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Libros
Antídoto contra el impacto homilético
Título: Homilías más eficaces
Autor: Chino Biscontin
Editorial: EDICE

Portada del libro
Cuando escribo estas letras, aún padezco los efectos del shock -choque, impacto- homilético. Me explico. Anduve el fin de semana entusiasmado con la lectura de este libro. Incluso pensé en proponer al pueblo cristiano, a los fieles laicos, una conjura y pacto. Es posible que la mayoría de los párrocos y sacerdotes de nuestra geografía sean buenos predicadores; que sean capaces de tener las ideas claras, distintas y ordenadas antes de ponerse a predicar la homilía; que construyan el discurso de forma persuasiva; que tengan en cuenta al auditorio; y, sobre todo, que sean hombres trasparentes en su vida y en su palabra. No lo dudo. La mayor parte de nuestros sacerdotes -espero no ser muy optimista e ingenuo- pertenecen a este grupo. Habrá otros que no cuiden tanto la predicación; para quienes las actividades pastorales o sociales no les dejen tiempo de enfrentarse al folio en blanco de apuntes, de lugares teológicos, escriturísticos y espirituales con los que argumentar en la predica del domingo. Pues bien, ¿qué pasaría si los cristianos de a pie, de banco de domingo, regaláramos a nuestros sacerdotes este libro sobre las Homilías más eficaces? Cuando la Comisión episcopal del Clero, de la Conferencia Episcopal Española, edita un libro sobre cómo hacer una homilía eficaz, por algo será.
Pero volvamos al shock homilético del principio. En las anteriores anduve cuando llegó la misa dominical. Por circunstancias que no vienen al caso, en vez de asistir a la habitual de la parroquia, nos tocó una iglesia de Moncloa, regentada por unos religiosos. La iglesia, un gran epicentro litúrgico, estaba llena a rebosar. El sacerdote, de mediana edad, muy seguro de sí mismo y con bastantes formas de intelectual acostumbrado al magisterio. El contraste entre lo que había leído del libro y la homilía fue tal, que aún no me he quitado la depresión homilética. Estoy dudando si la próxima vez que asista a una misa dominical no debo llevarme el rosario, práctica no recomendada por los liturgistas y padres espirituales, sin duda. Asistí a una predicación cargada de frases hechas, que resonaban como anuncios publicitarios. En algún momento dudé de si estaba en una misa, o en la reunión de una ONG, o en la asamblea de la asociación de vecinos. Creo que las referencias al Evangelio, a la liturgia, al Magisterio, a la práctica espiritual fueron menos cero. Ni los gestos, ni el tono, ni la forma de la predicación invitaban y ayudaban a orar...
Entonces me acordé de la página 52 de este libro: «Predicar tiene que ver con la palabra de Dios: una mala mediación corre el riesgo de alimentar sombras sobre Dios en la conciencia de los destinatarios de la homilía». O lo que leí en la página 69: «Decía Theodor Adorno: No existe un pensamiento que sea inmune a su comunicación, y basta con formularlo en la falsa sede y en un sentido equívoco para minar su verdad». O en la página 78: «Decía Mark Twain: Para improvisar un buen discurso hacen falta tres días de preparación». Me quedo con san Agustín. Es la pregunta que me hubiera gustado formular, en privado, al sacerdote del domingo: «Si no me haces mejor de lo que era, ¿para qué me hablas?» (In Ioannis Ev. Tract. XIX, 14).
José Francisco Serrano Oceja
La afirmación de la libertad
Título: Dios y el sufrimiento humano. Preguntas y respuestas sobre el problema del mal
Autor: José Antonio Galindo Rodrigo
Editorial: Ediciones Encuentro

Portada del libro
Se dice que el problema del mal es roca del ateísmo y tormento de teólogos. Pero también debemos cuestionar si la pregunta por el mal, el dolor, el sufrimiento, la injusticia, es la pregunta necesaria para entender la respuesta correcta. El agustino José Antonio Galindo, uno de los divulgadores más interesantes de hoy, se adentra en la pregunta por el mal y en la respuesta de Dios, desde la razón y desde la Revelación, con indiscutible acierto pedagógico.
J. F. S.
© 2006. Alfa y Omega, Semanario católico de información. Fundación San Agustín, Arzobispado de Madrid