Alfa y Omega > Nº 609 > Desde la fe > Con ojos de mujer
Con ojos de mujer
El otro corazón

No me sorprendió tu reacción porque era la que se esperaba de una persona con sentimientos cuando presencia un acto de injustificada crueldad. Llegaste a tiempo de sorprender a dos individuos que, riendo, intentaban ahogar aquella pequeña vida que se debatía indefensa ante la fuerza de sus agresores. Tú les increpaste tan fuerte, tan amenazadora, que ellos huyeron cobardemente en un coche que salió disparado. Memorizaste la matrícula y, expectante, te acercaste al arroyo, donde habías visto la escena. Tu indignación aumentó al encontrar tres pequeños cuerpos; sólo uno tiritaba, empapado. Era tan pequeño que cabía en tus manos y su temblor anudó tu garganta de congoja intensa porque tus dedos sentían los latidos angustiados de su corazón. Sin vacilación, te lo llevaste a casa y para hacerle reaccionar improvisaste un lecho caliente y mullido en un cestillo. Cuando nos contabas tu inesperada aventura campestre, volvías a emocionarte al recordar cómo abrió los ojos por primera vez mientras le hacías tragar unas gotas de leche. Decías que nadie te había mirado con tanta ternura agradecida, como si supiera que eras su salvadora, y desde luego te consideras así, porque le has puesto de nombre Moisés. Lo curioso es que, desde ese momento, él vuelve la cabeza cuando le llamas. Entre nosotras, yo pienso que no es nombre para un gato, pero si a ti te gusta... No hay nada como hacer lo que uno cree bueno; prueba de ello es que denunciaste a aquellos individuos, utilizando el dato de la matrícula de su coche. Meses atrás he sabido que la historia tuvo el final feliz de un cuento: los malvados han sido sancionados por el delito de maltrato cruel a los animales, tipificado en el Código Penal con penas de tres meses a un año de cárcel.
Si recuerdo ahora esto, es porque tu incoherencia me ha dejado consternada ante tu última revelación: estás embarazada después de una noche insensata que deseas olvidar, y no quieres afrontar la responsabilidad de tener un hijo. Te ves joven y no aceptas ese obstáculo a tu independencia; ese zarpazo a tu libertad. ¡Qué bien has interiorizado las frases manipuladoras de tu irrenunciable dignidad de mujer!: eres la dueña absoluta de tu cuerpo y puedes decidir sobre él, sin remordimientos ni otras estupideces vinculadas a lo que ahora consideras catolicismo decimonónico lesivo para tu libertad.
Por eso, desde aquí, he querido rememorar la historia de tu gato y el orgullo que sentiste al salvar su vida, los mimos y cuidados que siempre le prodigaste. Por eso, desde aquí, te suplico que no tomes ninguna decisión hasta vivir ese momento trascendente para cualquier mujer: escuchar los latidos de su corazón. Su sonido te dirá que quiere vivir, que confía en ti para conseguirlo, que tú sólo tienes que alimentarte y protegerle igual que hiciste con tu gatito. Que necesita tu vientre, como una cuna prestada, para crecer hasta el momento de poderte mirar con los ojos llenos de esa ternura que sólo se ve en la mirada de un niño a su madre. Porque quiere ser tu hijo, pero es distinto a ti, su corazón no es el tuyo, y porque ninguna ley ni ninguna persona tiene el derecho a decidir cuándo ese otro corazón debe dejar de latir.
Isabel Bazo
© 2006. Alfa y Omega, Semanario católico de información. Fundación San Agustín, Arzobispado de Madrid