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Arte
Darío Villalba y el hombre

Darío Villalba dice que la fotografía es pintura, y la pintura, fotografía. El aserto descoloca, porque es como decir que el pie es la mano, y la mano, el pie. Ambos coinciden en que son miembros, vale, pero los usos son distintos; no nos llevamos los calcetines a las manos, ni contabilizan los goles que se meten con el puño (bueno, en esto hay excepciones). Pero, cuando has visto la obra del artista vasco, entiendes que se ponga tan estupendo. En Madrid podemos contemplar su trabajo más reciente en la galería Marlborough, hasta el 11 de octubre. En sus fotos siempre apunta la pintura, quiero decir, que en su pintura habita el peso de la fotografía. ¿Lo ven? He caído en su hechizo. Además, su temática me atrapa, la presencia de ese dolor que pasa inadvertido, el de los sin techo, los desarraigados, los pobres, los locos, aquellos que habitan en los arrabales de las noticias. En la galería Marlborough hay un tríptico sorprendente sobre un niño gitano. Villalba comenta: «Refleja mi estado estético actual, reforzando siempre los parámetros de la energía y piedad en lo sacramental del ser humano, rescatando las imágenes que me producen más vértigo».
En tiempos en los que el ser humano se trae y se lleva como una mercancía en manos de los estibadores del muelle, la pausa de la piedad sobre el hombre es ya una felicidad. Oscar Wilde, cuando sufrió su paso por la cárcel de Reading, dijo aquello de que encontrarse con el dolor es siempre ponerse delante de lo sagrado. Ni de lejos Darío Villalba se parece a Damien Hirst, el que envitrina a cebras y tiburones en formol, con el único afán de lucrarse; en Villalba sólo prima la reflexión sobre el hombre. Cuando el Reina Sofía propuso una retrospectiva de su obra, el año pasado, vimos sus encapsulados, esculturas de tamaño natural de seres humanos en posición doliente. En el espectador se levantaba un afecto inmediato por ellos, un rigor de hermandad: es el arte, que blande su bisturí para abrirnos las costuras del alma. En la presente exposición, Villalba no presenta iconos sociales, o celebridades del momento, sino que saca a la luz al hombre cuando su miseria apunta a lo sobrenatural. Hay unos versos de Alda Merini que cuentan muy bien todo esto: «Toda cosa bella se vuelve pasajera en las manos de los hombres, pero toda cosa bella, besada por Dios, se vuelve una rosa roja plena de sangre».
Javier Alonso Sandoica
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