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Con ojos de mujer
¡Qué bello es vivir!
Íñigo y Juan festejaron juntos su cumpleaños. Su madre había preparado con ilusión la fiesta y estaban invitados los amigos de clase de los dos. Tengo que reconocer que nada más llegar tuve que disimular para que la emoción no me jugara una mala pasada. La escena que aparecía al cruzar la puerta era una preciosidad. Un enjambre de niños corría revuelto. «¿Por qué hay tanto Down?», preguntó una madre. «Son los amigos de Juan», respondí con naturalidad.
Es cierto que me emociono con facilidad: pero en un mundo en el que para tener carta de ciudadanía hay que ser joven, sano y guapo y que adula sin rubor al rico y poderoso; en un mundo que esconde lo imperfecto, en el que no existe la enfermedad ni el dolor, en el que los niños con síndrome de Down han desaparecido de la calle porque los padres se arrogan el derecho a decidir si nacen o no; en un mundo así..., una fiesta en la que se ha tenido en cuenta a toda clase de niños sin preocuparse por su grado o tipo de minusvalía, es un motivo de esperanza.
Nuestra sociedad nos lleva a invitar a los exitosos, ricos, listos y divertidos de la clase, olvidando casualmente a los patitos feos. Suficientemente duro resulta para unos padres luchar, día a día, para sacar adelante, con un esfuerzo sobrehumano, a estos campeones de la superación, como para que además tengan que sufrir nuestro desdén e hipócrita solidaridad. Siento ser tan dura, pero... ¿Hace cuánto tiempo no hemos invitado a ese niño ciego, sordo o cojo? ¿Por qué no acogemos a ese cuyo padre acaba de ser despedido del trabajo? ¿Hacemos sentirse importante al que tiene un hermano con una seria minusvalía y en su casa todo gira en torno a él?
Olvidaba decirles que el padre de Antonio, ese niño con síndrome de Down al que Juan se abalanzó nada más verle llegar, al grito de «¡Mi amigo Antonio!», y ese mismo Antonio al que hicieron sentirse importante los payasos haciéndole protagonista de los juegos; ese padre cariñoso y luchador se despidió de la anfitriona diciendo: «No me atrevía a llevarle a sitios, y ¡cuánto ha disfrutado! ¡Gracias, porque es la primera vez que alguien invita a mi hijo!»
Tenía un interés muy especial en no faltar. Me importaba sobremanera que mi hijo Fernando entendiera quienes son las personas verdaderamente importantes en este mundo. Hoy con estas líneas, quiero rendir homenaje a todas esas madres que me rodean que son capaces de luchar sin descanso contra la enfermedad, el dolor, la angustia, el sufrimiento y la incomprensión; que se sobreponen una y otra vez ante sus hijos y ante el mundo para permanecer siempre firmes; que sacan fuerzas de flaqueza para mantener el ánimo, y dan lo mejor de sí mismas para sacar lo mejor de sus hijos y de nosotros mismos, pues nos hacen exclamar al verlas tan recias: «Qué duro, pero... ¡qué bello es vivir!» María, Madre de los desamparados, ruega por nosotros.
Carla Diez de Rivera