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El primer genocidio moderno
Cuando el hombre se creyó Dios
Maximiliano Robespierre nació hace 250 años. El hombre que dijo amar la libertad e intentar crear una sociedad justa de ciudadanos fue el responsable del primer genocidio moderno. Le siguieron muchos otros, con el denominador común, siempre, del intento de prescindir de Dios, en nombre de alguna ideología


Con la Revolución Francesa, de 1789,
llegó la oportunidad de transformar la sociedad...
El resultado también fue grandes matanzas,
degradación social y persecución religiosa
Desde el siglo XVIII, Francia, que rivalizaba con España por el lugar de primera potencia mundial, evoluciona hacia posiciones que ven en la Iglesia un lastre para el avance del país. Los pensadores ilustrados defienden tesis racionalistas y empiezan atacando los fundamentos dogmáticos de la Iglesia. Las obras de Voltaire, Rousseau o Diderot difunden una imagen negativa de la Iglesia en círculos minoritarios, pero influyentes por su posición social e intelectual, especialmente en los centros urbanos. El catolicismo -sostienen- es algo propio de las clases populares y atrasadas.
El Siglo de las Luces no deja de ser la época de lucha contra el liderazgo cultural llevado por la Iglesia desde que los bárbaros irrumpieron en el imperio romano occidental. Con la Revolución Francesa, de 1789, llegó la oportunidad de transformar la sociedad. Entre las consecuencias inmediatas, está la formación del primer Estado aconfesional, la desaparición del patrimonio artístico francés, la asunción por el Estado de la educación y de la asistencia social por el desmantelamiento de la red educativa y asistencial de la Iglesia, y la manutención del clero por el Estado. El clero pasó a ser dependiente del Estado en su organización y manutención para cumplir una función pública, igual que los funcionarios del Estado. Los sacerdotes estaban, por ello, obligados a jurar fidelidad a la nación y a apoyar la Constitución decretada por la Asamblea Nacional.

La Vendée: un tremendo genocidio,
en nombre de la libertad
El paso siguiente llegó cuando el Gobierno revolucionario inició una etapa descristianizadora, desde la consideración de la Revolución como una nueva era de civilización, frente al cristianismo, como algo periclitado y vinculado al Antiguo Régimen. El racionalismo que Robespierre quería imponer debía hacerse de una forma comprensible para la población, y así las autoridades iniciaron el culto a la diosa razón. Esta fase de la Revolución, donde por instigación del propio Robespierre se introdujo la fiesta del 8 de junio de 1794 en honor al Ser Supremo, fue un auténtico fracaso. La realidad revolucionaria no pudo ocultar el genocidio causado en La Vendée; decenas de miles de personas tuvieron que exiliarse y centenares de miles fueron asesinados en nombre de la libertad.
Tal vez la consecuencia más dramática que provocó la Revolución fue la degradación social que causó. La Revolución Francesa significó el fin de la Iglesia como institución fuerte e independiente. Su persecución y eliminación supuso la desaparición de todas las instituciones educativas y sociales dependientes de Órdenes religiosas, pasando su responsabilidad al Estado. La educación tendría, a partir de ahora, sólo una voz: la del Gobierno.

El Sagrado Corazón de Antequera, antes y después
de ser volado con dinamita por los milicianos
durante la Guerra Civil española
(Fotografía perteneciente al Arzobispado de Toledo)
La persecución sufrida por los católicos franceses pasó, pero la Iglesia católica no recuperaría el papel protagonista que había tenido en Francia. El vacío producido en la educación produjo la proliferación de numerosas Órdenes religiosas. Sin embargo, con la instauración de la III República y el monopolio político que ejercieron las logias, las Órdenes religiosas de carácter educativo se vieron obligadas a abandonar Francia. Esta política contraria a la religión influiría también en otros regímenes liberales, especialmente de Hispanoamérica. En España, los Gobiernos liberales de la Restauración aplicaron algunas medidas miméticas de las francesas, bajo los gobiernos de Sagasta o de Canalejas. Sin embargo, la instauración de la Segunda República y esencialmente la labor emprendida por Manuel Azaña fue la que más hizo por asemejar España al modelo francés anticatólico, causando de modo gratuito el ambiente de radicalidad que desembocaría en una guerra civil, como la sufrida en el siglo anterior por los franceses.
La búsqueda de la sociedad perfecta sin Dios
Con el siglo XX, la sociedad europea se enfrentó al reto de una modernidad que transformaba el mundo, material y socialmente. Por un lado, un capitalismo emergente, dentro de un liberalismo político, que defendía un individualismo radical e independiente de toda visión trascendente del mundo. Por otro lado, un socialismo transformador, que desembocaba en la búsqueda de una sociedad ideal ordenada por un Estado omnipresente, donde el hombre formaba una partícula minúscula, incapaz de alterar el ritmo de la sociedad perfecta... La revolución rusa de 1917 sustituyó a la francesa como icono de los revolucionarios. Un nuevo modelo social sin Dios se hacía presente.

