Alfa y Omega > Nº 610 > Desde la fe
Los paralelismos entre la eutanasia nazi y las propuestas que se hacen en la actualidad
Parecidos inquietantes
El individuo es soberano sobre su vida, los médicos pueden matar sin que el paciente lo pida y, cuando se consumen recursos públicos, un enfermo debería plantearse su deber de morir... No son sólo proclamas de los nazis. Defienden esto hoy, entre otros, una influyente baronesa inglesa y partidos políticos españoles, para más señas republicanos


La antorcha olímpica
llega a las Olimpiadas de Berlín 1936
Una mujer alegre empieza a sufrir accidentes, y le diagnostican esclerosis múltiple. Al ver cómo va perdiendo calidad de vida, le pide a su marido, médico, que acabe con ella. El marido es acusado de asesinato, y en el juicio alega que fue un acto de compasión. Esta película podría llegar a nuestros cines (no hay demasiada diferencia con Mar adentro), pero se llama Ich klage an (Yo acuso), se estrenó en Alemania en 1941 y hoy es de acceso restringido, por considerarse propaganda nazi.
La eutanasia no llegó al Tercer Reich directamente, con acciones de exterminio a gran escala como Aktion T4, el programa que entre 1939 y 1941 acabó con la vida de entre 200 y 300 mil personas. Con argumentos similares, se había acabado ya con unos 5.000 niños discapacitados. Y antes incluso de que los nazis subieran al poder, se había puesto la primera piedra con una obra -que luego fue utilizada por los nazis- a la que hoy no le faltarían suscriptores. En su blog, el padre Carlos Corral, ex profesor de Ciencias Políticas en la Universidad Complutense, analiza el estudio que, en los años 20, firmaron el jurista Karl Binding y el psiquiatra Alfred Hoche, bajo el título Licencia para el aniquilamiento de la vida indigna de ser vivida.
El profesor Corral encuentra paralelismos entre este texto y la proposición de ley sobre «disponibilidad de la propia vida» que el pasado abril presentaron ERC, IU e ICV en el Congreso para despenalizar la ejecución o cooperación activa en la muerte de enfermos terminales, con graves padecimientos, o con una incapacidad permanente. Hace casi 90 años, y ahora, se justifica con la pretendida soberanía absoluta del hombre sobre sí mismo.
No deja de ser una paradoja, porque el mismo documento recomendaba -afirma el profesor Corral- que «se permitiera a los médicos poner fin, por propia iniciativa, a una existencia dolorosa». La decisión de la muerte por compasión -concepto que también ya se utilizaba por aquel entonces- pasaba del enfermo al médico. No es algo tan alejado de la proposición de los nacionalistas-socialistas catalanes, que llega a contemplar que, excepcionalmente, se aplique la eutanasia sin el consentimiento del paciente o sus familiares, basándose en la voluntad presunta del paciente, aunque sus allegados estén en contra.
La obra de Binding y Hocher da un paso más allá, deja de lado -una vez lo ha rentabilizado- el argumento de la autonomía del paciente, y convierte la eutanasia en una cuestión de Estado: «La sociedad -parafrasea Corral- debía acabar con una vida que constituyera una carga para ella». En las últimas semanas, la baronesa Mary Warnock, promotora de la legalización de la reproducción asistida en el Reino Unido, ha afirmado, en la revista Life and work, que podría existir el deber de morir, pues, «si tienes demencia, estás malgastando la vida de la gente y los recursos» de la sanidad pública. Ya en 2004, Warnock, considerada como una de las principales expertas en ética de su país, afirmó: «No me avergüenza decir que algunas vidas valen más la pena ser vividas que otras».
Ya lo dijeron Binding y Hoche: los discapacitados no tienen derecho a la vida, pues son seres irracionales que carecen de cualidades esenciales. También lo dice hoy el filósofo Peter Singer, huérfano del Holocausto y promotor de los derechos de los animales, que ha llegado a afirmar que sería más correcto matar a un recién nacido deficiente que a un cerdo adulto. Y sus opiniones gozan cada vez de más aceptación.
María Martínez López
Vuelve la higiene racial
Todo está conectado. Cuando los alemanes Karl Binding y Alfred Hocher defendían en su escrito la eutanasia en los años 20, la eugenesia gozaba también de bastante simpatía, antes de que se viera su verdadero rostro en los campos de exterminio. Después, aunque parecía que había desaparecido, sólo se había quedado a la vuelta de la esquina. Algunos de sus logros perduran hoy.
La británica Marie Stopes promovió la esterilización y la contracepción de mujeres pobres. Hoy, el Gobierno británico le dedica un sello y la organización que lleva su nombre promueve el aborto en 500 centros de 38 países. Incluso se ha vuelto a hablar de la esterilización: en Nueva Orleans, un legislador ha propuesto ofrecer mil dólares a las mujeres pobres que la acepten.
«No queremos que se sepa que queremos exterminar a la población negra». Lo dijo Margaret Sanger, fundadora de la Liga de Control Natal estadounidense, hoy Planned Parenthood, uno de los principales negocios abortistas del mundo. En febrero de este año, el periódico universitario californiano The Advocate denunció que siete representantes de esta organización se habían mostrado dispuestos a aceptar donativos dirigidos explícitamente a que abortaran mujeres negras. Asimismo, el actor Eduardo Verástegui, en un vídeo sobre el aborto, ha denunciado que la proporción en la que se aborta a niños de las minorías es más del doble que la de los anglosajones, y que la mayoría de los centros abortistas están en barrios hispanos.
© 2006. Alfa y Omega, Semanario católico de información. Fundación San Agustín, Arzobispado de Madrid