Alfa y Omega > Nº 598 > Día del Señor > Evangelio
XII Domingo del Tiempo ordinario
Testigos valientes de Cristo


Los discípulos de Emaús. Marko Rupnik,
capilla del Seminario de Reggio Emilia
El miedo procede de la debilidad, de la inseguridad, de un mal que se nos viene encima. El ser humano es miedoso por naturaleza, porque se siente frágil y amenazado por tantos factores que pueden destruirle. Los únicos que no tienen miedo al peligro son los niños y los santos. Los niños pequeños, porque no son conscientes de los males que les rodean, y por eso hay que estar muy pendientes de ellos, pues se meten en todo tipo de peligros con riesgo incluso de sus frágiles vidas, sin darse cuenta. Los santos, porque confían en Dios, es decir, tienen experiencia vivida de que Dios es Padre bueno que se cuida de verdad de cada uno de sus hijos. Los santos viven colgados de la providencia de Dios, y no suelen tener miedo de lo cotidiano. Tienen su confianza puesta en Dios y desconfían plenamente de sí mismos. Temen lo que hay que temer de veras, y confían plenamente en Dios.
De eso nos habla el evangelio de este domingo. No tengáis 7, lo repite Jesús varias veces, porque conoce nuestra condición humana y sus temores continuos. No tengáis miedo al juicio de los hombres. Dios lo conoce todo, y en su momento lo sacará a la luz. No estéis pendientes de qué dirán. No tengáis miedo a los que pueden haceros daño corporalmente, temed a los que pueden llevar vuestra alma al fuego eterno. Vosotros valéis más que un par de gorriones. Dios no nos ha traído al mundo y nos ha dejado a nuestra suerte. Él, que nos ha creado, nos cuida y quiere para nosotros siempre lo mejor, aunque a veces no entendemos sus planes. Fiarnos de Dios es recuperar esa confianza del niño en brazos de su madre o de su padre.
Jesús nos invita a dar testimonio de Él ante los hombres. Muchas veces el miedo nos lleva a escondernos, a disimular, a camuflarnos ante un mundo que nos parece que va a devorarnos. Jesús nos pone delante de los ojos nuestra comparecencia ante el tribunal de Dios, en el último día, y establece una correspondencia: El que dé testimonio de Mí, yo lo defenderé ante mi Padre. Seré su abogado defensor en el momento definitivo. El que se avergüence de Mí o me niegue ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre del cielo.
El miedo que brota de nuestra debilidad ha de ser superado por la confianza en Dios. Y lo que verdaderamente hemos de temer es no haber dado testimonio de Jesús ante los hombres, porque entonces estaríamos perdidos en el último día.
+ Demetrio Fernández
obispo de Tarazona
Evangelio
En aquel tiempo dijo Jesús a sus apóstoles:
«No tengáis miedo a los hombres, porque nada hay cubierto que no llegue a descubrirse; nada hay escondido que no llegue a saberse. Lo que os digo de noche decidlo en pleno día, y lo que os digo al oído pregonadlo desde la azotea. No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; temed al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo. ¿No se venden un par de gorriones por unos cuartos?; y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo, no hay comparación entre vosotros y los gorriones.
Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre del cielo».
Mateo 10, 26-33
© 2006. Alfa y Omega, Semanario católico de información. Fundación San Agustín, Arzobispado de Madrid