Imagen del campo de concentración de Bergen
Belsen, en la Alemania de la segunda guerra mundial
(abril de 1945)
Ante esta dualidad, los católicos resultaron ser pioneros de una tercera vía que sostenía la independencia de la persona, pero integrada en una sociedad en la que cada uno tenía una misión que cumplir y resultaba complementaria de la de su vecino, y donde era necesaria la conjunción de todas para que tuviesen un sentido armonioso. Este modo orgánico de ver la vida queda plasmado en la encíclica Rerum novarum, de León XIII, en 1885, el rodrigón por el cual muchos intelectuales católicos pudieron encauzar su pensamiento en la elaboración de un camino de defensa de la dignidad de la persona.
El determinismo social, propiciado por el comunismo, y el de tipo biológico, defendido por el nacionalsocialismo, sustentaron dos modelos totalitarios alternativos a un liberalismo decadente y divorciado de la mayoría social, pero donde la imagen idílica del nuevo hombre, representada en las impresionantes imágenes de la propaganda oficial, contrastaba, negro sobre blanco, con los detenidos en los campos de concentración. Son dos intentos más de construir una sociedad paradisíaca... Dios quedaba sepultado en las inmensas fosas de Katyn, o en las mazmorras de la Lubianka.
Los retos del presente

Dos tallas de Cristo mutiladas durante
la Guerra Civil española. (Foto
perteneciente al Servicio Informativo
Español. Luis Aguirre Prado)
La llegada al pontificado en 1978 de Juan Pablo II, profesor de Ética social y Teología Moral en la Universidad Católica de Lublin (Polonia), dará definitiva respuesta al discurso neomarxista imperante en el mundo de la cultura del período de la guerra fría. La concepción de Juan Pablo II sobre la relación entre la gracia y la naturaleza humana, donde la naturaleza humana, como tal, está constituida por una orientación radical a la gracia que la trasciende, pero que la completa y le da su plenitud definitiva, no separaba a la persona de la realidad del mundo, sino más bien la capacitaba mejor para orientar este mundo hacia el reino de Dios. Los medios de formación, la oración y la participación en los sacramentos se convertían en imprescindibles para la formación de los cristianos como personas libres.
Sin embargo, esta reafirmación de la persona se contradice en la actualidad con la imagen de persona planteada en nuestras instituciones democráticas. La libertad y el placer son la nueva roca que sirve de base a la construcción de una nueva sociedad relativista. La sociedad se convierte en la suma de intereses individuales. El emigrante es libre de venir, el trabajador es libre de aceptar ciertas condiciones laborales y el comerciante es libre de abrir en festivos. Es la vuelta a los orígenes, es la vuelta al contrato social de Rousseau, donde el débil no debe existir, por ser una carga para una sociedad utilitarista. Ante esta nueva realidad totalitaria, el cristiano vuelve a ser testigo incómodo, incluso por su comportamiento social. La construcción de una sociedad relativista que no reconozca la realidad cristiana de nuestra sociedad, volverá a quedar indefensa ante los nuevos totalitarismos.
José Luis Orella
Exterminios en nombre de la ideología: de Robespierre, a Al Qaeda
Si la gente se interpone en el camino de las ideas, debe ser apartada y, si es necesario, recluida en campos de concentración o asesinada. Los individuos no cuentan. El individuo es, de hecho, un estorbo en la búsqueda de ideales absolutos. Con sus rarezas y sutilezas, su mezcla de bien y mal, inteligencia y estupidez, anhelo de justicia y preocupación por promover sus propios intereses, la persona no encaja en una comunidad utópica. Por ello, los utopistas, si lo son en serio, tienden a convertirse en terroristas. Un caso significativo fue Robespierre, que inventó tanto el utopismo como el terrorismo en sus formas modernas.
