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Infatigable, en la hostilidad
La obra de Guardini es totalmente actual, hoy, que urgen respuestas a cuestiones como la identidad y el destino de Europa; la formación de los jóvenes; la relación del hombre con el poder y los totalitarismos, y de la ciencia y las artes con la fe...
Europa en ruinas. Varsovia, abril de 1945
En la ciudad de Tubinga, al sur de Alemania, conoció Guardini a Josef Weiger, que había sido novicio en la archiabadía benedictina de Beuron. La fundación de Beuron estaba inspirada por el Movimiento Litúrgico que el padre abad benedictino Dom Prosper Guéranger inició en la abadía francesa de Solesmes. Allí Guardini descubrió la inmensa riqueza que se esconde en la liturgia. A partir de la publicación, en 1918, de El espíritu de la liturgia (Centre Pastoral de Liturgia, 2000), Guardini abordará el tema en muchos ensayos y meditaciones. Obras como El Via Crucis de nuestro Señor y Salvador ayudan a comprender el respeto que Guardini sentía incluso hacia las formas más sencillas de devoción.
Guardini irá configurando una forma de pensar rigurosa e integradora. Abordará los más variados temas desde una clara conciencia de la responsabilidad de Europa a la hora de orientar la vida hacia un ideal de unidad, frente al ideal de dominio que había arrasado Europa. En el período de entreguerras, Guardini lleva a cabo una labor muy intensa, que comienza cuando entra en contacto con el movimiento católico de juventud Quickborn. Impresionado por la coherencia de estos jóvenes, decide colaborar con ellos. Dirigió el movimiento juvenil hasta que los nazis confiscaron, en 1939, el castillo de Rothenfels, su lugar habitual de reunión, cerca de Frankfurt. Durante estos años al frente de Quickborn, Romano Guardini se revela como un gran maestro para la juventud, como lo demuestra el estilo sencillo y directo de las Cartas sobre la formación de sí mismo (ed. Palabra, Madrid, 2000).
La etapa universitaria
En esta etapa de su vida pasó una de las pruebas más difíciles. En el ambiente eminentemente protestante de la Universidad Humboldt de Berlín, ocupó, en gran soledad, la cátedra de Filosofía de la Religión y Cosmovisión Católica. Dos eran, sobre todo, las dificultades: concretar qué debía entenderse por cosmovisión católica e interesar a la comunidad universitaria, que lo veía como un propagandista. No obstante, consiguió vencer el recelo inicial y llenó sus clases. Comentaba las Sagradas Escrituras y analizaba las grandes obras de Dante, Goethe o Dostoyevski.
Fue destituido en 1939 por las autoridades del Tercer Reich, puesto que, «existiendo una cosmovisión oficial, no cabe otra interpretación del mundo». Esto no le impidió continuar con su labor pastoral en la Canisiuskirche (iglesia de San Pedro Canisio), llenando de luz y consuelo las almas atemorizadas por la guerra. Cuando casi se divinizaba al Führer, Guardini volvía su mirada sobre Jesucristo, único Salvador y Redentor de la Humanidad. Su infatigable labor en medio de la hostilidad cristaliza en El Señor, recopilación de homilías sobre las naturalezas humana y divina de Cristo.
Cuando los bombardeos se hicieron insoportables, Guardini se refugió en casa de su amigo Josef Weiger, entonces párroco en la aldea de Mooshausen. Acabada la guerra, continuó un tiempo con su labor universitaria en la Universidad de Tubinga, hasta que, en 1948, recibió el encargo de ocupar su cátedra de Filosofía de la Religión y Cosmovisión Católica en la Universidad de Munich.
En 1962 tuvo que abandonar la Universidad por problemas de salud, que se fueron agravando hasta que el día 1 de octubre de 1968 murió en Munich, a los 83 años de edad. La ciudad que gozó del gran maestro y pedagogo supo reconocer con agradecimiento su larga y fecunda trayectoria en las aulas universitarias y en la iglesia universitaria de Sankt Ludwig, lugar que acoge desde 1997 los restos mortales de Romano Guardini.
Manuel Rupérez
Director de Formación de la Fundación IUVE y colaborador de la Guardini Stiftung
El legado de Guardini
La entrega incondicionada de Guardini al servicio de la verdad encuentra hoy en Alemania una justa recompensa, en cátedras, fundaciones y otras iniciativas. Hay que mencionar el esfuerzo de la Academia Católica de Baviera y de las editoriales Matthias Grünewald y Ferdinand Schöningh por la edición, en 43 volúmenes, de sus obras. Algunas de las más importantes han sido traducidas al español. Esperemos que esta labor continúe y podamos disfrutar de joyas que aún permanecen ocultas a los lectores españoles, como El Rosario de Nuestra Señora, con pensamientos como éste: «Se afirma que la palabra es espiritual, pero eso no es verdad; la palabra es humana. Tiene cuerpo como el hombre: formada de sonido y tono. Tiene espíritu, de nuevo como el hombre: el sentido que se hace accesible en lo audible. Y tiene, como el hombre, un corazón: la vibración del ánimo, que lo impregna. La palabra es el hombre mismo...»
Guardini ejerció gran influencia en muchos contemporáneos, como Karl Rahner, o el asistente de éste, el hoy cardenal Karl Lehmann. En España, el profesor López Quintás, mercedario, ha recogido su herencia, traduciendo y prologando varias obras. Mención aparte merece la influencia en Benedicto XVI. En El espíritu de la liturgia (ed. Cristiandad, 2005), el Papa pone de manifiesto la vigencia del texto homónimo de Guardini; y en Jesús de Nazaret (ed. La esfera de los libros, 2007), recordamos la exposición de las homilías de El Señor. Esta sintonía muestra el éxito de un método basado en el diálogo con la realidad, no visto como una relación distante y abstracta, sino, en palabras de Guardini, estableciendo un diálogo con lo viviente-concreto.