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María Concepción Arribas, 61 años en el convento
Cinco garbanzos y un abalorio
Amor y una sana alegría desprenden las palabras de la Hermana María Concepción Arribas, madre Conchita, religiosa trinitaria que ha pasado 61 años de su vida en el convento de Laredo (Cantabria)
La madre Conchita al recibir la distinción
de Hija adoptiva de Laredo
Han pasado más de 60 años. Era por el año 1947, el 11 de abril, cuando decidí ser religiosa contemplativa. Al principio tuve que mentalizarme: creía que vivía en la edad de piedra, por la miseria que reinaba en el convento, la manera de vestir, los hábitos de estameña, los delantales de saco y las albarcas; los cubiertos eran de madera, y las morteras sustituían a los platos; la comida era a base de titos y patatas, porque la fruta se vendía para hacer frente a las vicisitudes que se presentaban. Luz eléctrica sólo había en el coro, comedor y sala de labores; en el resto de la casa nos alumbrábamos con los cabos de las velas que sobraban de la iglesia. También teníamos una vaca, que de puro seca que estaba... ¡sólo daba leche en polvo!
El rezo en el coro era lo esencial, con el facistol, el paño del color litúrgico, los ciriales portados por las novicias; los días festivos eran más ceremoniosos, con el canto de la Calenda y el incensario, y el canto gregoriano. También dedicábamos un espacio para el silencio y la contemplación, que son el escenario indispensable para situar los interrogantes que la mente plantea.
En la vida religiosa se renuncia a muchas cosas, pero te encuentras que el Amor es una fuente incoercible que siempre tiene un receptáculo donde caer. Los hijos del espíritu valen más que los hijos de la carne. Nuestro carisma es la redención de cautivos. Abrazamos a los hombres de los cinco continentes, sean de la raza que fueren, se llamen de una manera u otra, ortodoxos, anglicanos, protestantes, judíos, budistas, animistas..., ¡e incluso de Plutón! Todos somos hijos de Dios, y por tanto hermanos.
Una sana alegría espiritual
La madre Conchita el día de la toma de hábito
Dos son los pilares fundamentales en los que estribé mi vida: la estricta observancia y la caridad mutua, que no pueden ir en paralelo, sino conjuntadas y bien unidas, dando por resultado una sana alegría espiritual, una medicina contra la depre.
Entré en el convento con espíritu de renuncia, y esa palabra la grabé con letras de grandes caracteres dentro de mi alma. Los sacrificios que se hacían en el refectorio delante de la Cruz eran voluntarios: comer a pan y agua, echar ceniza en la comida, ponerse en cruz en el suelo, besar los pies a las demás monjas, llevar la cruz al hombro...
Con otra monja realizaba estas penitencias voluntarias. Una vez le propuse ponernos en la alpargata cinco garbanzos, y como ella estaba enferma le dije que podía llevar sólo un abalorio. La pobre iba cojeando por todo el convento; a mí me veía juncal y sin ningún signo de molestia ( se me había ocurrido destapar el puchero y coger los cinco garbanzos, pero éstos ya estaban cocidos). Se admiraba viéndome caminar, mientras ella no era capaz de dar dos pasos seguidos. Me obligó a enseñárselos, y al ver que estaban cocidos nos entró la risa. Yo, con sorna, le ofrecí cocer su abalorio, ja, ja ja. Y con eso se terminaron los sacrificios voluntarios.
Hermana María Concepción Arribas
Laredo: más de 500 años de vida contemplativa
La madre Conchita ya como novicia
El 11 de agosto de 1555, Juana la Loca, reina de España, escribía sobre el paisaje de Laredo, y recordaba a su recientemente fallecido esposo, Felipe el Hermoso: «Ahora, en los escasos momentos de algún sosiego, parescenos que llevamos esa mar de Laredo en el corazón. El ruido de las olas transfiguran su voz cálida, más si ponemos ahínco en escucharla. Llégannos los requiebros amorosos que nos profería. Y entonces es como si una inmensa paz, envuelta en niebla, invadiera nuestra alma».
En 1431, fray Martín de Cereceda estableció el primer monasterio franciscano de Laredo, un enclave esencial en el Camino primitivo a Santiago de Compostela. Desde entonces, la vida religiosa contemplativa siempre ha estado presente en la villa cántabra, con el único paréntesis de la expulsión de los religiosos exigida por la Ley de Desamortización de 1836. No fue hasta 1883 cuando los muros del convento de San Francisco se volvieron a poblar; esta vez fueron las monjas trinitarias, que llevan más de un siglo dedicadas a la vida contemplativa y a la enseñanza.