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Esto ha dicho el Concilio
La preocupación por el restablecimiento de la unión atañe a la Iglesia entera, tanto a los fieles como a los pastores; y afecta a cada uno según su propia capacidad, ya sea en la vida cristiana diaria o en las investigaciones teológicas e históricas. Esta preocupación manifiesta ya, de alguna manera, la unión fraterna existente entre todos los cristianos, y conduce a la plena y perfecta unidad, según la benevolencia de Dios.
Toda renovación de la Iglesia consiste esencialmente en un aumento de la fidelidad a su vocación; ésta es, sin duda, la razón de por qué el movimiento tiende hacia la unidad. La Iglesia, peregrina en este mundo, es llamada por Cristo a esta reforma permanente de la que ella, como institución terrena y humana, necesita continuamente; de modo que, si algunas cosas, por circunstancias de tiempo y lugar, hubieran sido observadas menos cuidadosamente en las costumbres, en la disciplina eclesiástica o incluso en el modo de exponer la doctrina -que debe distinguirse cuidadosamente del depósito mismo de la fe-, deben restaurarse en el momento oportuno recta y debidamente. Esta renovación tiene, pues, gran importancia ecuménica. Los diferentes aspectos de la vida de la Iglesia, por los cuales se realiza ya esta renovación -como son los movimientos bíblico y litúrgico, la predicación de la Palabra de Dios y la catequesis, el apostolado de los laicos, las nuevas formas de toda vida religiosa, la espiritualidad matrimonial, la doctrina y la actividad de la Iglesia en el campo social-, deben ser considerados como prendas y augurios que presagian felizmente los futuros progresos del ecumenismo.
Decreto Unitatis redintegratio, 5-6