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El cardenal Rouco, en el LX aniversario la Declaración Universal de los Derechos Humanos
«Dios nos pedirá cuentas»
«¿Quién tiene derecho a la vida, de una forma indiscutible?» Depende -advierte el cardenal Rouco- de lo que decida en un momento dado el poder político. Éste es quizá el ejemplo más dramático de la progresiva relativización de los derechos fundamentales, y plantea la urgencia de «volver a ponernos de acuerdo, de crear una cultura al menos de mínimos éticos» en torno a estos derechos. Sobre ello trató su conferencia en la apertura de curso del Foro Juan Pablo II, en la madrileña parroquia de la Concepción
Firma del Papa en el Libro de Visitas de la ONU,
el pasado mes de abril. Benedicto XVI escribió
una cita de Isaías: La paz es obra de la justicia
Al término de la Segunda Guerra Mundial, el llamamiento de Pío XII coincidía en buena medida con el sentir general, al menos en el llamado mundo libre: «Es necesario afirmar los derechos humanos como principios jurídicos previos al Estado, a los cuales el ordenamiento jurídico debe obediencia. No cabe la pretensión de dominarlos ni modelarlos» según la propia conveniencia, ni siquiera en nombre de la soberanía popular, explicó la pasada semana el cardenal Rouco en la parroquia de Nuestra Señora de la Concepción, de Madrid.
La experiencia del nacional-socialismo estaba aún muy reciente cuando la Asamblea General de la ONU aprobó la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que «marcó un antes y un después en la historia del Derecho». Los nazis, como seguiría ocurriendo en la Unión Soviética, convirtieron el Derecho «en un instrumento puro y duro del poder, en lugar de un cauce para la realización de la justicia». La Declaración Universal nace precisamente como reacción frente a todo aquello... Pero algo empezó a cambiar a partir de principios de los años 70, con la tristemente célebre sentencia Roe contra Wade en Estados Unidos, que inicia «un proceso en todos los países de tradición cristiana, siempre en línea creciente, en contra de la vida del no nacido, hasta límites verdaderamente escandalosos». El derecho a la vida, el más fundamental de todos, comienza a ser cuestionado, hasta el punto que ya no somos capaces de responder a estas simples preguntas: «¿Quién tiene derecho a la vida, de una forma indiscutible? No lo sabemos», salvo de una forma positiva, acudiendo a la legislación de cada país. «¿Y después de nacer? ¿Qué ocurre con los enfermos terminales? ¿Y con los niños en Holanda que sufren alguna tara física o psíquica? ¿Hay una fórmula éticamente indiscutible, para poder afirmar que, a partir de un momento dado, el hombre tiene derecho a la vida?»
En 1948, el derecho a la vida no preocupaba especialmente a los autores de la Carta, en el sentido de que «estaba muy claro en la conciencia general», explica el cardenal Rouco, como lo estaban también las nociones de matrimonio y familia, y la necesidad de proteger jurídicamente estas instituciones, para proteger el vínculo entre los esposos. Tampoco había dudas con respecto a la libertad religiosa y de conciencia. «Parecía que el laicismo radical era un asunto del siglo XIX, que había terminado dramáticamente en la Segunda Guerra Mundial», pero décadas más tarde ha vuelto a aparecer «bajo la forma de negar el derecho a la libertad religiosa ejercida públicamente, ejercida socialmente». Hay bastantes ejemplos en la educación... «¡Qué difícil es poder enseñar la Religión libremente en el sistema educativo de muchos países de Europa, cuando debería ser lo normal!»
Negar la ley de Dios es letal
Todo esto se paga, advierte el cardenal Rouco. Es algo que invariablemente enseña la Historia, y que ya advertían los profetas en el Antiguo Testamento: «Crisis moral, crisis de las conciencias, apartamiento de la ley moral fundamental, problemas de paz... No hay que esperar al juicio final para comprobar los efectos de la negación de la verdad, la bondad y la belleza de la ley de Dios».
La respuesta que ofrece el Papa frente a esta problemática es la «necesidad de diálogo entre los cristianos y los hombres de buena voluntad en el mundo laico, sobre todo teniendo en cuenta el problema del fundamentalismo islámico. Hay que volver a ponerse de acuerdo, crear una cultura al menos de mínimos éticos en torno a los derechos fundamentales». En todo ello, cree el cardenal, «la responsabilidad de los católicos es muy grande... Seremos no los últimos responsables de lo que pase. Algunos estaremos entre los primeros, porque Dios nos pedirá cuentas sobre qué hemos hecho con nuestros talentos». La comunidad eclesial debe asumir su responsabilidad, y volcarse de forma decidida «por la salvación del hombre de una forma integral, que llegue a las madres que quieren dar a luz a su hijos, que llegue a las familias en situaciones de desestructuración, que llegue a los jóvenes que atraviesan momentos de crisis...»
R.B.
Jaime Mayor Oreja:
Hay crisis... de valores
La crisis financiera que «nos agobia y parece que lo abarca todo» puede ser sólo la punta del iceberg de una crisis de calado mucho más profundo. Eso cree el eurodiputado don Jaime Mayor Oreja, que fue el encargado, este año, de presentar al cardenal Rouco en el Foro Juan Pablo II. «Cuando se vive por encima de las posibilidades -añadía-, cuando se gasta más de lo debido, cuando la especulación preside nuestros comportamientos, cuando se quiere siempre más y más, y parece que no se tiene nunca suficiente, se está no sólo explicando lo sustancial de la actual crisis económica, sino que se está describiendo una crisis de valores».
Esa otra crisis -cree el señor Mayor Oreja- es «causa y origen» de la crisis financiera, y será «todavía más difícil saber hacerle frente». Ambas, en todo caso, se solucionarán con «la modificación de nuestras actitudes. La falta de convicción, la debilidad de los valores propios o la cobardía por el temor a sentirse en minoría frente a un ambiente cultural hostil» son las grandes dificultades a superar.