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El Papa, en su viaje al puerto de Brindisi, el tacón de Italia
Acogida cristiana para los inmigrantes
Benedicto XVI viajó este fin de semana al tacón de Italia, a la ciudad de Brindisi y al santuario de Santa María de Leuca, para iluminar con el Evangelio una de las emergencias sociales que vive esta región y la misma Europa: la inmigración

PAlgunos se esperaban denuncias políticas: el Papa rehuyó en todo momento ese tono. Su objetivo fue ilustrar los principios éticos fundamentales e invitar a cada uno, según sus responsabilidades, a sacar las consecuencias. El puerto de Brindisi, ciudad en la que descansó la noche del sábado, ha pasado a las crónicas de los periódicos internacionales por las oleadas de inmigrantes que, tras la caída del bloque comunista, han llegado a estas costas, en particular de Croacia, Montenegro, Albania y Macedonia.
El Papa reconoció «los esfuerzos que han sido realizados y que siguen siendo desplegados por las Administraciones civiles y militares, en colaboración con la Iglesia y con organizaciones humanitarias, para darles refugio y asistencia, a pesar de las dificultades económicas que siguen preocupando particularmente a esta región».
Llamamiento a la solidaridad
Además, y dado que no es un problema sólo de esta localidad, que se ha convertido en una nueva puerta de Europa, el Pontífice alentó la solidaridad internacional. El domingo, al final de la misa, celebrada en el muelle del puerto de la ciudad, antes de rezar el Ángelus con 70 mil personas, lanzó un mensaje «de cooperación y de paz entre todos los pueblos, especialmente entre los que rodean a este mar, antigua cuna de civilizaciones, y entre los de Oriente Próximo y Oriente Medio». Y, recordando las palabras que pronunció en la sede de las Naciones Unidas, añadió que «la acción de la comunidad internacional y de sus instituciones, dando por sentado el respeto de los principios que están a la base del orden internacional, no tiene por qué ser interpretada nunca como una imposición injustificada y una limitación de soberanía. Al contrario, es la indiferencia o la falta de intervención lo que causa un daño real. Lo que se necesita es una búsqueda más profunda de medios para prevenir y controlar los conflictos, explorando cualquier vía diplomática posible y prestando atención y estímulo a las más tenues señales de diálogo o deseo de reconciliación».
Además, el Pontífice subrayó que, «entre los valores enraizados en vuestra tierra, quisiera recordar el respeto a la vida y el apego a la familia, expuesta hoy al ataque de numerosas fuerzas que intentan debilitarla. ¡Qué necesario y urgente es, también frente a estos retos, que todas las personas de buena voluntad se comprometan a salvaguardar a la familia, base sólida sobre la que construir la vida de toda la sociedad!»
Para el Papa, el desafío de la inmigración constituye un llamamiento a la solidaridad, como recordó durante la misa presidida en la tarde del sábado, en el santuario dedicado a María de finibus terrae de Santa María de Leuca, en el punto más oriental de Italia, en la región de Apulia. «En un contexto que tiende a incentivar cada vez más el individualismo, el primer servicio de la Iglesia consiste en educar en el sentido social, en la atención por el prójimo, en la solidaridad y en la capacidad para compartir», dijo. Y añadió: «La Iglesia, dotada por su Señor de una carga espiritual que se renueva continuamente, es capaz de ejercer una influencia positiva también a nivel social, pues promueve una Humanidad renovada y relaciones humanas abiertas y constructivas, en el respeto y el servicio, en primer lugar, de los últimos y de los más débiles». Benedicto XVI concluyó afirmando que «ésta es la renovación social cristiana, basada en la transformación de las conciencias, en la formación moral, en la oración; sí, pues la oración da fuerza para creer y luchar por el bien, incluso cuando humanamente se siente la tentación del desaliento y de la renuncia».
Jesús Colina. Roma
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