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La ruta de Don Vasco (Lunwerg Editores) recorre la vida y los entornos del obispo español que luchó por la dignidad de los indígenas mexicanos
Tras las huellas de Vasco de Quiroga
Nació en Madrigal de las Altas Torres, Ávila, pero su vida y su memoria están ligadas de forma indisoluble al Estado de Michoacán, en México. Vasco de Quiroga fue el primer obispo de aquella diócesis y un luchador sin descanso en la defensa de la dignidad de los indígenas. Experto jurista y fecundísimo apologeta, combinó sus conocimientos intelectuales con su ardor apostólico para enraizar el Evangelio allá donde aún nadie lo había predicado en plenitud. Hoy, un libro recoge los principales escenarios de su vida, fruto de una iniciativa turística que hace poco inauguraron, en el propio Estado de Michoacán, los Príncipes de Asturias
Escultura de Don Vasco, en el jardín de las Rosas, en Morelia (México)
En pleno siglo XVI, cuando el continente americano era aún un basto territorio sin explorar, tres clases de hombres se embarcaban en la aventura de la conquista del Nuevo Mundo: quienes huían de España por oscuros motivos, quienes ansiaban la gloria de la posteridad, y quienes buscaban gastar su vida en el anuncio del Evangelio. A esta última raza de españoles, apóstoles de su tiempo, pertenecía don Vasco de Quiroga y Alonso de la Cárcel (1470-1556), primer obispo del Estado mexicano de Michoacán e inagotable defensor de la dignidad de los indígenas.
Nacido en Madrigal de las Altas Torres, provincia de Ávila, Vasco de Quiroga partió hacia México allá por 1531, con el encargo expreso del emperador Carlos V de ser Oidor de la Audiencia de México, que había de asentar en el país un ordenamiento jurídico estable. Su preparación franciscana y sus profundos conocimientos en leyes (ya había sido juez en Orán y representante de la Corona en los tratados de paz con el rey de Tremecén), fueron el mejor pasaporte para cruzar el océano; sin embargo, fueron otros los motivos que cambiaron la vida de Vasco de Quiroga. La miseria en que vivían los indígenas mexicanos («vendidos, vejados y vagabundos por los mercados, recogiendo las arrebañaduras tiradas por los suelos», escribiría tiempo después) movieron al religioso español a fundar, en la capital del país, el Hospital de la Santa Fe, donde los enfermos más pobres y desfavorecidos eran atendidos, al tiempo que recibían instrucción en la fe católica.
Indios marcados como reses
Su predilección por los marginados y su constante trabajo en favor de los indígenas -especialmente de los indios p’urhépecha- pronto hicieron que los alrededores del hospital se poblasen de aquellas familias que los colonos miraban con desprecio. Las protestas de algunos españoles a la Audiencia provocaron el alejamiento de Vasco de Quiroga de la capital, y el Oidor imperial fue trasladado a Michoacán. Como en tantas otras ocasiones, lo que pretendía ser un movimiento para debilitar una iniciativa evangelizadora terminó por convertirse en un revulsivo para este religioso renacentista, dotado de un especial sentido de la justicia social. La pobreza de Michoacán, y las vejaciones y torturas que sufrían los indios (a quienes se esclavizaba y marcaba con un hierro ardiendo, como a las reses), provocaron una encendida reacción de Vasco de Quiroga, con escrito al Presidente de la Audiencia incluido. A partir de ese momento, puso en marcha nuevos métodos de educación y trabajo en las comunidades indígenas, en un intento de crear una sociedad más equitativa que reconociese la espiritualidad de todos los hombres, con independencia de su raza. En 1538, era tal la autoridad apostólica del sacerdote franciscano que Michoacán fue erigida como diócesis, y Vasco de Quiroga, ordenado obispo titular de aquella sede, con residencia en la ciudad de Pátzcuaro. Un año después, los prelados mexicanos se reunieron para eliminar los bautismos masivos de indios y restringirlos a los catecúmenos y necesitados, para lo que el español redactó el Manual de Adultos y Doctrina para los Indios. Apoyándose en ambos textos, y en la obra Utopía, de quien más tarde sería santo Tomás Moro, continuó su experimento evangelizador y la fundación de hospitales, conventos, seminarios y escuelas hasta su muerte, el 14 de marzo de 1565. Su legado apostólico aún continúa vivo. Tanto, como para que cada año se realice una ofrenda floral a un monumento en su honor, tanto en Madrigal de las Altas Torres como en el municipio mexicano de Patzcuaro, hermanado con la localidad abulense.
José Antonio Méndez