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Habla el Papa
Humanae vitae

Los esposos, habiendo recibido el don del amor, están llamados a hacerse, a su vez, don del uno al otro sin reservas. Sólo así los actos propios y exclusivos de los cónyuges son verdaderamente actos de amor que, mientras les unen en una sola carne, construyen una genuina comunión personal. La posibilidad de procrear una nueva vida humana está incluida en la donación integral de los cónyuges. Así ésta no sólo se asemeja, sino que participa del amor de Dios, que quiere comunicarse llamando a la vida a las personas. Excluir esta dimensión mediante una acción dirigida a impedir la procreación significa negar la verdad del amor conyugal. Éste es el núcleo esencial de la enseñanza que Pablo VI dirigió, hace 40 años, a los cónyuges. En esta luz, los hijos ya no son el objetivo de un proyecto humano, sino reconocidos como un auténtico don que acoger.
Pueden darse circunstancias graves que hacen prudente distanciar el nacimiento de los hijos, o incluso suspenderlo. El conocimiento de los ritmos naturales de la fertilidad de la mujer se convierte aquí en importante para los cónyuges. De esta forma, los cónyuges, respetando la verdad plena de su amor, podrán modular su expresión, sin quitar nada a la totalidad del don de sí mismos que expresa la unión de la carne. Obviamente, esto requiere una madurez en el amor, que no es inmediata.
¿Cómo es posible que hoy el mundo y también muchos fieles encuentren tanta dificultad en comprender el mensaje de la Iglesia, que defiende la belleza del amor conyugal en su manifestación natural? La solución técnica parece a menudo la más fácil, pero en realidad esconde la cuestión de fondo, que se refiere al sentido de la sexualidad humana. La técnica no puede sustituir a la maduración de la libertad, cuando está en juego el amor. Ni siquiera la razón basta. Sólo los ojos del corazón llegan a captar las exigencias propias de un gran amor, capaz de abrazar la totalidad del ser humano.
(2-X-2008)
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