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Un ángel de verdad
«Esto no tiene nada que ver con el arte», dijo don Camilo. Un ángel que durante siglos había estado protegiendo al pueblo y dando el último adiós a sus muertos no se merecía acabar encerrado en una hornacina... Ésta es una de las historias que aparecen en la nueva traducción al español de Don Camilo y compañía, que ofrece Homolegens, en el centenario del nacimiento de Giovanni Guareschi, autor de la célebre saga sobre el cura don Camilo y el alcalde comunista don Pepone

Murió el viejo Bassini y en su testamento estaba escrito: «Dejo todo al arcipreste para que haga dorar el ángel del campanario; para que brille y desde arriba pueda saber dónde está mi pueblo».
El ángel estaba en lo alto de la torre y, visto desde abajo, no parecía gran cosa; pero, cuando subieron, se vio que era casi tan grande como un hombre. Llegó de la ciudad un especialista. Descendió a los pocos minutos todo agitado: «Es un arcángel Gabriel de cobre labrado a golpe de martillo. De una belleza extraordinaria. ¡Auténtico, del año 1200». Don Camilo miró al hombrecito: «¿Y cómo puede ser del 1200 si la iglesia y el campanario tienen, a lo sumo, trescientos años?» La mañana siguiente, el especialista volvió con dos señores, que repitieron lo dicho: era una auténtica obra maestra de 1200. Y don Camilo les dio las gracias emocionado. «Es algo extraordinario. Un ángel del 1200 sobre el campanario de esta pobre iglesia».
La mañana siguiente, el diario de la ciudad traía un extenso artículo, que concluía diciendo que habría sido un verdadero delito dejar allí arriba, arruinándose a la intemperie, aquella preciosa obra de arte. La gente comenzó a murmurar que, a decir verdad, mientras el ángel estuviera en la cima del campanario, nadie podría admirar su belleza. Y don Camilo admitió que era inútil insistir. El ángel debía trasladarse al interior de la iglesia, se sacaría un molde y la consiguiente reproducción exacta se colocaría, dorada como es menester, en lo alto del campanario.
Entonces le asaltaron los escrúpulos. «Haré dorar también el ángel verdadero -decidió-. Dinero  hay». Aquí intervinieron los peces gordos de la ciudad: dijeron que la estatua original no había que tocarla; pero don Camilo tenía las ideas muy claras. «Esto no tiene nada que ver con el arte. El ángel del campanario es éste y hay que dorarlo; de otro modo traiciono la voluntad de Bassini».
Mientras tanto, el ángel nuevo fue izado sobre el campanario. La víspera de la inauguración, don Camilo no podía dormir. Se volvió hacia el ángel: «Llevas trescientos años, quizá setecientos, dando el último adiós del pueblo a las almas de los muertos que subían al cielo. Tus alas han vibrado al son de todas las campañas. Y ahora estás aquí, sin aire, en una jaula dorada. Y en tu lugar hay un ángel falso... Un hombre iluminado por la fe te forjó; en el otro sólo cabe la fría impiedad de la máquina. ¿Cómo podrá protegernos ese despiadado e indiferente ángel falso?»
Ya eran las once de la noche. Don Camilo salió de la iglesia y se adentró en la oscuridad... Pepone bajó enseguida a la calle. «Te necesito -dijo don Camilo-. Ponte el abrigo y sígueme». Ya en la iglesia, don Camilo mostró a Pepone el ángel: «Te ha protegido a ti, a tu padre, a tu madre y a las madres de tu padre y de tu madre. Ha de proteger también a tu hijo. Debe volver a su sitio». Pepone miró a don Camilo: «¿Se ha vuelto loco?» «Sí -respondió-. Pero no puedo hacer sólo la locura que tengo en mente. Necesito la ayuda de otro loco».
El andamiaje aún rodeaba la torre. Eran sólo dos, pero apuntalaron el ángel, desatornillaron el pedestal y bajaron la estatua. Sacaron el ángel verdadero y lo colocaron en su lugar. Para fijar el otro ángel habrían hecho falta cinco hombres. Entonces pensaron en lo que habían hecho y les entró miedo. «Es imposible», balbuceó Pepone. Después, presa de la ira, se volvió hacia don Camilo: «¿Qué pintaba yo en este maldito asunto?» Y respondió don Camilo: «No es un maldito asunto. Ya hay demasiados ángeles falsos sueltos por el mundo trabajando para nuestro mal. Necesitamos ángeles de verdad, que nos protejan»... Pepone hizo una mueca: «¡Las acostumbradas estupideces de la propaganda clerical!» Y se fue sin despedirse. Pero cuando estuvo ante la puerta de su casa, algo le obligó a volverse y mirar hacia arriba; vio el ángel que brillaba a la luz del alba. «Adiós, compañero», musitó. Mientras tanto, don Camilo, arrodillado ante el altar mayor, estaba diciendo al Cristo crucificado: «¡Jesús, yo no sé cómo hemos conseguido hacer algo así!» Y el Cristo no contestó, pero sonrió, porque Él sí lo sabía.
Giovanni Guareschi
© 2006. Alfa y Omega, Semanario católico de información. Fundación San Agustín, Arzobispado de Madrid