El 17 de febrero de 1794, dejó escrito: «En nuestro país, queremos sustituir los principios por hábitos, los deberes por protocolo, el amor a la gloria por el amor al dinero...» Robespierre indicaba que no sólo se oponía a muchos de los rasgos que caracterizan a los individuos, sino que reconocía no sentir ninguna simpatía por la naturaleza humana. No proponía una simple reforma social, o la educación en una nueva virtud, sino la abolición inmediata del antiguo orden de comportamiento, que identificaba con la monarquía. Por tanto, no es de extrañar que se sintiera impulsado a promover su utópica solución utilizando el terror contra una clase entera, la nobleza, un sector enorme de la población -entre una octava y una décima parte-, que debía ser juzgada, encarcelada o ejecutada sin importar el comportamiento o culpa individual, sino solamente por su nacimiento.
Desde entonces, los intelectuales comprometidos en la construcción de utopías han ignorado invariablemente al individuo y actuado contra categorías enteras de seres humanos. Lenin, que consideraba a Robespierre como uno de sus héroes, siguió la misma política, pero con metas más amplias y una lista ampliada de enemigos. No quería meramente destruir la aristocracia, sino la burguesía entera. Usó el terror exactamente de la misma manera que Robespierre, sólo que a una escala mucho mayor. La Rusia zarista era una sociedad cruel y despiadada, pero también, a su manera, cristiana. En los 80 años anteriores a 1917, una media de 17 personas eran ejecutadas cada año en Rusia, prácticamente todas condenadas por asesinato. Entre 1918-19, la Checa ejecutó a mil personas al mes. Un oficial veterano explicaba: «No estamos llevando a cabo una guerra contra los individuos. Estamos exterminando a la burguesía como clase. No buscamos pruebas o testigos para descubrir palabras u obras contra el poder soviético. La primera pregunta que hacemos es a qué clase pertenece, cuáles son sus orígenes, educación o profesión. Estas preguntas deciden su destino. Ésta es la esencia del Terror Rojo». Las Grandes purgas de Stalin aumentaron la tasa de ejecuciones, en los años 1937-38, a 40.000 al mes. Pero el principio era el mismo. Los ejecutados no eran juzgados por sus actos. Todos pertenecían a categorías como enemigos de la URSS, contrarrevolucionarios, o troskistas.
A la hora de asesinar en nombre de sus respectivas utopías, no hay diferencia entre Hitler y Stalin. Hitler mataba a enemigos del Estado por sus culpas individuales, pero la mayoría de sus víctimas encajaban en categorías raciales -gitanos, judíos, eslavos-. A diferencia de Stalin, que estaba construyendo una utopía de clase y mató o causó la muerte de probablemente 20 millones, Hitler perseguía una utopía racial, asesinando en el proceso a seis millones de judíos, únicamente por su origen, según las Leyes de Nüremberg.
Hubo aún una vuelta de tuerca más en exterminio durante el largo reino del terror de Mao Tse-tung, en China. Mao mató a millones durante su mandato. En la Revolución Cultural, de los años sesenta, se definía a las víctimas por estar influidas por la cultura tradicional. Jung Chang ha calculado que el número total de víctimas del comunismo chino durante la vida de Mao es de 70 millones, lo que hace parecer a Stalin y Hitler, sin mencionar a Robespierre, casi como simples aficionados.
El exterminio, si se aplica por fanáticos activistas en países más pequeños, puede alcanzar también la categoría de genocidio. En Camboya, entre abril de 1975 y principios de 1977, Pol Pot y sus compañeros jemeres rojos, que han sido correctamente definidos como los hijos de Sartre, acabaron con la vida de 1,2 millones de personas, una quinta parte de la población.
Por supuesto, el exterminio no empezó con Robespierre. Es un fenómeno antiguo. Y muchos ejemplos en los tiempos modernos -Congo, Sudán, Zimbabwe- son primitivos en su esencia, aunque a veces disfrazados con vestiduras modernas, como el anti-colonialismo. Por ejemplo, el terrorismo islámico moderno es, sin duda, una mezcla de lo nuevo y lo antiguo. Los modernos activistas islámicos de Leeds, que se convierten en terroristas suicidas y asesinan indiscriminadamente en el transporte público de Londres, están motivados por una mezcla de fe religiosa y variantes modernas del marxismo. No asesinan por la culpa individual, sino por la raza o la cultura, o incluso por una simple asociación de la víctima con Occidente.
Paul Johnson
en The Spectator
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