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El Pilar, la Virgen y Los Sitios de Zaragoza
La fuerza de la fe
Durante la Guerra de la Independencia, la basílica del Pilar, de Zaragoza, se convirtió en un protagonista más de la lucha de los españoles contra los invasores. La Virgen fue un apoyo singular para todo el pueblo zaragozano. El autor de este artículo es doctor en Historia y subdirector de la revista El Pilar, donde fue publicado un resumen de una reciente conferencia que pronunció sobre este tema

El templo del Pilar, edificio sagrado por excelencia de Zaragoza, morada de la Patrona y blanco de las armas de los franceses, constituye un centro moral y material de la tragedia de los Sitios de Zaragoza (1808-1809); moral, porque en él está la imagen de la Patrona, y material, porque fue el refugio de muchos. Si siempre era visitado por los fieles, los años de los Sitios fue aún mayor el número de visitas, primero por el entusiasmo de la guerra, y luego como consuelo para sus penas. Era muy común el que grandes masas de gentes se reunieran festejando cualquier pequeño éxito, o implorando ayuda y consuelo para muertos y vivos.
Ante los bombardeos, gran parte de la población acudía al Pilar como lugar de refugio, lugar que creían seguro por la protección de la Virgen. El templo estaba abarrotado, especialmente el 4 de agosto de 1808, ya que ante el horror de las bombas ningún sitio era seguro. Frente a ello, sólo la oración ante el Pilar de la Virgen podía darles fuerzas para mantenerse en pie en medio de aquel infierno, esperando que llegase el final de la guerra. Esa noche fue terrible para todos; unos entraban en el templo buscando refugio, tras haber sido ocupadas sus casas por los franceses, a la vez que otros salían en busca de los seres queridos, de los que no se tenían noticias. Los franceses estaban llegando al centro de la ciudad. La situación se mantuvo hasta el día 8 de agosto, en el que el Segundo Batallón de Voluntarios de Aragón logró hacer retroceder a los franceses.
Durante el primer Sitio, el Pilar no recibió grandes proyectiles, ya que en la línea de tiro se interponían otros edificios. No ocurrió así en el segundo Sitio, ya que tuvo que soportar diversos ataques: el Pilar seguía siendo el blanco preferido de los franceses, pero las gentes encontraron en él un lugar de salvación milagrosa, ya que por dos veces un proyectil había recorrido las naves del templo, entrando y saliendo sin producir ninguna desgracia humana. Mosén Cadena, en sus notas, dice que por la noche era tal el gentío que ocupaba el Pilar que no había un palmo de terreno sin ocupar, y hasta las escaleras de los púlpitos habían sido tomadas como dormitorios por unas monjas.
La Virgen, corazón del templo
Asedio a El Pilar, durante el Sitio de Zaragoza
La sala de oración, en donde se veneraba al Santo Cristo de la Agonía, fue utilizada como enfermería para monjas, y el resto de dependencias, como la Sala Capitular, archivo, sacristía..., se utilizaban para atender a los enfermos y heridos, lo que convertía al templo del Pilar en un auténtico hospital, con sus capillas llenas de camas, e incluso las naves, lo que producía un hedor bastante desagradable e insano. Así continuó el estado general del templo y de sus alrededores, hasta el 20 de febrero de 1809 en que se consumó la capitulación.
El corazón del templo, y lo que le da el sentido principal, es la Virgen, Nuestra Señora del Pilar. En el santo pilar de la Virgen ponían los zaragozanos de la época sus ojos y sus esperanzas, de tal forma que, así, los débiles se sentían fuertes, y los fuertes se tornaban héroes, y los héroes convertíanse en mártires, mártires de la fe, de la patria, de la independencia y de la religión.
La ocupación francesa también dio importancia al culto a la Virgen del Pilar y, cuando el mariscal Lannes llegó a la ciudad conquistada, fue hasta el templo y allí subió al camarín de la Virgen, donde se arrodilló y besó el manto de la Virgen. El Pilar pasará así de ser refugio de sitiados, a trono de los sitiadores; aquellas naves que tanto sufrimiento y dolor habían recogido, tanto llanto de desesperación y súplicas a Nuestra Señora, se convierten en arcos triunfales para los franceses, bajo cuyo suelo yacía la sangre y el honor de los zaragozanos.
Unas 54.000 personas murieron entre los dos Sitios (gran parte de ellas, por hambre y enfermedad), pero otras tantas tuvieron que sobrevivir después de enterrar a sus muertos. Los acontecimientos de los Sitios produjeron multitud de héroes anónimos.
El Deán Florencio Jardiel escribió, en los actos conmemorativos del 150 aniversario de los Sitios: «La imagen de la Virgen es la herencia del pasado glorioso, unido a ella por los lazos de una devoción nunca entibiada; esa imagen es el testimonio viviente de cómo un pueblo que se abraza a la cruz por la firmeza de sus creencias es un pueblo viril, generoso y abnegado; esa imagen representa para Zaragoza, para Aragón, para España entera, la fuerza indestructible de su fe religiosa, lealtad, nobleza, constancia y energía, honradez y laboriosidad, aliento y esperanza, visión de gloria que señala a su espíritu generoso el término feliz de las asperezas terrenas, y estela luminosa que el mar de la vida, conmovido por contrarias pasiones, no abandona jamás». Esta devoción a la Virgen del Pilar está enraizada en el pueblo zaragozano, y así, desde 1642, se le proclama Patrona de la ciudad de Zaragoza, y desde 1678, de todo el Reino de Aragón.
María Solano Altaba