus, 27-28