Alfa y Omega > Nº 609 > Criterios
Fe y dignidad de la persona
Romano Guardini,
al cumplir los 80 años
El hombre es persona, y la persona «no es de naturaleza psicológica, sino existencial. No depende fundamentalmente de la edad ni de la situación corpóreo-anímica, ni de las dotes, sino del alma espiritual, que posee cada hombre»: son palabras de Romano Guardini en un famoso artículo titulado El derecho de la vida humana en gestación, de 1949, que alertaba, tras la terrible experiencia de los masivos exterminios humanos de la primera mitad del siglo XX, contra las no menos terribles consecuencias de seguir considerando al hombre, en definitiva, como una cosa, o un ser biológicamente manipulable, ignorando su dignidad inviolable, desde la concepción hasta su muerte natural, cuando la joven República Federal de Alemania debatía la cuestión de la indicación social como razón ética y jurídica para una despenalización del aborto en los tres primeros meses de embarazo. Hoy, estas palabras del gran maestro cobran una actualidad extraordinaria en toda Europa, y en primerísimo lugar en España, cuando el más cruel exterminio que supone el aborto ¡se llega incluso a presentar como un derecho!
La lúcida defensa que, en los albores de lo que iba a ser la Unión Europea, hacía Guardini de la dignidad de la persona, era subrayada por el cardenal arzobispo de Madrid, don Antonio María Rouco, en la conferencia que, bajo el título Una Europa cristiana. Herencia e identidad, pronunció el pasado año en Ratisbona. Ahora lo ha recordado igualmente, en el reciente Desayuno Informativo de la agencia Europa Press. Y asimismo recordaba en Ratisbona que, tras la horrible experiencia de la Segunda Guerra Mundial, se dio «un verdadero renacimiento de la doctrina del derecho natural en Europa, que se extendió hasta finales de los años sesenta». No obstante, se preguntaba: «¿Cabe hablar de una histórica marcha triunfal de la idea del derecho natural en la Europa de la posguerra?» No es posible, ciertamente, desde que «las Naciones Unidas no se atrevieron a adelantar fundamento filosófico o trascendente alguno a la Declaración de los Derechos Humanos de 1948». Esta inconsistencia explica bien el porqué de las alertas señaladas por Guardini, y el juicio certero del cardenal Rouco cuando afirma que «la actual inseguridad política y jurídica de Europa es reflejo de una problemática social y cultural mucho más profunda», exactamente esa falta de raíz de los llamados derechos humanos, que acaban siendo pisoteados a la más mínima indicación social, dictada por todo tipo de intereses.
Años más tarde, en 1962, tras concederle el Premium Erasmianum en Bruselas, Guardini describía, de modo impresionante, hasta qué grado de destrucción del hombre puede llegarse al margen de esa raíz divina que constituye la fuente de su dignidad: «Con las fuerzas que actúan en ella [la bomba atómica], puede realizarse algo inaudito: también eso lo hemos llegado a ver claro estos años. El hombre tiene en la mano las energías del mundo. Puede abrirse paso al espacio cósmico. Pero lo que le da más cruda conciencia de su poder es la nueva posibilidad inaudita de destruir. Y, además de la bomba atómica, no hemos de olvidar esa otra posibilidad de ejercicio del poder que se ha conseguido también en estos años, esto es, la posibilidad de penetrar en el átomo humano, en el individuo, en la personalidad». Sin raíces, la vida humana, evidentemente, se destruye, desde su estado embrionario, a lo largo de su existencia en el seno materno y hasta la ancianidad, ¡tan prolongada como amenazada, en el sinsentido de hablar de esperanza de vida allí donde la expectativa es el abandono y la soledad más cruel! Ciertamente, «tras la crisis ético-jurídica y cultural en el fundamento de los derechos humanos», en palabras del cardenal Rouco en su conferencia de Ratisbona, «se escondía en la Europa que perseguía una unidad al principio sólo económica, después política, una crisis antropológica cada vez más profunda». Sólo puede superarla, lógicamente, el pleno reconocimiento de la auténtica verdad del hombre. Y ésta no es otra que su inmensa dignidad, descubierta por la misma razón humana al abrirse a su Creador.

Así lo proclamó, de modo admirable, Romano Guardini, y tantos de sus discípulos como el hoy Benedicto XVI, y los mismos padres de la Unión Europea, Schuman, Adenauer, De Gasperi..., cuyas palabras encuentran un eco esperanzador en éstas recientes del Presidente francés ante el Papa, que publicamos también en este número de Alfa y Omega: «La Iglesia no cesa de proclamar y defender la dignidad humana. A nosotros, responsables políticos, mis queridos colegas del Gobierno, señores de la oposición, señor alcalde de París, nos incumbe protegerla cada día más, desafiando las presiones económicas y superando las incertidumbres políticas, respetando a la libertad de conciencia, que son elementos constitutivos de esa dignidad».
Formación religiosa
Con el Concilio Ecuménico Vaticano II se ha intensificado entre los fieles -laicos y religiosos- un vivo interés por el estudio de la Teología y de otras ciencias sagradas, para enriquecer con ellas la propia vida cristiana, ser capaces de dar razón de la propia fe, ejercitar fructuosamente su apostolado propio y poder colaborar con los ministros sagrados en su específica misión. Entre las iniciativas para satisfacer tal exigencia se incluyen los Institutos Superiores de Ciencias Religiosas (ISCR). El itinerario de estudio ofrecido por los centros académicos eclesiásticos -como son las Facultades de Teología- tiene el objetivo de asegurar al estudiante un conocimiento completo y orgánico de toda la Teología; esto se pide, en manera particular, a los que se preparan al sacerdocio. Los ISCR, en cambio, pretenden ofrecer el conocimiento de los principales elementos de la Teología y de sus necesarios presupuestos filosóficos, además de aquellos complementarios que provienen de las ciencias humanas. Más específicamente, este itinerario de estudio tiene el objetivo de promover la formación religiosa de los laicos y de las personas consagradas, para una más consciente y activa participación en las tareas de evangelización en el mundo actual, favoreciendo la asunción de empeños profesionales en la vida eclesial y en la animación cristiana de la sociedad. Los ISCR proponen el tratamiento sistemático de la doctrina católica, mediante el método científico que les es propio.
Todos los docentes, de cualquier categoría, tienen que distinguirse siempre por la idoneidad científico-pedagógica, la honradez de vida, la integridad de doctrina, la dedicación al propio deber, de modo tal que puedan contribuir eficazmente al logro de los objetivos propios del Instituto. La enseñanza tendrá que estar orientada a la adhesión a la divina Revelación, a la fidelidad al magisterio de la Iglesia y al respeto de la verdad científica.
Congregación para la Educación Católica
De la Instrucción sobre los Institutos Superiores de Ciencias Religiosas